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SOBREVIVIENDO A UNA NOCHE DE TERROR

EL MIEDO

¿Por qué cuándo te vas a dormir la ropa que dejas en la silla adopta la forma de un psicópata que pretende  matarte?

Nunca lo sabremos, al igual que nunca sabremos a qué viene eso de matar porque si. Quiero decir: por ejemplo, La Matanza De Texas…

¿Pa qué?

Me refiero a qué cuerda vibra en el alma de una persona para que ésta piense un día “oye, ¿sabes lo que hace falta? Más asesinatos con destripamiento”. Como ese directivo que en una reunión de Antena3 dio un puñetazo sobre la mesa mientras decía “¡ya se lo que necesita la gente: Películas de mierda!”. Aunque bueno, al menos A3 pone películas. No recuerdo cuál fue la última película que he visto en Telecinco, sin contar Avatar, claro. Telecinco tiene una curiosa manía, y es que cada vez pone una película no para de poner trailers de 20 minutos hasta que te destripa todo su argumento.

Volviendo a lo de La Matanza de Texas, es que es muy fácil aplicar juicio a una persona solo por ir por ahí reventando gente en lugar de intentar comprenderlo. Nadie se para a pensar si ese señor tiene algún tipo de inquietud. ¿Y si es así porque son las dos de la mañana y lleva desde la una de la tarde con un cortado y donut? Es muy fácil juzgar. Debería daros vergüenza.

Ojocuidado (que es una expresión que me hace mucha gracia), que no se piense que yo comulgo con estos señores. A mí me dan tanto miedo como a vosotros. De hecho las películas de terror me dan pánico. Pero no porque tema que un asesino venga a matarme. Más bien temo que en la vida real haya algún tipo de enzima capaz de hacer que la gente se atonte de tal manera que el malo ya tiene el trabajo hecho. Porque por mucho que las veo no entiendo como sus protagonistas pueden ser tan subnormales.

Como siempre, uno no debe caer en el clásico error de criticar a los demás sin reconocer también sus limitaciones. Y es por eso que yo reconozco, como tantas otras veces, que no estoy para opositar para un premio novel. Como ya he comentado en otras ocasiones, cuando no hay luz en el pasillo lo cruzo corriendo y no me siento seguro hasta que me abro la cabeza contra la puerta de mi habitación. Ese es mi nivel.

Bien, una vez nos hemos sincera todos vamos con el tema que nos ocupa.

TUTORIAL PARA SOBREVIVIR A UNA NOCHE DE TERROR.

Con estas sencillas pautas llegarás a los créditos ileso.

El primer consejo debería ser quédate en casa y aléjate de las cabañas en el bosque, los cementerios, y las casas con sótano. Pero como de ser así no habría argumento para películas de terror, vamos a obviarlo

1- NO SEPARARSE: Lo peor, y al mismo tiempo lo más común en estas películas es la tendencia a separarse. Bien, nunca lo hagas. A menos que seas tú el que ha tenido la idea, en cuyo caso lo mejor para el grupo es separarse… todos juntos… de ti.

2- NO CERRAR EL COCHE CON LLAVE: si algo hay que tener claro en las películas es que tenemos que ser coherentes; no podemos dejar el coche en medio de Manhattan para investigar un crimen (después de haber encontrado aparcamiento en la misma puerta del sitio, por supuesto), y luego irnos a una cabaña en el bosque donde Cristo perdió una alpargata y cerrarlo con llave.

No es solo por coherencia que debemos evitar esta manía, si no por seguridad. Veamos un ejemplo.

Perseguida por el maníaco, la muchacha-objetivo, después de una desesperada carrera desde la casa hasta el coche (otra cosa que nunca entenderé, en la ciudad siempre encuentras sitio en la puerta, ¿pero en el campo dejas el utilitario a tomar por culo cierta distancia de la casa? Coherencia, señores, coherencia), la rubia en cuestión consigue llegar al vehículo, que está cerrado. Con un poco de suerte, tendrá a mano la llave, a no ser que esta esté en poder de su novio, el jugador de fútbol universitario. Cuyas extremidades están, a estas alturas de la película, repartidas equitativa y eficientemente por toda la finca. La persecución se convierte entonces en una cuenta atrás en la que el maníaco se acerca mientras la muchacha tiene que probar en todas, si es como yo, que en un llavero de 3 llaves suelo acertar al cuarto intento, el final de la película está servido.

