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EL FRACASO

 

Cuando una persona, independientemente de su sexo, se mira al espejo una mañana y no le gusta lo que ve, se ve más gorda, más vieja, tiene dolores que no cree merecer, etc. Es entonces cuando la palabra “fracaso” se abre paso entre  las legañas y se pone delante del sueño húmedo de la noche anterior para acaparar toda nuestra atención. 

No obstante, al ser mal de muchos nos consolamos como tontos que somos. Sabemos que eso le pasa a todo el mundo, y nos sentimos mejor, añadamos pues el sentirse bien con el sufrimiento de la gente a la lista de los muchos fracasos que cometieron tus padres con tu educación.

En serio, no pasa nada. La vida está llena de fracasos: el académico, el amoroso, el laboral, el Telegram… Y no por ello vamos a dejar de vivirla. A no ser que seas el tipo que inventó el botón ESC de los teclados. Ese sí, que se muera.

Si buscamos el origen del fracaso en nuestra raza quizás estaríamos equivocados. De hecho, en orden de mantener el rigor informativo, seguramente deberíamos remontarnos muy atrás en tiempo. El fracaso existe desde  la primera vez que el hombre se propuso algo. Digo más, el homo antecesor (que no es un gay de las cavernas como su nombre insinúa) ya tuvo sus primeros contactos con esta fuerza implacable de la existencia.

El día que este ser, llamémoslo Antonio, ya que por motivos de seguridad me ha pedido que no revele su verdadera identidad, pensó en crear una herramienta, la que fuera, un hacha de sílex, un palo afilado, lo que fuera, fue sin duda un impulso motivado porque antes intentó realizar alguna tarea para la que sus manos desnudas no fueron suficientemente eficaces. Y ahí tenemos seguramente el primer fracaso de la historia.

Pensemos durante un segundo en la sensación de desdicha que tuvo el pobre Antonio al darse cuenta de que no podia actualizar su iPhone realizar semejante tarea. Por primera vez se dió cuenta Antonio de que había cosas que estaban fuera de su alcance y que no parecía haber otra opción que aceptarlo y sufrir. Tuvo que ser como cuando después de poner la alarma en tu movil lees: “quedan 4 horas y 33 minutos para que suene la alarma”.

Tengo un amigo que es karateka (qué le vamos ha hacer, no ha querido estudiar) que dice que,  según Confucio, una persona que,  sin ánimos de ofender, para ser chino tiene un nombre raro de narices, “fallarás el cien por cien de las cosas que no intentes”.

Yo no estoy tan seguro, Confu… Hay una serie de cosas que mejor dejarlas a un lado, pues son un fracaso anunciado, como por ejemplo elegir un password o contraseña.

No existe ni una sola persona con acceso a Internet que se libre de enfrentarse a frases automáticas de sistema como:

“lo sentimos, su password ha de tener como mínimo 8 letras, un número, un versículo de la biblia y un nombre de Pokemon legendario”

O…

“lo sentimos, viendo la mierda de password que ha elegido dudamos mucho que haya nada de valor sobre usted para guardar”

Claro, al final tanta contrariedad acaba ofuscado al usuario.

“El password es muy corto, el password debe contener un número, es pasword debe tener al menos… ¡¿ME DISE TÚ EL PASUOR O KÉ ASE?!”

                   Anónimo (visto en Fb)

Y hablando de fracasos no podemos dejar de lado un gran invento como es el autocorrector.

“Cerebro: ¡He inventado un poema con el que enamorar a Susana!

Pulgares: ¡Bien, nosotros vamos a escribirlo!

WhatsApp: ¡Genial, yo lo enviaré!

Autocorrector: Me vais a comer todos la p…”

Y no os creáis que pasa sólo con el castellano. Hay que leer bien todo antes pulsar la tecla de enviar

Lo que quieres decirle:
“it’s not you, honey.  It’s me”

Lo que ella va a recibir:
“it’s not you, honey.  It’s melissa

No podemos librarnos del fracaso porque es inherente a la raza humana. Nada más lejos de mis pretensiones el desanimar a nadie. Todo lo contrario, al igual que mi amigo Confu, que está muerto, os animo a no rendiros nunca. Eso sí, teniendo claro este dato. Cualquier cosa que hagas implica la posibilidad de fracasar. Y si no que se lo digan a Antonio, el gay de las cavernas.

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