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SOBREVIVIENDO A UNA NOCHE DE TERROR

EL MIEDO

¿Por qué cuándo te vas a dormir la ropa que dejas en la silla adopta la forma de un psicópata que pretende  matarte?

Nunca lo sabremos, al igual que nunca sabremos a qué viene eso de matar porque si. Quiero decir: por ejemplo, La Matanza De Texas…

¿Pa qué?

Me refiero a qué cuerda vibra en el alma de una persona para que ésta piense un día “oye, ¿sabes lo que hace falta? Más asesinatos con destripamiento”. Como ese directivo que en una reunión de Antena3 dio un puñetazo sobre la mesa mientras decía “¡ya se lo que necesita la gente: Películas de mierda!”. Aunque bueno, al menos A3 pone películas. No recuerdo cuál fue la última película que he visto en Telecinco, sin contar Avatar, claro. Telecinco tiene una curiosa manía, y es que cada vez pone una película no para de poner trailers de 20 minutos hasta que te destripa todo su argumento.

Volviendo a lo de La Matanza de Texas, es que es muy fácil aplicar juicio a una persona solo por ir por ahí reventando gente en lugar de intentar comprenderlo. Nadie se para a pensar si ese señor tiene algún tipo de inquietud. ¿Y si es así porque son las dos de la mañana y lleva desde la una de la tarde con un cortado y donut? Es muy fácil juzgar. Debería daros vergüenza.

Ojocuidado (que es una expresión que me hace mucha gracia), que no se piense que yo comulgo con estos señores. A mí me dan tanto miedo como a vosotros. De hecho las películas de terror me dan pánico. Pero no porque tema que un asesino venga a matarme. Más bien temo que en la vida real haya algún tipo de enzima capaz de hacer que la gente se atonte de tal manera que el malo ya tiene el trabajo hecho. Porque por mucho que las veo no entiendo como sus protagonistas pueden ser tan subnormales.

Como siempre, uno no debe caer en el clásico error de criticar a los demás sin reconocer también sus limitaciones. Y es por eso que yo reconozco, como tantas otras veces, que no estoy para opositar para un premio novel. Como ya he comentado en otras ocasiones, cuando no hay luz en el pasillo lo cruzo corriendo y no me siento seguro hasta que me abro la cabeza contra la puerta de mi habitación. Ese es mi nivel.

Bien, una vez nos hemos sincera todos vamos con el tema que nos ocupa.

TUTORIAL PARA SOBREVIVIR A UNA NOCHE DE TERROR.

Con estas sencillas pautas llegarás a los créditos ileso.

El primer consejo debería ser quédate en casa y aléjate de las cabañas en el bosque, los cementerios, y las casas con sótano. Pero como de ser así no habría argumento para películas de terror, vamos a obviarlo

1- NO SEPARARSE: Lo peor, y al mismo tiempo lo más común en estas películas es la tendencia a separarse. Bien, nunca lo hagas. A menos que seas tú el que ha tenido la idea, en cuyo caso lo mejor para el grupo es separarse… todos juntos… de ti.

2- NO CERRAR EL COCHE CON LLAVE: si algo hay que tener claro en las películas es que tenemos que ser coherentes; no podemos dejar el coche en medio de Manhattan para investigar un crimen (después de haber encontrado aparcamiento en la misma puerta del sitio, por supuesto), y luego irnos a una cabaña en el bosque donde Cristo perdió una alpargata y cerrarlo con llave.

No es solo por coherencia que debemos evitar esta manía, si no por seguridad. Veamos un ejemplo.

Perseguida por el maníaco, la muchacha-objetivo, después de una desesperada carrera desde la casa hasta el coche (otra cosa que nunca entenderé, en la ciudad siempre encuentras sitio en la puerta, ¿pero en el campo dejas el utilitario a tomar por culo cierta distancia de la casa? Coherencia, señores, coherencia), la rubia en cuestión consigue llegar al vehículo, que está cerrado. Con un poco de suerte, tendrá a mano la llave, a no ser que esta esté en poder de su novio, el jugador de fútbol universitario. Cuyas extremidades están, a estas alturas de la película, repartidas equitativa y eficientemente por toda la finca. La persecución se convierte entonces en una cuenta atrás en la que el maníaco se acerca mientras la muchacha tiene que probar en todas, si es como yo, que en un llavero de 3 llaves suelo acertar al cuarto intento, el final de la película está servido.

3-NO CORRER POR EL CAMPO, Y MENOS DE NOCHE: Si algo nos han enseñado las rodillas peladas y el labio partido de la protagonista es que correr a oscuras por un terreno abrupto y mirando hacia atrás es una mala idea. Fijémonos en el maníaco. Él no corre, solo camina, y con cierta parsimonia además. Siempre alcanza a su víctima, y encima esta descansado cuando eso pasa.

5-COMPROBAR ASIENTO DE ATRAS: Incluso habiendo cerrado el coche, el malo siempre se las arregla para colarse en el asiento de atrás. Teniendo en cuenta el tamaño medio de un coche americano, podría tener hasta un puesto de carnicería sobre la alfombrilla, cuidado.

4-NO HACERSE EL HEROE. Es preferible huir para llorarla a ella que lo contrario.

5-NO TE FIES DE NADIE: casi siempre resulta que uno de tus queridos amigos tenía algo que ver con el asesino, quizás esté de su parte o quizás tenga la culpa de su aparición por desavenencias pasadas entre ellos dos. En cualquier caso, pega el culo a la pared y apuñala a cualquiera que desaparezca misteriosamente para reaparecer otra vez con cara de ¿Qué, qué pasa, por qué me miráis así?

5-REMATA AL MALO. O al menos llévate su arma. Puede parecer que esta norma puede entrar en conflicto con  la número 3. Nada más lejos de la realidad, apalear (si es con su propia arma, mejor) al malo que se ha caído porque alguien le ha dado una patada en la cantimplora o alguna caricia similar siempre es más sensato que seguir corriendo y darle al sujeto en cuestión la capacidad de recuperarse.

SI TIENES QUE ELEGIR ENTRE DEJAR A ALGUIEN DETRÁS O DELANTE, OPTA POR LO PRIMERO: Quizás este consejo pueda sonar apolítico, por lo que es mejor resumirlo de la siguiente manera: las cebras no necesitan ser más rápidas que el león, solo tienen que ser más rápidas que las otras cebras.

7-PASADA LA PRIMERA PARTE DE LA PELICULA, NUNCA ES UNA BROMA: En toda película de terror que se precie, siempre hay un primer amago de susto que resulta ser uno de los amigos cachondos con ganas de reírse del personal. Lo malo es que te hace bajar la guardia, lo bueno es que el bromista siempre muere. Ocurrido el primer asesinato, si después de que tu amigo el gracioso se haya ido a hacer cualquier cosa, le pierdes de vista y no contesta a tus llamadas, lo mejor que puedes hacer es disparar a lo que aparezca. En el mejor de los casos habrás acabado con una amenaza, y en el peor habrás  librado a tu grupo de un imbécil peligroso.