3-NO CORRER POR EL CAMPO, Y MENOS DE NOCHE: Si algo nos han enseñado las rodillas peladas y el labio partido de la protagonista es que correr a oscuras por un terreno abrupto y mirando hacia atrás es una mala idea. Fijémonos en el maníaco. Él no corre, solo camina, y con cierta parsimonia además. Siempre alcanza a su víctima, y encima esta descansado cuando eso pasa.

5-COMPROBAR ASIENTO DE ATRAS: Incluso habiendo cerrado el coche, el malo siempre se las arregla para colarse en el asiento de atrás. Teniendo en cuenta el tamaño medio de un coche americano, podría tener hasta un puesto de carnicería sobre la alfombrilla, cuidado.

4-NO HACERSE EL HEROE. Es preferible huir para llorarla a ella que lo contrario.

5-NO TE FIES DE NADIE: casi siempre resulta que uno de tus queridos amigos tenía algo que ver con el asesino, quizás esté de su parte o quizás tenga la culpa de su aparición por desavenencias pasadas entre ellos dos. En cualquier caso, pega el culo a la pared y apuñala a cualquiera que desaparezca misteriosamente para reaparecer otra vez con cara de ¿Qué, qué pasa, por qué me miráis así?

5-REMATA AL MALO. O al menos llévate su arma. Puede parecer que esta norma puede entrar en conflicto con  la número 3. Nada más lejos de la realidad, apalear (si es con su propia arma, mejor) al malo que se ha caído porque alguien le ha dado una patada en la cantimplora o alguna caricia similar siempre es más sensato que seguir corriendo y darle al sujeto en cuestión la capacidad de recuperarse.

SI TIENES QUE ELEGIR ENTRE DEJAR A ALGUIEN DETRÁS O DELANTE, OPTA POR LO PRIMERO: Quizás este consejo pueda sonar apolítico, por lo que es mejor resumirlo de la siguiente manera: las cebras no necesitan ser más rápidas que el león, solo tienen que ser más rápidas que las otras cebras.

7-PASADA LA PRIMERA PARTE DE LA PELICULA, NUNCA ES UNA BROMA: En toda película de terror que se precie, siempre hay un primer amago de susto que resulta ser uno de los amigos cachondos con ganas de reírse del personal. Lo malo es que te hace bajar la guardia, lo bueno es que el bromista siempre muere. Ocurrido el primer asesinato, si después de que tu amigo el gracioso se haya ido a hacer cualquier cosa, le pierdes de vista y no contesta a tus llamadas, lo mejor que puedes hacer es disparar a lo que aparezca. En el mejor de los casos habrás acabado con una amenaza, y en el peor habrás  librado a tu grupo de un imbécil peligroso.

ALÉJATE DEL ESCÉPTICO: Aunque no es el primero en morir, pues ha de morir una primera persona para darle la oportunidad de no creérselo, Este protohipste no tardará en descubrir que estaba equivocado, y por lo general de una forma bastante dolorosa.

Así pues, si sacamos el común denominador de todas las pautas no sale una sola lección muy clara: Espabila.

Espero que este pequeño tutorial os haya servido de algo. Si es así, amigos de Yutiuv ya Dejese laik, y suscríbanse pinches weones

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EL LENGUAJE SOEZ

El autor de esta entrada se halla en el deber de advertir al lector que está a punto de toparse con ciertas palabras malsonantes con cierto potencial para herir su sensibilidad. Sobretodo si es usted un puto santurrón blandegue y casi con toda probabilidad homosexual.

Hay una especie de justicia poética en que la primera palabra que te viene al quedarte sin papel higiénico sea: “¡Mierda!”

Las palabrotas llevan con nosotros desde tiempos inmemoriales. Fuera cual fuese la primera palabra que se dijo en el mundo, no cabe la menor duda de que ese día tan especial no acabo sin que se dijera alguna palabrota.

Si nos detenemos a averiguar el de la primera palabra malsonante nos encontraremos con una empresa condenada al fracaso. Sin embargo no es tan difícil suponer que ha habido una serie de momentos que, por la frustración en ellos reinante, pudieron ser el origen de muchas expresiones de dudosa honra como las que nos atañen. Uno de estos momentos duró más de medio siglo:

LA LATA QUE PROVOVOCÓ QUE EL NIÑO JESÚS LLORASE

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Estamos en 1810. El gobierno francés lleva a cabo una campaña en busca del mejor método para la conservación de la comida en campaña (los camiones de tomates no valen). Entonces aparece un señor muy listo y muy práctico con un bote bajo el brazo. Así hace acto de presencia la famosa lata de conserva. Como diría Iker “pulseritas” Jiménez, hasta aquí todo normal.

Los soldados francos verían, gracias a esta maravilla moderna, una sensible reducción en su índice de enfermedades derivadas de comer comida en mal estado y su dieta se volvería más agradable al paladar. Pero siempre hay un punto negativo en toda historia. Y es que el abrelatas no fue inventando hasta casi cincuenta años después.

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No hace falta ser muy perspicaz para imaginar la cantidad de improperios que nacieron por no tener abrelatas; santos y santos bajados del cielo sin contemplaciones ante la imposibilidad de los hambrientos guerreros de abrir el botecito de las narices. Una auténtica algarabía de palabras horribles como las de la elfa del Señor de los Anillos llamando a un río de caballos de agua.

Cierto es que el ser mal hablado no te abrirá muchas puertas en la vida, a no ser que digas “Abre, coño” (Bueno, igual esa frase tiene otras acepciones que no tienen cabida en un Blog culto e inocente como este). Pero no deberíamos condenar el uso de las palabras malsonantes solo por el mero hecho de serlo.

VULGARIDAD VERBAL COMO ALTERNATIVA AL PROZAC

No se trata tanto de un problema de educación como de una cuestión de necesidad. Aunque no está comprobado científicamente, un martillazo en el dedo duele menos con un “¡Joder! ” que con un “¡cáspita!”. Esto es tan verídico y efectivo como que el hombre espera y la mujer… hace esperar.

“—María. He conseguido mesa para aquel restaurante que te gustaba.
—¡Bien! Voy a vestirme.
—Es para dentro de 3 meses.
—¡¿Ya estamos con las prisas?!”

Señoras y señores del jurado, el desahogo que aportan las palabrotas no lo pueden aportar ni las drogas. Ocasiones como esa en la que te preparas la cena perdiéndote la película porque no llegan los anuncios, al final te sientas frente a la tele con tu cena… y cenas viendo los anuncios. No me digáis que el asunto no merece al menos un “¡me cago en…”.

También sirve para esa época de tu vida en la que te dan ganas de afilar el palo con el que tocas a la gente. Como cuando el guardia de seguridad de la oficina de empleo te dice en un arranque de originalidad “quieto parado”. Debería ser legal poder insultarle.

¿Qué otra cosa que no sea una palabrota puedes liberar a la atmósfera cuando trabajas con incompetentes (a parte de tí, quiero decir) que no pueden dejar pasar ni una sola ocasión para demostrar sus “virtudes”?

“—¡GRANAAAADAAAA!
—… Tierra soooñada por miiiii…
—¡Cuerpo a tierra, gilipollas!”

Cualquier ocasión es buena para bajar Santos del cielo. En casa, por ejemplo. ¿O acaso conocéis vosotros a algún vecino cuyo hijo sepa tocar bien la maldita flauta? Que no es que me caigan mal los vecinos. Yo no soy capaz de odiar a una persona durante más de diez minutos. Cambiando de tema: ¿sabíais que en diez minutos puedes matar a una persona y ocultarla?

Esta es solo una ínfima parte de las razones por las que no debemos criticar el lenguaje soez ni a la gente que lo emplea. Pues todos tenemos a una verdulero dentro. Solo necesitamos una fuente de inspiración que ayude a exteriorizar nuestros sentimientos.

“—¿Es cierto que usted se cagó, y cito, en los muertos pisoteados del demandante así como en la puta idea qué tuvo la zorra de su madre de concebirlo?
—No, Señoría. Lo que yo dije fue ‘Reinaldo, amigo y compañero del alma, creo oportuno indicarte que estas derramando el metal fundido sobre mi espalda y eso, en honor a la verdad, me escuece un pelín’ “.

Sin más me despido hasta otra entrada, amigos. No sin antes compartir con vosotros una duda que atenaza mi alma:

Si cuando al final de ese programa llamado El Jefe Infiltrado, los empleados entran a hablar con el jefe sin disfrazar, pero aún así no lo reconocen como su jefe… ¿para que lo disfrazan al principio?

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El HIPSTER ENCUBIERTO 2

Cuando la mayoría de la gente ve esas películas de espías y de agentes dobles que trabajan para ambas facciones enemigas entre sí, saturadas de glamour y peligro, suelen imaginarse a sí mismos en el papel del héroe. Sorteando peligros con elegancia y siendo admirados por el resto de los mortales.

Se preguntan cosas como qué hará ahora, a donde irá con la chica, etc. Yo solo me pregunto cosas como si los agentes dobles, al trabajar para ambos bandos, tienen dobles vacaciones.