ALÉJATE DEL ESCÉPTICO: Aunque no es el primero en morir, pues ha de morir una primera persona para darle la oportunidad de no creérselo, Este protohipste no tardará en descubrir que estaba equivocado, y por lo general de una forma bastante dolorosa.

Así pues, si sacamos el común denominador de todas las pautas no sale una sola lección muy clara: Espabila.

Espero que este pequeño tutorial os haya servido de algo. Si es así, amigos de Yutiuv ya Dejese laik, y suscríbanse pinches weones

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FENOMENOS PARA-ANORMALES: la Ouija

Anoche viví una experiencia un tanto inusual: me invitaron a hacer una Ouija.

“—L U K E, Y O S O Y T U P A D R E
—Con la Ouija no es lo mismo, Constantino
—Y A”

¿Cómo se invita a una persona a participar en semejante actividad? Desde luego NO como me invitaron a mí. Una invitación a participar en una Ouija debería contar, entre otras cosas, con un halo de misterio y misticismo. De esa manera generas curiosidad a la vez que creas ambiente. Algo así como:

¿Estás preparado para una experiencia no apta para cardíacos que te sacará de tu insustancial, soporífera e insignificante existencia y  vivirás el horror de los terrores arcanos y quizás, solo quizás, logres sobrevivir para contar a tus nietos?

Eso sí que es una invitación. No que llamen a tu amigo mientras estás tomándote una cerveza con él.

“—¿Te vienes a hacer una ouija?
—Es que estoy con un amigo ahora…
—Pues que se venga”

¿Que se venga? Dicen que jugar con una ouija puede costarte la vida, pues puedes salir poseído o atormentado de por vida por un espíritu del que no te has despedido correctamente (esto no me lo he inventado yo, por lo visto ha pasado). ¿Voy a jugarme la vida por un “pues que se venga” ? ¿De verdad quiero que en mi lápida haya un epitafio que diga “aquí yace Ezequiel, el que estaba alli”? Pues eso parece, porque dije que si.

Repasemos lo que sabía antes de embarcarme en esta aventura:

-La Ouija consiste en un tablero con todas las letras del abecedario y unas pocas palabras de uso cotidiano (hola, adiós, si, no, guardar partida, etc).
-El tinglado sirve para contactar con un espíritu o similar, que se comunica con los usuarios moviendo una especie de puntero móvil que consiste en una taba o abrojo de madera con forma de flecha o un vaso de chupito boca abajo (versión multijugador) hacia las letras y palabras.
-Para que este fenómeno suceda es imprescindible que los asistentes mantengan un dedo encima del puntero en todo momento. Aunque como está la cosa, no me extrañaría que antes de contactar con el fantasma tuvieras que tragarte un vídeo de publicidad como en  YouTube.

No voy a entrar a describir todos los detalles de la velada. Pero algo que estimo digno de destacar es que los allí asistentes parecían sacados de una película de terror noventera. Estaban todos menos la animadora.

EL EXPERTO: el dueño de la Ouija. Este sabía todo lo que hay que saber sobre espiritismo, algo que no desaprovechaba ninguna oportunidad para recalcar. No conseguí averiguar de quién de los asistentes era cuñado.

EL PREPOTENTE: Esta variante puede cambiar según la zona donde se realice el experimento. En Estados Unidos, por ejemplo, lleva una de esas chaquetas de hermandad universitaria (Pí Beta’l Carayo) con las mangas blancas. Sus funciones son básicamente dárselas de incrédulo, ridiculizar todo y a todos y morir primero. En nuestro caso era un Hipster y yo creo que ya con eso sobran palabras.

LA HISTERICA: cumpliendo con la norma general, era la novia de otro de los “jugadores”. En este caso nuestro amigo el PREPOTENTE. Básicamente, su función es agarrar muy fuerte el brazo de su novio y chillar en las situaciones en las que proceda. Como cuando se oye un ruido en alguna parte de la casa (cosas que gustan mucho de hacer los fantasmas) o cuando su novio, dolorido ya, le devuelve el apretón.

Es curioso lo de los fantasmas. Tanto estudiar y trabajar en una vida para acabar haciendo durante toda la eternidad lo que ya hacía con dos años: ir por la casa tocando cosas.

EL AGNOSTICO (¿YO?) : Se trata básicamente de uno que pasaba por allí. Una persona que no tiene claro si es creyente o no porque no se ha parado a pensar en semejante idiotez tema. Yo no soy precisamente creyente, pero si muy fácil de asustar: cuando tengo que cruzar el pasillo a oscuras por la noche lo cruzo corriendo y con los ojos cerrados, no me siento a salvo hasta que no me abro la cabeza contra el picaporte de la puerta de mi habitación.

Soy una de esas personas que están muy a gusto en su ignorancia respecto a temas esotéricos debido a la facilidad de acongojamiento que me caracteriza. Razón por la cual a día de hoy no se cómo se me ocurrió embarcarme es esta empresa. Así soy yo, la ignorancia es mi armadura. ¿Que la verdad está ahí fuera? Pues cierra.

Al principio, la velada parecía una reunión normal y corriente. Todo eran risas y fiestas hasta que el Experto adoptó una expresión sombría y dijo “es el momento”. El “momento” había coincidido curiosamente con el final del Madrid-Barça que estábamos viendo mientras comíamos un nutrido popurrí de frutos secos que había traído uno de los futuros nigromantes. Igual que un pescozón concluye la infancia de un niño, el último pitido del árbitro dio fin a la parte amena de la noche.

“—Si se va quedar a dormir, permítame decirle que la casa está en cantada.
—Gracias, dígale a la casa que a mi también me hace ilusión quedarme.”

Entonces la Histérica, que yo no tenía claro si era así de fea o le había tocado una almendra amarga, sentenció que no deberíamos jugar con estas cosas. Que era un tema muy serio para tomárselo a la ligera. inconscientemente, me pareció visionarla engordando la factura de su teléfono los sábados por la noche llamando de madrugada al adivino de la tele.

Como si del de un espíritu se tratase, su comentario pasó por completo inadvertido por el grupo. El Experto encendió unas velas chatas de IKEA, apagó  las luces, y apartó en semipenumbra los frutos secos de la mesa al tiempo que depositaba en el centro de esta el famoso tablero. Acto seguido, paseó la mirada entre todos mientras dijo con voz muy solemne “ahora es el momento de echarse atrás, luego no va a haber oportunidad de ello”.

Esto último era mentira, porque aunque la Histérica volvió a recalcar su disconformidad, sus palabras quedaron una vez más sin respuesta. El Experto colocó un vaso boca abajo en el centro del panel y todos pusimos un dedo en él. Entonces el Experto recitó. “Si hay alguien aquí, que se manifieste”.

El vaso no se movió.

“fuerzas de lo paranormal, si estais aquí, por favor, manifestaos”.

El vaso de chupitos quieto como los párpados de Espinete.

“Atención , espiritus”—estas últimas palabras exudaban algo de súplica— manifestaos.

Cero movimiento

—Igual no hay nadie—comentó el Hipster.
—O igual está comunicando—añadí yo al tiempo que miraba con ansia la bolsa de frutos secos que había quedado fuera de mi alcance.

Entonces ocurrió…

jjjjjjjjjjjjj

El vaso empezó a moverse lentamente bajo el peso de nuestros dedos, mientras todos alternabamos entre mirarlo y mirarnos entre nosotros preguntándonos quién se estaba cachondeando de los demás. Durante su viaje, lo único que se oía en la casa era el deslizamiento de cristal sobre madera. Al mismo tiempo, un olor nauseabundo inundó la estancia.

—jjjjjjjjjjjj H O L A
—¿Quién eres? —Preguntó el experto tapándose la nariz con la mano libre. —¿Eres Satán?

Aquella pregunta me descolocó un poco. Francamente, si el diablo existe, no creo que en sus obligaciones figure estar de guardia como una operadora esperando a que la gente contacte por Ouija. Que no digo yo que no pueda ser pero me imagino que debe de haber unos filtros para llegar hasta él, un conducto reglamentario, un par de empleados y un supervisor al menos…

jjjjjjjjjjjjj NO.

El olor de la estancia se tornó cada vez más nauseabundo.

—¿Cuál es tu nombre?
—jjjjjjjjjjjj W A L  T E R

Esto me dio a pensar: ¿con todos los adelantos que hay hoy en día en tecnología y todavía no hay una Ouija con texto predictivo? No se,  algo más moderno como “E S T A O U I J A  U T I L I Z A C O C K I E S P A R A M E J O R A R S U E X P E R I E N C I A”

Esta noche no va a terminar nunca. Al principio, cuando iba por la L, yo ya sabía que iba a decir hola. ¿Cuánto iba a durar esto? ¿sería posible que fuera a hipotecarme la noche el espíritu de los c…? ¿Y encima con este pestazo?

Encima el espíritu se llamaba Walter….

—Dinos… Walter —continuó el Experto, tosiendo con motivo del ponzoñoso ambiente— ¿Qué quieres de nosotros?

¿Que qué quiere? ¿Lo llamas tú y le preguntas qué quiere? No es una buena manera de empezar una conversación. Además, llamándose Walter lo más seguro es que quiera que te pases a Vodafone o algo.

—jjjjjjjjjj E Z E Q U I E L

aquella última letra señalada me hizo olvidar toda idea de seguir con las bromas. ¿El espíritu me había nombrado? Todos me miraron con incrédula aprensión.

—¿Qué ocurre con Ezequiel, oh espíritu?— Indagó el Experto

—jjjjjjjjjjjj C U L P A B L E

Una vez más, con los ojos humedecidos por las lágrimas provocadas por el asfixiante ambiente, me miraron.

—jjjjjjjjjjjj I N T O L E R A N C I A
—¿intolerancia? «tose» ¿intolerancia a qué, oh espíritu?
—jjjjjjjjjjjj A L M E N D R A S
—¡¿Almendras?!
—jjjjjjjjjjjj E L E S Q U I E N S E H A T I R A D O E L P E D O

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SERIES DE NUESTRA INFANCIA: Los Caballeros del Zodiaco

Esta serie japonesa era una de mis favoritas cuando era un enano. Aquellos dibujos japoneses con ojos grandes como platos. Con esa banda sonora extraña, a caballo entre cabecera y marcha militar. Con aquellas rimas cogidas con pinzas que fomentaban tantos errores de interpretación. aquí tenéis la dichosa musiquita

Pero a mí me encantaba. Pasaba las tardes mirando el reloj a la espera de mi ración diaria de caballeros y peleas. Y en cuanto empezaban, volvía a mirar el reloj sabiendo que en los escasos veinte minutos de duración del capítulo a penas iba a avanzar la historia (quitando el resumen del episodio anterior y sus malditos flashbacks con recuerdos inútiles que no aportaban nada a la trama, poco te quedaba de acción). Pero eso daba igual. Seguía siendo mi serie favorita.

Aún con eso, la recuerdo con cierto resquemor. Y esto se debe a que cuando se estrenó en Telecinco, coincidió con mi Primera Comunión.

Algún día os hablaré de mi Primera Comunión. Os aseguro que da para una entrada completa.

Os preguntaréis qué tiene que ver una cosa con la otra. Bien, pues que sepáis que (esto va para los hijos de los que votan a Podemos) antes de hacer la Primera Comunión, había que ir a ciertas clases estúpidas e inútiles denominadas Catequesis. Esta palabra que parece denominar la inflamación o infección de algún órgano es en realidad una serie de lecciones sobre el sagrado testamento. Que te ayudarían a entender mejor la eucaristía. Consistían en la lectura de la biblia, conocimientos teológicos, primera experiencia sexual con el cura y otras lecciónes para hacer la comunión y luego ya te regalasen el dichoso compás.

Bien. El problema que me suponían estas clases era que empezaban diez minutos antes de que terminase el capítulo de Los Caballeros Del Zodiaco. Esto me sacaba de quicio aunque en realidad no perdía el hilo argumental porque eran capaces de estar peleando contra el mismo enemigo durante diecisiete capítulos seguidos.

Además, las peleas eran bastante parecidas. Los personajes no daban ni un puñetazo sin avisarlo a gritos antes. Lo cuál es bastante contraproducente; imagina que estás en una pelea de bar y vas a atacar a alguien al grito de “¡Patada en los huevooooos!”

Tú mismo cometerías un autospoiler permitiendo al rival que se adelantase a tu ataque en un gesto defensivo clásico como clavarte una botella rota en el cuello, por ejemplo.

Como decía, las peleas eran más o menos así.

“Yo soy más fuerte”

“No, yo soy el más fuerte”

«Ataque»

“te he vencido, te lo dije”

“que va”

«Contraataque»

“¿lo ves?, te dije que era más fuerte. Me has subestimado”

“Que no, que no, mira ahora”

«Ataque»

Y así durante diez o quince capítulos.

De todas maneras, y aunque yo prefería enterarme de primera mano viendo el final del dichoso episodio, no había problema. Pues al día siguiente sería el tema de conversación en el colegio.

Antes de llegar la hora del recreo, ya me había enterado de todos los pormenores actualizados de la historia, así como del palmares de victorias y derrotas de cada uno de los personajes. Conocimientos absolutamente imprescindibles antes de salir al patio, pues era entonces cuando se celebraban los “combates”.

Estas veladas consistían en que dos o más contrincantes, fingiendo ser caballeros del Zodiaco, combatían hasta el fin del recreo de los tiempos. Estos combates, siguiendo las pautas de los de la serie, solían ser combates a distancia en el que no faltaban nombres de los múltiples golpes así como onomatopeyas por doquier.