“—¿Qué va a tomar, Señor Bond?
—Un Martini con Vodka. Mezclado, no agitado…
—Le aviso de que no hay nadie mirando, señor.
—Ah… Pues ponme un café con leche y dos magdalenas.
—Marchando
—Y ya que estás ahí acércame el Marca.”

Hola, bienvenidos a un nuevo capítulo de mis hazañas adentrándome en territorio Hipster. No olvidéis leer antes la primera parte, que está un poco más abajo. Este relato parte de mis inquietudes respecto a esa nueva tribu urbana que son los Hipster. Me dispuse a desentrañar sus entresijos desde dentro. Y para ello me he formado como uno de ellos. Me he dejado crecer la barba y me he pasado a las gafas de pasta. Pero ni mi repeinado vello facial ni mis telescópicos anteojos me habían preparado para semejante aventura.

Cincuenta y siete minutos pasaban de las seis de la tarde cuando cerré el libro de Gabriel García Márquez. Llevaba más de veinte minutos ojeándolo y preguntándome cuánta gente habría usado este volumen en concreto para complementar la pantomima de quien quiere aparentar lo que no es.

Nosotros en 2015 nos creemos muy modernos con nuestro “postureo”, pero esta práctica es la primera del manual de los espías de toda la historia: fingir que uno es lo que no es.

Así pues, allí estaba yo. En un banco del parque frente a un Starbucks en el que había quedado por mediación de un amigo común, con la persona que me ayudaría a ingresar en la secta Hipster. Lo que aquel espantapájaros larguirucho que se acercaba hacia mi posición subido en un longboard y con expresión de eterno aburrimiento ignoraba, eran mis verdaderas intenciones: sacar de una vez a la luz los secretos de esta tribu urbana. ¿Por qué? Porque no tengo dinero para comprarme la Play 4 y en algo hay que entretenerse, ¿qué voy a hacer si no? ¿Estudiar?

La sílfide barbuda se sentó a mi lado. Cogió el café triple (El soborno convenido) como si del cáliz de la fuente de la eterna juventud se tratase y le dio un sorbo. Después de un sincero “aaahhhh”, el contacto miró el brebaje. “llevo sin probar un SB desde que perdí mi trabajo en Pull&bear” añadió. Acto seguido se puso en pie, y se llevó el café, no sin antes dejarme un papel doblado bajo mi libro.

En aquel papel había una dirección seguida de unas indicaciones, todo ello escrito a máquina.

Has de llegar a este sitio sin usar ningún tipo de transporte que funcione a motor, puedes usar mi Longboard. Una vez llegues dirígete al cronista y ejecuta la contraseña escrita al dorso de este papel”

Con la primera parte del plan (logística y caracterización) terminada con éxito, todo indicaba que el resto del mismo iba a obtener unos resultados razonablemente positivos. Consulté el móvil y comprobé que la dirección indicada no estaba a más de medio kilómetro. Así que me subí a aquel inmenso monopatín y me dirigí a mi destino esperando que no me viese ningún conocido y, de ser así, apartasen la vista rápidamente al ver a un maromo de treinta y dos primaveras subido a un longboard.

Intentando mantener el equilibrio, pues a mantener la dignidad ya había renunciado en el momento en que me calcé los mocasines sin calcetines, me dio por pensar en esos treintaañeros que van por ahí en monopatín. ¿Para qué llevais casco? El daño ya está hecho…

En fin, subido a la tabla surqué acera y asfalto pasando por semáforos y… Una cosa: ¿el que haya monigotes en los semáforos para los peatones y no los haya para los coches no es un poco tomar por tontos a los peatones? Bueno perdón, que me desvío.

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Llegué al lugar indicado y me hizo gracia comprobar que se trataba de otro Starbucks (por lo visto algunos son distintos de otros). Cuándo entré al establecimiento comprobé que habitaban en él una mayor cantidad de Hipsters de lo normal; debía de ser su sede local.

El que más me llamó la atención fue un barbudo escribiendo a máquina. Esperando que se tratase del Cronista, crucé toda la cafetería y recité la frase que me habían indicado.

“—La Fnac es mainstream…—dije.
—Pero la de antes era mejor.—espetó él sin desviar la vista de lo que estaba escribiendo.
—Como todo en la vida…—Me apresuré a contestar yo, cerrando con ello el santo y seña”

Debió de juzgar positivamente la conversación, porque retiró del rodillo de la máquina la página en la que escribía e introdujo una hoja en blanco. Acto seguido empezó a preguntarme nombre, dirección…

Apuntó todos los datos falsos que le dí sin mirar más arriba de mi barba. No podía permitir que esta gente supiese donde vivo. Corría el riesgo de que se presentasen en mi casa y sospechasen al comprobar que no tenía tocadiscos. Mis nervios iban aumentando conforme la conversación iba dirigiéndose a temas más escabrosos como grupos de música favoritos. Libros, directores de cine  asiáticos etc…

La cosa había empezado bien. Pero tanta pregunta estaba empezando a agotar mis ya de por sí austeros conocimientos sobre la cultura indie. Y el cronista se había dado cuenta. Lo noté porque su ensayada y perfeccionada expresión de aburrimiento perpetuo estaba demudando en una mueca de desaprobación.