Antes de este combate estiloso cargado de dramatismo, se celebraba siempre un primer combate a patadas y puñetazos para decidir quién era qué caballero.

Estos primeros combates solían ser bastante más dolorosos que los segundos, cosa normal por otro lado; al no haber decidió que caballero serías, aun no tenías armadura…

Y es que, como todos recordaréis, todos queríamos ser los mismos personajes, como el caballero del Dragón, el del Fenix, el del Cisne… Nadie quería ser el irónicamente soso protagonista (Pegaso) o el Mariposón de Andromeda.

A no ser…

… que consiguieras una cuerda.

Daba igual si se trataba de la comba de saltar de tu hermana, una cinta de precinto policial o el cordel de los cartones de huevos. Con algo que pudiese pretender ser cadenas, el caballero de la acera de enfrente adquiría bastante popularidad.

Así viví yo y casi todas las personas con las que he tocado el tema para hacer esta entrada las aventuras de los caballeros cabezones y de ojos saltones. ¿Y vosotros?

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El HIPSTER ENCUBIERTO 2

Cuando la mayoría de la gente ve esas películas de espías y de agentes dobles que trabajan para ambas facciones enemigas entre sí, saturadas de glamour y peligro, suelen imaginarse a sí mismos en el papel del héroe. Sorteando peligros con elegancia y siendo admirados por el resto de los mortales.

Se preguntan cosas como qué hará ahora, a donde irá con la chica, etc. Yo solo me pregunto cosas como si los agentes dobles, al trabajar para ambos bandos, tienen dobles vacaciones.

“—¿Qué va a tomar, Señor Bond?
—Un Martini con Vodka. Mezclado, no agitado…
—Le aviso de que no hay nadie mirando, señor.
—Ah… Pues ponme un café con leche y dos magdalenas.
—Marchando
—Y ya que estás ahí acércame el Marca.”

Hola, bienvenidos a un nuevo capítulo de mis hazañas adentrándome en territorio Hipster. No olvidéis leer antes la primera parte, que está un poco más abajo. Este relato parte de mis inquietudes respecto a esa nueva tribu urbana que son los Hipster. Me dispuse a desentrañar sus entresijos desde dentro. Y para ello me he formado como uno de ellos. Me he dejado crecer la barba y me he pasado a las gafas de pasta. Pero ni mi repeinado vello facial ni mis telescópicos anteojos me habían preparado para semejante aventura.

Cincuenta y siete minutos pasaban de las seis de la tarde cuando cerré el libro de Gabriel García Márquez. Llevaba más de veinte minutos ojeándolo y preguntándome cuánta gente habría usado este volumen en concreto para complementar la pantomima de quien quiere aparentar lo que no es.

Nosotros en 2015 nos creemos muy modernos con nuestro “postureo”, pero esta práctica es la primera del manual de los espías de toda la historia: fingir que uno es lo que no es.

Así pues, allí estaba yo. En un banco del parque frente a un Starbucks en el que había quedado por mediación de un amigo común, con la persona que me ayudaría a ingresar en la secta Hipster. Lo que aquel espantapájaros larguirucho que se acercaba hacia mi posición subido en un longboard y con expresión de eterno aburrimiento ignoraba, eran mis verdaderas intenciones: sacar de una vez a la luz los secretos de esta tribu urbana. ¿Por qué? Porque no tengo dinero para comprarme la Play 4 y en algo hay que entretenerse, ¿qué voy a hacer si no? ¿Estudiar?

La sílfide barbuda se sentó a mi lado. Cogió el café triple (El soborno convenido) como si del cáliz de la fuente de la eterna juventud se tratase y le dio un sorbo. Después de un sincero “aaahhhh”, el contacto miró el brebaje. “llevo sin probar un SB desde que perdí mi trabajo en Pull&bear” añadió. Acto seguido se puso en pie, y se llevó el café, no sin antes dejarme un papel doblado bajo mi libro.

En aquel papel había una dirección seguida de unas indicaciones, todo ello escrito a máquina.

Has de llegar a este sitio sin usar ningún tipo de transporte que funcione a motor, puedes usar mi Longboard. Una vez llegues dirígete al cronista y ejecuta la contraseña escrita al dorso de este papel”

Con la primera parte del plan (logística y caracterización) terminada con éxito, todo indicaba que el resto del mismo iba a obtener unos resultados razonablemente positivos. Consulté el móvil y comprobé que la dirección indicada no estaba a más de medio kilómetro. Así que me subí a aquel inmenso monopatín y me dirigí a mi destino esperando que no me viese ningún conocido y, de ser así, apartasen la vista rápidamente al ver a un maromo de treinta y dos primaveras subido a un longboard.

Intentando mantener el equilibrio, pues a mantener la dignidad ya había renunciado en el momento en que me calcé los mocasines sin calcetines, me dio por pensar en esos treintaañeros que van por ahí en monopatín. ¿Para qué llevais casco? El daño ya está hecho…

En fin, subido a la tabla surqué acera y asfalto pasando por semáforos y… Una cosa: ¿el que haya monigotes en los semáforos para los peatones y no los haya para los coches no es un poco tomar por tontos a los peatones? Bueno perdón, que me desvío.

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Llegué al lugar indicado y me hizo gracia comprobar que se trataba de otro Starbucks (por lo visto algunos son distintos de otros). Cuándo entré al establecimiento comprobé que habitaban en él una mayor cantidad de Hipsters de lo normal; debía de ser su sede local.

El que más me llamó la atención fue un barbudo escribiendo a máquina. Esperando que se tratase del Cronista, crucé toda la cafetería y recité la frase que me habían indicado.

“—La Fnac es mainstream…—dije.
—Pero la de antes era mejor.—espetó él sin desviar la vista de lo que estaba escribiendo.
—Como todo en la vida…—Me apresuré a contestar yo, cerrando con ello el santo y seña”

Debió de juzgar positivamente la conversación, porque retiró del rodillo de la máquina la página en la que escribía e introdujo una hoja en blanco. Acto seguido empezó a preguntarme nombre, dirección…

Apuntó todos los datos falsos que le dí sin mirar más arriba de mi barba. No podía permitir que esta gente supiese donde vivo. Corría el riesgo de que se presentasen en mi casa y sospechasen al comprobar que no tenía tocadiscos. Mis nervios iban aumentando conforme la conversación iba dirigiéndose a temas más escabrosos como grupos de música favoritos. Libros, directores de cine  asiáticos etc…

La cosa había empezado bien. Pero tanta pregunta estaba empezando a agotar mis ya de por sí austeros conocimientos sobre la cultura indie. Y el cronista se había dado cuenta. Lo noté porque su ensayada y perfeccionada expresión de aburrimiento perpetuo estaba demudando en una mueca de desaprobación.

Un detalle que no pasé por alto: Una faceta del postureo Hipster es fingir cierta cultura (aunque te esté sonando a chino lo que escuchas). Llegué a esta conclusión porque cuando el amigo dio las primeras muestras de sospecha yo ya llevaba inventados unos catorce nombres de artistas underground.

De repente el barbudo hizo bruscamente la máquina de escribir a un lado. Todo lo bruscamente que pudo hacerlo en aquella mini mesita de Starbucks sin tirar el aparato al suelo. Y mirándome con suspicacia, escupió:

—¿Quién te ha enseñado la contraseña?

Me había calado. Y no sólo el, varios congéneres que hasta hace unos minutos estaban bebiendo café y parecían dedicarse a ignorar todo lo que les rodeaba levantaron la vista de sus libros de Tolstoy y me miraron fijamente.

Alerta

No sabía que hacer. No tenía ni idea de como responder ante aquella pregunta y empezaba a preguntarme si podría abandonar el recinto sin problemas. Así que resolví recurrir al plan B: seguir con el papel al tiempo buscaba la forma de esfumarse.

Amigos, me vais a permitir que comparta con vosotros una apreciación sobre los planes. Y es la dualidad que representan los llamados planes de emergencia: A la hora de elaborar un plan B debes asegurarte de que este esté, como mínimo, a altura del plan A. Sin embargo, tampoco es conveniente que el plan B haga parecer al A como la idea propia de un estúpido.

No se cuál de los dos era el más acertado. Pero mi plan B consistía en mirar mi reloj calculadora y decir que me iba porque tenía prisa. Para mi sorpresa, dos fornidos bigotudos se había levantado  simultáneamente y se dirigían hacia la puerta en pos de cortarme el paso. El cuál apreté para salir del recinto antes de que eso pasara. Y fue entonces cuando las cosas se pusieron feas de verdad.

Al pasar bajo el umbral de la puerta acristalada de Starbucks una algarabía de indies cabreados estalló dentro del local. Por las cristaleras los veía dirigirse a la puerta mientras me increpaban como una bandada de musulmanes al ver un tobillo femenino desnudo en una mezquita.

Raudo y veloz agarré el longboard y salí corriendo. No sin antes dar una patada a la  primera de las innumerables bicicletas antiguas aparcadas en batería, creando un efecto dominó que dio con ellas en el suelo.

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Lancé el gigantesco skate y salté sobre su lomo, alejándome apresuradamente calle abajo. Al mirar por encima de mi hombro pude ver a los Hipsters intentando sin éxito levantar las pesadas bicicletas de cuadro de acero para perseguirme. Algunos me seguían gritando insultos mientras comprobaban indignados los desperfectos en sus cestas de rejilla.

Sabía que los “Hs” eran gente muy leída. Y no tardarían mucho en tener la idea de levantar las bicicletas una por una entre varios e ir a por mí. Teniendo en cuenta que había elegido una ruta descendente para mi huida, la gravedad no tardaría en jugar a favor de sus pesadas monturas. Así que empecé a impulsar con más fuerza el longboard, que ya rodaba a una velocidad considerable.

Intentaba superarla como si sintiese algún poder dentro de mí que pudiese hacer que el artilugio fuera más deprisa que lo que la física (mi física) podía.

Es esta una curiosa faceta del ser humano: engañarnos a nosotros mismos pensando que tenemos mucho más potencial del que desarrollamos. No se sabe qué es lo que nos convence desde pequeños de que somos una especie de genios en potencia.

Con los años (menos mal) entramos en razón y nos damos cuenta de la realidad. Pero aún así insistimos entendiendo este descubrimiento personal como “darnos cuenta de que hemos perdido el tiempo y que podríamos habernos esforzado más” en lugar de llamarlo por su verdadero nombre: madurar y comprender de una vez nuestros límites.

Yo maduré, pero maduré como la fruta: me caí al suelo y empecé a rodar hasta que acabe en un gasolinera mientras el longboard continuaba su viaje calle abajo. En un arrebato de inteligencia me imaginé a los Hipsters siguiendo al longboard sin piloto. Pero no, para cuando recobré mi verticalidad varias bicicletas setenteras con altos manillares y grandes sillines aparecían calle arriba montadas por barbudos coléricos. Sus gafas de pasta empañadas por el sudor me habían detectado, y habían encaminado su carrera hacia la gasolinera.

Corrí a esconderme en el baño de la estación de servicio. Pero estaba cerrado. ¿Por qué cierran con llave los baños de las gasolineras? ¿Es que tienen miedo de que alguien los limpie?

Así que ahí estaba yo. Sin un escondite a la vista con dos docenas de indies peligrosos acercándose.

¿Quieres saber cómo salí de esta? Estate atento a su desenlace en una próxima entrada ¿no quieres saberlo? Pues en la 3 dan los Simpsons, y por el tono de amarillo de las pieles yo diría que es la séptima temporada

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FRIKADAS I: de mis andanzas por la Tierra Media

OFF TOPIC:
al leer otros blogs donde sus dueños hacen gala de magníficas dotes narrativas, en especial a la hora de contar cuentos, me picó la curiosidad de saber si yo también serviría para tan bonitos escritos. No me hizo falta pensar mucho para darme cuenta de que no.

No obstante. Se me ocurrió hacer algo parecido, a mi torcida y macabra manera, y de aquí sale esta frikada que vais a leer (aún estáis a tiempo de no hacerlo). En fin. No es a lo que os tengo acostumbrados,  pero aún así espero que os guste.

FRIKADAS I: Un paseo por La Tierra Media.

Así es amigos míos, al final ha pasado lo que todos nos temiamos: mi alto consumo de literatura fantástica y alcohol a partes iguales ha surtido el efecto menos deseado: después de un par (de pares) de cervezas de trigo bien frías mientras veía por fin el DVD de El Señor de los Anillos ocurrió algo muy extraño que voy a pasar a contaros.

Nada más empezar a ver la película se abrió en mi salón un vórtice dimensional. Aquello me sorprendió sobremanera, pues había puesto el DVD de la película y no el de las características especiales (comentarios del director, making of, vórtices dimensionales, etc.)

Al tocar aquella grieta luminosa suspendida en el aire, una luz cegadora me rodeó. Aquella luz era tan intensa que ni tapándome los ojos con las manos lograba deshacerme del doloroso deslumbramiento que sufría.

Cuando la luz cesó, tardé un tiempo en recuperar la vista. Pero lo que mis ojos descubrieron no era algo que se viese todos los días. Al menos no sin drogarse. Me encontraba en una especie de construcción en el que hermosos álamos de hojas doradas se alzaban a mi alrededor en una especie de jardín redondo coronado por grandes arcos con todo tipo de adornos exquisitamente tallados  que confluían en una inmensa cúpula desnuda.

Aquel enclave parecía hacer las veces de mirador. Al asomarme a la balaustrada del pórtico mis ojos fueron testigo de un auténtico regalo para la vista: Una majestuosa ciudad grisácea de delicados pórticos aún más grande que el que yo pisaba se extendía montaña abajo. No había una columna, escalera o edificación que no hubiera sido pulida hasta el más mínimo detalle.