Un detalle que no pasé por alto: Una faceta del postureo Hipster es fingir cierta cultura (aunque te esté sonando a chino lo que escuchas). Llegué a esta conclusión porque cuando el amigo dio las primeras muestras de sospecha yo ya llevaba inventados unos catorce nombres de artistas underground.

De repente el barbudo hizo bruscamente la máquina de escribir a un lado. Todo lo bruscamente que pudo hacerlo en aquella mini mesita de Starbucks sin tirar el aparato al suelo. Y mirándome con suspicacia, escupió:

—¿Quién te ha enseñado la contraseña?

Me había calado. Y no sólo el, varios congéneres que hasta hace unos minutos estaban bebiendo café y parecían dedicarse a ignorar todo lo que les rodeaba levantaron la vista de sus libros de Tolstoy y me miraron fijamente.

Alerta

No sabía que hacer. No tenía ni idea de como responder ante aquella pregunta y empezaba a preguntarme si podría abandonar el recinto sin problemas. Así que resolví recurrir al plan B: seguir con el papel al tiempo buscaba la forma de esfumarse.

Amigos, me vais a permitir que comparta con vosotros una apreciación sobre los planes. Y es la dualidad que representan los llamados planes de emergencia: A la hora de elaborar un plan B debes asegurarte de que este esté, como mínimo, a altura del plan A. Sin embargo, tampoco es conveniente que el plan B haga parecer al A como la idea propia de un estúpido.

No se cuál de los dos era el más acertado. Pero mi plan B consistía en mirar mi reloj calculadora y decir que me iba porque tenía prisa. Para mi sorpresa, dos fornidos bigotudos se había levantado  simultáneamente y se dirigían hacia la puerta en pos de cortarme el paso. El cuál apreté para salir del recinto antes de que eso pasara. Y fue entonces cuando las cosas se pusieron feas de verdad.

Al pasar bajo el umbral de la puerta acristalada de Starbucks una algarabía de indies cabreados estalló dentro del local. Por las cristaleras los veía dirigirse a la puerta mientras me increpaban como una bandada de musulmanes al ver un tobillo femenino desnudo en una mezquita.

Raudo y veloz agarré el longboard y salí corriendo. No sin antes dar una patada a la  primera de las innumerables bicicletas antiguas aparcadas en batería, creando un efecto dominó que dio con ellas en el suelo.

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Lancé el gigantesco skate y salté sobre su lomo, alejándome apresuradamente calle abajo. Al mirar por encima de mi hombro pude ver a los Hipsters intentando sin éxito levantar las pesadas bicicletas de cuadro de acero para perseguirme. Algunos me seguían gritando insultos mientras comprobaban indignados los desperfectos en sus cestas de rejilla.

Sabía que los “Hs” eran gente muy leída. Y no tardarían mucho en tener la idea de levantar las bicicletas una por una entre varios e ir a por mí. Teniendo en cuenta que había elegido una ruta descendente para mi huida, la gravedad no tardaría en jugar a favor de sus pesadas monturas. Así que empecé a impulsar con más fuerza el longboard, que ya rodaba a una velocidad considerable.

Intentaba superarla como si sintiese algún poder dentro de mí que pudiese hacer que el artilugio fuera más deprisa que lo que la física (mi física) podía.

Es esta una curiosa faceta del ser humano: engañarnos a nosotros mismos pensando que tenemos mucho más potencial del que desarrollamos. No se sabe qué es lo que nos convence desde pequeños de que somos una especie de genios en potencia.

Con los años (menos mal) entramos en razón y nos damos cuenta de la realidad. Pero aún así insistimos entendiendo este descubrimiento personal como “darnos cuenta de que hemos perdido el tiempo y que podríamos habernos esforzado más” en lugar de llamarlo por su verdadero nombre: madurar y comprender de una vez nuestros límites.