Dado el mimo que los carpinteros habían puesto al tratar la madera de los arcos no me cabía duda de que el dichoso vórtice dimensional había dado con mis huesos en IKEA alguna ciudad épica de las que tanto he visto en las pausas de Antena3 los libros de fantasía medieval.

Tardé un tiempo en reaccionar, pues el viaje interdimensional me había dejado bastante desorientado. Todos los que hayais viajado entre dimensiones me entenderéis: mareos, indisposición, Jet lag, etc. Todavía me encontraba recobrando la compostura cuando creí oír unas risas que se acercaban. Me escondí detrás de uno de los álamos justo a tiempo de apreciar cómo entraban a la alameda dos jóvenes varones que no advirtieron mi presencia. Eran estos hermosos, de cuerpos delgados y estilizados. Enfundados en brillantes túnicas con increíbles bordados. Lucían también largas cabelleras rubias platino, de cabellos laceos tan brillantes como si desayunaran todos los días una taza de Timotei.

Sus hermosos rostros de facciones delicadas eran de una tez pálida como la luna. Detalle que me sorprendió bastante, teniendo en cuenta que aquella ciudad llena de terrazas, arcos y cúpulas desnudas, más que ciudad, parecía un inmenso solárium.

Sus andares eran gráciles y elegantes, lo cuál, sumado a su aspecto físico anteriormente descrito, me llevó a pensar que aquellos jóvenes habían venido a ocultarse entre los árboles buscando una zona tranquila y discreta donde practicar su amor homosexual.

¿encontrabame pues en una zona de cruising medieval?

Mi desconcierto (el causado por el viaje, no el que me acompaña desde mi nacimiento) empezó a disiparse, y comencé a ser una vez más dueño de mis actos, facultad que aproveché para deslizarme como pude entre los arboles en orden de pasar desapercibido y no importunar a la curiosa pareja en sus planes, fueran los que fueran.

Aquella ciudad se había concebido en la ladera de una montaña. Para ir a cualquier sitio había que subir o bajar las hermosas escaleras esculpidas en la piedra de la montaña, o bien sinuosas escaleras de madera pulida. Este detalle me hizo considerar que quizás el secreto de la larga longevidad de los elfos residía en que subían muchas escaleras como aconsejan en Saber Vivir y otros programas de salud de la televisión.

También me hizo pensar, esto ya a título personal, que con tanta magia que había por este mundo ya podían haber gastado un poco en la creación de un teleférico.

En uno de los balcones divisé a dos figuras, una vez más, ambos varones, pero al acercarme un poco más observé que uno de ellos, que presentaba los mismos rasgos delicados que los palomos individuos de la alameda, parecía tener la mirada perdida hacia el horizonte que coronaba las hermosas vistas que ofrecía el palco mientras sujetaba un arco con fuerza.

Su compañero, sin embargo parecía un hombre normal y corriente. Aunque con aspecto de haber acabado de salir del festival hippie de Woodstock.

Me acerqué a preguntar cómo podía volver a casa pero hicieron caso omiso de mi saludo. Al parecer se encontraban enfrascados en una extraña discusión:

“—Légolas. ¿Qué ven tus ojos de zorra?
—Aragorn, detecto cierta hostilidad en tus palabras desde que te rechacé.
—’Irigirn, diticti cirti histilidid in tis…’ vete a la mierda zorra, ¡vete a reírte de otro!”

“¿Legolas? ¿Aragorn?” Pensé.

¿De qué me sonaban aquellos nombres? En fin, tenía prisa y la pareja parecía estar ocupada. Así que allí dejé a aquellos cítricos amantes y proseguí mi viaje. Tenía que ponerme en marcha y encontrar ayuda si quería salir de este extraño sitio de adornos tan recargados.

Un par de escaleras más arriba me encontré con una pareja de lo que parecían ser dos pequeños hipsters bajitos y achaparrados, pero sin gafas ni pajarita. Al principio pensé que se trataba de dos hombres, lo que me hizo preguntarme por vez primera en dónde estaban las mujeres en esta ciudad, barajando también la posibilidad de que dicha ausencia tuviese algo que ver con la existencia de tanto maricón silencio.

En aquellas cavilaciones me hallaba cuando al acercarme comprobé que uno de aquellos minihipsters era una mujer, eso sí, con más pelo que un kiwi. Mis esfuerzos por comunicarme también cayeron en un principio en saco roto, pues los minihipsters iban con mucha prisa, tanta que me vi obligado a apartarme a un lado para que no chocasen en conmigo. Al menos esta vez no me ignoraron del todo. El kiwi volvió la cabeza con soberbia y me dijo que tenían prisa, pues un tal Elrond les había convocado a una reunión en una de las salas de arriba.

“¿Elrond?”

Haciendo de tripas corazón, seguí a aquellos enanos escaleras arriba. En honor a la verdad, he de admitir que no tardaron en dejarme atrás a pesar de mi pasado runner. Aún así seguí subiendo por cada escalera que encontraba. Si se dirigían a una reunión, sin duda habría alguien que pudiese ayudarme con mi problema.

Conforme me acercaba a la cima de la montaña, la aglomeración de gays querubines rubios de pelo liso aumentaba, lo que me animó a pensar que iba por buen camino. Cuando llegué  al final de las ornamentadas escaleras, la famosa reunión ya había comenzado. No me pareció buena idea ingresar en la misma sin ser llamado así que me decidí a quedarme tras una columna guardando respetuoso silencio.

Al parecer, un niño había encontrado un anillo de oro. Y los asistentes a la reunión no lograban ponerse de acuerdo sobre que hacer con la sortija. O quizás decidían un castigo para el chico, por haberla robado. No tenía manera de saberlo con seguridad, pues me encontraba a demasiada distancia. En cualquier caso los ánimos parecieron crisparse cuando un tal Boromir, Borromeo, Eddard Stark o algo así, aseveró algo a cerca de quedárselo para él.

Esta insinuación no fue del agrado de uno de los minihipsters (a la distancia a la que me encontraba no pude distinguir si se trataba del Kiwi o no). El barbudo bajito se levantó de la silla e intentó romper la joya a hachazos al más puro estilo Juicio del Rey Salomón. Ante la atónita mirada de todos, el Anillo no sólo resistió la acometida de su hacha, sino que originó que ésta se rompiese en pedazos.

Ante este extraño fenómeno, la reinona autoridad que presidía el concilio, el tal Elrond, que parecía un gitano elfo, habló unas palabras que no alcancé a escuchar con claridad. Pero en el contexto pudo haber dicho algo así como “creo que es mejor vender la alianza en un COMPRO ORO”.

Justo en ese momento llegó un pensionista andrajoso con un gorro de bruja, sujetando un palo que no se había molestado ni en lijar. Levantose Elrond entonces para darle la bienvenida.

“—A buena hora y con sol, Gandalf…
— Un mago nunca llega tarde ni pronto. Llega justo cuando se lo propone.
—Pues ya hemos comido.
—Mierda.”

El viejo se sentó en una de las sillas y no dijo nada más. Se dedicó a hacer ruido con la boca como si masticase algo inexistente; una de esas costumbres que nos encantan de la tercera edad.

Aproveché que nadie le hacía caso para acercarme a hurtadillas por detrás de su asiento y pedirle ayuda.

“—¿Qué lugar es este, Gandalf?
—Tuvo un nombre, pero se desvaneció hace algún tiempo.
—No tienes ni puta idea, ¿verdad?
—Pero ni puta idea.
—Gracias Gandalf
—Corred insensatos”

De repente se abrió otro vórtice dimensional. Al mirarlo pude ver el salón de mi casa. Supuse que sólo tenía que pasar a través de él para volver a mi mundo y dejar atrás esta locura. Justo en el momento en el que lo cruzaba el niño habló por primera vez desde que yo había llegado a la reunión diciendo “Lo haré. Llevaré el Anillo a Mordor”.

Ya de vuelta en mi salón, y notablemente aliviado, me volví y acerté a ver a través de los últimos coletazos de vida de la grieta dimensional por la que había cruzado, la última imagen borrosa de aquel mundo en la que algunos de los asistentes (el indigente, su pareja rubia y el minihipster) se pusieron en pie y anunciaron:

“—Puedes contar con mi espada. —y con mi arco.
—y con mi hacha.”

No alcancé a ver el desenlace de aquella conversación. La Grieta en la realidad se cerró, desapareciendo tan rápido como apareció en un principio.

Ahora, mientras escribo estas líneas, justo después de haber visto cómo se disipada aquel portal que me había llevado a semejante aventura, sentí algo de remordimiento por haber huído de aquel mundo tan apresuradamente y sin ni tan siquiera haber descubierto el desenlace de aquella reunión: nunca sabré si aquel niño habría logrado llevar el Anillo a su destino. Sin duda hubiera sido una hazaña difícil de realizar, y más con la dificultad añadida de hacerlo mientras cargaba con una espada, un arco y un hacha.

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UNA CINTA POR LA CARA B, MI WALKMAN, LOS 80′ Y YO

Vamos a probar una cosa, busca en YouTube la canción “Don’t You (forget About Me )” del grupo Simple Minds, y escúchala mientras lees estas líneas. Da igual la edad que tengas.

Cuando veo esos videoclips de los 80, con esa total ausencia de gomina, donde los cantantes ataviados con gabardinas abiertas con hombreras siguen el ritmo de sus propias canciones con los hombros hacia delante medio jorobados (cuasimodo style) para abrir los brazos en cruz de a la vez que dan vueltas sobre si mismos en los momentos en los que despega la canción, me doy cuenta que que he nacido tarde. Quizás no ayer, como mi padre suele repetirme, pero si tarde.

Tampoco es que me crea desgraciado por no haber alcanzado la pubertad hasta principios de los noventa. Disponer de un bien como la gomina y vivir sin miedo al SIDA tienen su parte buena. Claro que en los 90 la sociedad experimentó cambios drásticos, como la obligatoriedad social y moral de salir de casa peinado.

Al escuchar esos increíbles temas que una vez poblaron mis cintas de casete me imagino viviendo en su mundo: corriendo entre los jardines de mis vecinos para llegar antes que mis padres a mi casa, en donde ellos creen que estoy agonizando por la enfermedad que me impidió ir al instituto esta mañana, pero que en realidad no me ha impedido pasar el mejor día de mi vida.

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Me imagino tambien al volante de un enorme coche de fabricación norteamericana viajando por gigantescas carreteras secundarias en las que no hay un maldito bache, sin saber a dónde voy, pero no me…

*¿Qué pasa? Ah, que ha terminado la canción. Pues ponla otra vez, yo te espero…

¿Ya? Vamos.*

Pero no me importa porque lo que interesa es el viaje en sí. Voy con mi mejor amigo, el de las gafas de sol de plástico que no para de decir cosas ingeniosas y graciosas, y el amor de mi juventud, que no para de reír con sus pies desnudos en el salpicadero. 

En el ochopistas suena algún gran éxito de la década, Durán Durán, Petshop Boys, Police, Culture Club…

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Entonces me despierto. Y me doy cuenta de que no voy en un Lincoln Mercury del 76, sino en el asiento trasero de un minúsculo Renault Clio, que por cierto no es mío, sino de mi amigo, que va con su novia delante. Y es que en nuestros sueños siempre somos el muchacho de la película, nunca somos el amigo gracioso, soltero, y considerablemente más feo que el protagonista, y que tiene la doble misión de alivio cómico y de hacer que dicho prota parezca más guapo.

“—¿Por qué sólo encuentro a hombres superficiales que únicamente se fijan en mi cuerpo?

—Yo no soy así.

—Ya, pero tu eres gord… mi mejor amigo”

Todos queríamos ser Kevin, de Aquellos Maravillosos Años, pero la mayoría nos quedamos en Marilyn Manson Paul.

En la cruda realidad, lejos del sueño ochentero, no digo chorradas en voz alta que hacen reír a mis amigos, de hecho no estoy hablando, pues a mi amigo no le gusta que hablen mientras escucha a Pitbull feat. no sé quién. Qué se le va a hacer, tiene otros valores.

“Perdone camarero, ¿puede cambiarme el sashimi y el tartar de atún por la hostia que no me dieron a tiempo mis padres?”

Por cierto, a colación de lo de Pitbull, recuerdo que el otro día me senté sobre el teclado del ordenador y sin querer escribí la letra de una de sus canciones, pero ese es otro tema.

Como decía, en lugar de contarle mis cosas graciosas de personaje secundario cómico a mi amigo las estoy escribiendo en Twitter, donde tienen mejor aceptación y valoración que en este coche.

Porque hoy en día entre nosotros no nos reímos con nuestras bromas, a menos que nos las contemos por WhatsApp en forma de Meme.

Las carreteras tampoco son las del sueño, son estrechas calles cuadradas, idénticas unas a otras. Nuestro viaje tiene rumbo, no como en mi imaginación, si es que a los quince minutos que llevamos buscando aparcamiento se le puede llamar rumbo.

Cuando en las películas escuchaba hablar sobre “el sueño americano”, no veía el oro que los inmigrantes fueron a buscar a Klondike. Ni el abundante trabajo bien remunerado que los recién llegados a la Isla de Ellis, en Nueva York, tenían en mente mientras hacían cola para que les cambiarán el nombre que sus padres les pusieron por uno más… pronunciable.

Cuando escucho esa frase me veo en ese coche gigante, con un pasado poblado de animadoras, hermandades universitarias de nombres griegos chaquetas con las mangas blancas y una letra en el pecho. Y un futuro prometedor en el que puedo hacer lo que quiera, pero yo elijo viajar sin rumbo por la Ruta 66.