Yo maduré, pero maduré como la fruta: me caí al suelo y empecé a rodar hasta que acabe en un gasolinera mientras el longboard continuaba su viaje calle abajo. En un arrebato de inteligencia me imaginé a los Hipsters siguiendo al longboard sin piloto. Pero no, para cuando recobré mi verticalidad varias bicicletas setenteras con altos manillares y grandes sillines aparecían calle arriba montadas por barbudos coléricos. Sus gafas de pasta empañadas por el sudor me habían detectado, y habían encaminado su carrera hacia la gasolinera.

Corrí a esconderme en el baño de la estación de servicio. Pero estaba cerrado. ¿Por qué cierran con llave los baños de las gasolineras? ¿Es que tienen miedo de que alguien los limpie?

Así que ahí estaba yo. Sin un escondite a la vista con dos docenas de indies peligrosos acercándose.

¿Quieres saber cómo salí de esta? Estate atento a su desenlace en una próxima entrada ¿no quieres saberlo? Pues en la 3 dan los Simpsons, y por el tono de amarillo de las pieles yo diría que es la séptima temporada

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LA ESTUPIDEZ HUMANA

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Me fascina el término “estupidez humana”. Como si hubiera otro tipo de estupidez. No digo que toda la humanidad sea estúpida. Pero lo que si estoy dispuesto a postular es que los extraterrestres deben de saber que somos una raza fácilmente conquistable si nos han visto dándole vueltas una y otra vez al movil intentando ver derecha una foto ladeada. Hay muchos ejemplos por los que no nos merecemos ser considerada vida inteligente. Sin embargo seguimos empeñados en el humanismo.

El humanismo. Esa estúpida tendencia que gente tan pagada de si misma como Luis Vives, uno de los mayores defensores de esta doctrina reivindicaba comop la creencia ciega en la posición del hombre en el centro del universo.

¡Pero si somos un fracaso en toda regla! ¿Cómo puede ser el centro del universo una raza capaz de gastar 400 euros en un smartwatch?

“—¿Te has comprado el Apple Watch?
—¡Si, es una pasada! Mira, tiene medidor de pulso cardíaco, notificaciones directas de WhatsApp…
—¿Qué hora es?
—Si, claro. Debe de estar por aquí, a ver. No, a ver por aquí…  Bueno, casi mejor espera, que la miro en el móvil.”
—… ”

Cualquiera que lea esto puede pensar (y con razón) que soy de esas personas que piensan que la única inteligencia que vale es la mía (hipsters) y que pienso que el resto del mundo es estúpido. Bien, esa es una afirmación a medias acertada. Y en seguida sabréis que parte es falsa y cuál no.

Por todos es sabido que yo no soy ninguna lumbrera. Soy perfectamente capaz de encender la Batseñal para llamar a Batman y cuando llegue se me haya olvidado lo que iba que decirle.

“—Soy Batman, ¿que ocurre?
—Em…  Si… te cuento. Ya que vas a estar despierto a ver si puedes avisarme a las 7 que no me fio de la alarma de mi movil”

Porque si, soy imbécil. Y cada vez más orgulloso de ello. La última vez que me puse las gafas sin recordar que había olvidado que llevaba las lentillas puestas pensé que me había convertido en Spiderman. No salté por la ventana porque daban los Simpson y no me quería perder un capítulo que solo había visto diecisiete veces.

Lo dicho, me enorgullece mi cualidad. Teniendo en cuenta cómo les va a los imbéciles hoy en día, a mi juicio se ha convertido en algo de lo que presumir. Esta  iluminación a la que he llegado solito y sin GPS me lleva a lo siguiente.

CUANDO LA ESTUPIDEZ VENDE

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¿Recordáis a esas chonis de barrio que salían de cuando en cuando en la tele dándole patadas al diccionario? Esas niñas que iban pintadas a su juicio muy guapas y a juicio de otro preparadas para cortar cabelleras.

“—Ferretería, dígame.
—Si buenos días, quisiera una pintura para exteriores como la que lleva la chica de perfumería en la cara”

¿Nenas y no tan nenas que esgrimían el “haiga” como punta de lanza de la cultura poligonera. Que a su total y absoluta falta de educación social y cultural la llamaban “naturalidad”?

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Pues ahora resulta que esto vende. Porque se puede ser una poligonera, pero lo que sale últimamente por la tele no tiene cabida en ningún gráfico. El descaro con el que estas princesas propinan patadas voladoras al diccionario no es ni remotamente aceptable. Y eso que la Real Academia de la Lengua hace todo lo que puede por incluir sus guturales sonidos en nuestra lengua en aras de…

¿En aras de qué? No consigo imaginar en que manera puede ayudar el incluir esas aberraciones idiomaticas. Para mí que últimamente la RAE ha estado comprando costo al por mayor. Como ya hizo alguna vez antes (“tío, tío, ¡pon murciélago! Jajajajaja”).

Y es que después de la “cocreta” de la eterna madre coraje, los uppercuts al léxico se han convertido en requisito indispensable, parece, para los castings de los realities.

Reality Show: no hay una expresión mas engañosa en cuanto a lo que verdaderamente representa.

¿Cómo le digo yo ahora a mi hija que el ejemplo a seguir es el licenciado en ingeniería que nos atiende en el McDonald’s y no la choni barriobajera que se forra en Salvame después de haberse hecho una “manualidad” bajo el edredón a otro en Gran Hermano?

El problema es que esta “genialidad” es cada vez más difícil de encontrar. Al menos, la de pura cepa. Sea por lo que fuere, las chonis parecen estar en peligro de extinción. Conscientes de este horrible hecho, varias plataformas y superficies han empezado campañas para proteger a esta especie. El pull&bear ver por ejemplo.

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De repente, lo inculto y soez vende, y es el pasaje para salir del asiento de atrás del Seat León del Jonathan y saltar a la fama. Como quien estudia ingeniería para que lo cojan en la Fórmula 1, Hay que buscar esa capacidad chonil donde sea. Y es entonces cuando vemos aberraciones como las “estudiantes unicersitarias” (o eso dicen ellas) de gran hermano. En concreto me encanta una rubia que yo pensaba teñida, pero al escuchar su hazañas en un par de preguntas de cultura general, me lo estoy replanteando. No puedo asistir a estos eventos de la humanidad sin pensar: ¿es esto real? ¿Hay gente así o es un papel?

En fin, creo que se me está acabando el pase de pellote, así que mejor dejar de escribir ya. No sea que me vaya a quedar tonto con tanta tontería y me recluten para Mujeres y Hombres Y Viceversa. (me encanta este título, su desprecio por las comas)

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CORRER V: Alternativas al running

“El ser humano solo usa el 10%de su matrícula de gimnasio”  Albert Einstein.

¿Por qué dejar el Running? Pues porque estoy sufriendo bastante rechazo social. Ya estoy harto de que la gente se me acerque y me pregunte “¿De qué huyes? ¿Tu amigo va a hacer una mudanza?”

Vosotros reiros. Pero el running podría ser un problema. Cuando todos esos yonkies que corren para no pensar en la droga vuelvan a engancharse a ver quién los persigue cuando te roben el móvil para cambiarlo por un bolo.

Yo empecé en esto del running por casualidad. Eran esas corazonadas que me daban cuando veía gente correr en domingo y cosas así. Yo veía todos esos señores corriendo y pensaba: Al final va a haber que hacerse Runner. No sea que un día caiga un apocalipsis Zombie y todos corran más que uno.

BUSCANDO ALTERNATIVAS

Cuando una persona comete la inmoralidad de salir a correr porque sí. Tiene que tener por seguro que, a menos que tengas quince años, a la larga empezarás a notar el desgaste endémico de esta práctica. Yo no tardé demasiado en empezar a verme aquejado de serios dolores de rodilla. Tenía  que buscar una alternativa sana a eso de correr por ahí que me llenase tanto o más que el running.

No me hacen mucha gracia las máquinas de gimnasio, excepto una en la que metes un euro y te sale un Bollicao. Las pesas tampoco so lo mío. Total, que llevo dos meses apuntado a un gimnasio. Y lo único que he perdido son 90 euros. Puede que así, vestido, aún no se me note, pero esperad a que termine el verano y haya que ir a tomar café a un Starbucks…

“—Mi novia me ha dejado porque dice que estoy obsesionado con el gimnasio.
—Qué fuerte…
—Gracias. Toca, toca”

En estos enclaves para cultivar el cuerpo (los gimnasios, no los Starbucks) hay muchas actividades que hacer. Y una de ellas me interesó lo bastante como para apuntarme: el Bodycombat.

El Bodycombat es como el aerobic de toda la vida. Solo que pegando patadas al aire o a un extraño saco de boxeo que en lugar de pender suspendido de una cadena se alza desde el suelo hasta alcanzar la altura de una persona. Pues bien: durante la primera semana asistí a las lecciones que un simpático señor bajito (hasta el punto de que le olía la cabeza a pies) impartió lunes, miércoles y viernes. Todo muy bien, pues gracias a mi pasado Runner logré estar a la altura. Un poco de cuidado de no resbalar con los calcetines al ejecutar las patadas al saco y listo.

Mi frustración comenzó el primer día de la semana siguiente.