Ese es mi sueño americano, tan válido como el de inmigrantes y buscadores de oro e igual de falso. Pero aún así me aferró a él.
Cuando oigo en la radio un tema de Milli Vanilli nunca lo canto, solo muevo la boca. Ellos lo hubiesen querido asi.

¿Y qué más da si se descubrió el pastel y resultó que ellos siempre cantaba en playback? Los sigo prefiriendo a muchos de los que hay ahora. Como a Alex Ubago. Os juro que yo prefiero que me deje mi novia antes que a Alex Ubago la suya. Qué pesado se pone…

Me encuentro totalmente perdido en la música actual. Pitbull no para de decirme “ya tu sabe” y me mete en un compromiso: ¿Cómo le digo yo a este hombre que yo no sé, con lo emocionado que parece con ello?

“—¿Qué escuchas?

—Regueton

—¿A ver?

*pu chapu cha pucha chapu cha*

—… Ta bien…  ¿A ver otra?

*pu chapu cha pucha chapu cha*

—… ”

¿Qué les pasa a los del Regueton que siempre le cantan a la novia de otro? ¿No hay solteras en el Regueton?

En fin, resumiendo:

1980>1990+2000+2010

Nunca volveremos a vivir la vida como lo hacía esa gente.

@cansinoroyal

Off Topic

Este blog, que empezó como una terapia para desconectar del trabajo y alejar mis ganas de mataros a todos, se ha convertido rápidamente en parte de mi vida.

Su razón de ser sigue siendo la misma. Compartir mis Inquietudes con quien esté tan aburrido como para leerlas.

Cuál no sería mi sorpresa cuando empecé a ver que la gente, en vez de estudiar, estuvieron comentado las entradas que yo subía. Y aún mayor fue al comprobar que esos comentarios no se quedaban en un comprometido “me gusta”, sino que aportaban una sarta de maravillas que bien merecían el reconocimiento que ya les hice en su momento y que hago ahora.

Si te gusta mi Blog, no te pierdas los comentarios de estos AMIGOS. Y es que yo no soy quién para vender estas entradas que escribo como buenas, pero sí que me veo en el derecho -y el deber- de comentar que vuestros aportes son ORO PURO.

Las reacciones reflejadas en los comentarios de la gente que lo lee, tanto mis amigos y familiares, a los que tengo un gran aprecio aunque siga aún trazando planes para su muerte, como las de los que más tarde os habéis ido interesando y llegando hasta él (a vosotros ya os pillaré) han pasado de sorprenderme a hacerme muy feliz.

Sois el mejor aliciente para seguir plasmando esta sarta de tonterías en las que me fijo en lugar de prestar la atención a mi novia que ella merece.

Por otro lado he sido nominado a ciertos premios de comunidades de Bloggers. Todavía no se si me ingresarán los millones en mi cuenta o he de ir a buscar yo el cheque con todo lo que ello supone (fiestas, ceremonias, Lamborghinis…) pero me hace muy feliz saber que os gusta lo que hago.

Comentaros que seguiré con esto de mataros escribir mis observaciones y opiniones sobre algunos aspectos de la vida que me quitan el sueño. Unas serán más graciosas, otras menos. Pero igualmente espero que disfrutéis aunque sólo sea la mitad que yo al compartirlas.

En fin, no quiero irme sin recomendaros que os concentréis en eso de ser felices, porque estas cosas tan delicadas no se pueden dejar en manos de nadie.

Saludos y gracias

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VENGANZA 3 (varias razones para mantenerse alejado de Liam Neeson)

Esta nueva entrada está  dedicada a los peluqueros a los que les pides que te enseñen cómo has quedado por detrás y te obsequian con una deliciosa performance de la coreografía de Fama, haciendo imposible que te veas en el espejito.

Acabo de ver Venganza 3, y la única conclusión clara que he sacado es que Liam Neeson es gafe de cojones.

En serio nena,  Liam Neeson NO TE CONVIENE.

Pero ni como marido, ni como padre, ni como amigo ni como nada. Es más yo me encuentro a Liam Neeson en una reunión de padres de alumnos y empadrono al chiquillo en Tenerife.

El hombre es como es: tiene una mirada limpia, gana peleas con la mano abierta y recuerda todas las matrículas. Un tío apañao vamos. No se mete con nadie, y queda fuera de toda duda que él no se busca los problemas que le saltan al paso. El hombre no tiene la culpa de tener mala suerte y traer la desgracia a todo el que se junta con él. Pero su mujer es pa matarla…

No voy a entrar en la verdad inapelable de que ya en su momento le dejaste y sería por algo. Vamos a dejarte un margen: la primera vez, bueno,  te secuestran a la chiquilla y te parten la tarde (que tampoco es que valga para campeona de trivial la niña, mira la que armó en Crepúsculo), pero el hombre se lo curra y bueno, al final  la encuentra llena de cardenales, se la trae para casa y créditos, bien Liam Neeson. Al final el tío hasta suma puntos a pesar de que, repito, le habías dejado por algo.

No contento con ello te vas con él de viaje y… “nena, que a mamá y a mi nos van a secuestrar”

No se le da muy bien el tacto teléfonico a Liam Neeson. En la primera película: “nena, te van a secuestrar, echa un vistazo al estucado de la pared del hotel y resúmemelo que ya con eso yo ya me muevo y te encuentro”. Second movie: “nena… Qué te iba a decir queeee, que a tu madre y a mi se nos llevan”. Tercera película: “¡Reina! Vas a flipar con lo que te voy a contar…”

En serio, a esa mujer no le gustaba vivir tranquila. Tenía al marido con más dinero que estiércol. Pero no, a ella quien la ponía bruta era el Bryan.

Bryan…

Haced memoria: ¿cuántos señores de cuarenta y tantos habéis visto en la tele o el cine con el nombre de Bryan? ¡Ninguno!

Todo el mundo sabe que Bryan es nombre de niño igual que Tim es nombre de niño enfermo.

No se sabe qué es lo que pasa cuando un Bryan crece. O muere o se cambia de nombre. Pero esta es la primera vez que hay que llamar a un Bryan de usted.

En fin el caso es que este señor tiene una serie de habilidades adquiridas en su vida profesional que… que nada Liam Neeson, que algo estas haciendo mal. Considera la posibilidad de que no caigas bien, Liam Neeson.

Y considera también cambiar de amigos. Que mucho compañero y mucho rollo con tus mismas capacidades adquiridas en su vida profesional pero no han movido un dedo en ninguna de las películas.

Anda que llego  a tener esas capacidades yo… iría por la calle caminando como si pisara cabezas de ministros. Doy yo esos repasos que da el Liam Neeson y a mi no me tose ni Tim.
Vaya manos que esgrime el Liam ¿eh? La unica persona que es capaz de realizar atracos a mano abierta. Capaz de coger a los malos de seis en seis. Qué tío El Bryan. Qué lastima que esté  destinado a ocasionar la muerte de toda su familia, amigos, vecinos, mascotas, seguidores de Facebook, Twitter e Instagram etc…

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