El sábado ya había ido al Gato largo (Thecatlong) a adquirir ciertos artículos como unas vendas elásticas para transformar mis puños en herramientas de muerte y destrucción y un calzado especial para deportes en parquet sospechosamente parecido a unas bailarinas. Y eso que a mí este tipo de indumentarias no me despierta mucha confianza. Las vendas para las manos, por ejemplo, tienen un cierre parecido al de un sujetador. Baste decir que hace años cogí un sujetador de mi hermana para practicar con el cierre.No pude abrirlo y me dio mucha vergüenza decir algo. A día de hoy todavía lo llevo puesto. Lo uso para colgar mi GoPro.

Así que allí estaba yo el lunes a las 18:30 horas (hora zulú) entrando al gym caracterizado como el guerrero ninja de la tonificación muscular. Cuál no sería mi sorpresa cuando al mirar el horario del tablón de anuncios me doy cuenta de que habían cambiado mi clase de bodycombat por otra llamada cardiocombat.

Ante aquella adversidad me dirigí a la fofisana de la recepción (porque los gimnasios de más de 39’99 al mes cuentan con recepción) a pedir una explicación ante tamaño desastre. La muchacha me aclaró que la clase era la misma. Pero que en ocasiones se le cambia el nombre a las clases porque los nuevos cánones deportivos apuntan a tal o cuál otro por motivos de atraer al público.

Por mi parte lo veo una estupidez, qué queréis que os diga. Es como si el domingo mi novia me manda a pastorear pelusas en vez de a barrer.

Resignado, me interné en el área de bodycombat cardiocombat y efectivamente, ahí estaba mi amigo el corpocorto. Presidiendo el calentamiento como si tal cosa. Como si no tuviera que ver con el inmenso sentimiento de vacío que atenazaba mi alma, el puto enano karateka.

Curiosamente, la clase fue exactamente igual que la semana pasada. Mismos movimientos, misma música. Solo cambió una cosa: los alumnos. No había ninguno de los que habían empezado conmigo. Lo cuál llenó mi mente de preguntas mientras aporreaba rítmicamente aquel saco.

¿Dónde estaban los antiguos alumnos?

¿Habrían mal interpretado el cambio de nombre como un cambio de horario y habían dejado de venir pensando que aquella clase había sido trasladada o, peor aún, anulada?

¿O quizás se trataba de algo mucho peor? Cabía la posibilidad de que el cambio de nombre de esta disciplina fuera algo periódico. Cabía la posibilidad de que se vieran obligados a hacerlo para evitar las sospechas suscitadas de que algo atroz estaba pasando en esas clases. Cabía la posibilidad de que los alumnos hubieran estado muriendo víctimas de la extenuación o alguna patada voladora errada. Cabía la posibilidad de que el cambio de nombre no fuese la única estratagema para ocultarlo, y que sus cadáveres hubieran pasado a rellenar aquellos sacos de boxeo. Cabía también la posibilidad de que la falta de oxígeno me estuviera afectando al cerebro.

Fuera como fuese, a la semana siguiente, cuando comprobé en el tablón que el cardiocombat había vuelto a mutar para renacer como dancecombat. Me di cuenta de que no estaba hecho para cambios tan frecuentes y tan poco motivados. Dejé  de ir a aquellas clases infernales y volví a running, pero running, running. No esa tontería de correr que hacen los pobres. No os dejéis engañar: hay una gran diferencia entre un corredor y un Runner (240 euros en equipación fosforito).

El hijo del viento, me llaman. Pues ya se sabe: cuando te muerde el gusanillo…

“—¡Me ha mordido un runner!
—¡Una ambulancia, rápido!
—Ya voy yo mismo corriendo
—¡Aguanta! ¿Cuál es tu grupo sanguineo?
—Supinador
—Lo perdimos”

He aprendido algo. Y es que si algo te va bien, mejor no dejarlo. Ya encontraré alguna manera de cultivar mis músculos. Por cierto, para marcar abdominales, ¿alguien sabe qué prefijo es?

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COSAS QUE DAN PARA UNA ENTRADA

Aunque pueda parecer tonto lo contrario, dadas las múltiples ocasiones en las que he tocado el tema de la creciente volatilidad de mi capacidad de atención, yo me fijo mucho en los detalles. Cuando uno pasea por la calle y comete la desfachatez de mirar hacia otro sitio que no sea a dónde pisa, puede ser testigo de la maravillosa diversidad de personas dignas de mención que pululan por las aceras.

En mi caso, los que hayáis leído otras veces esta sarta de tonterías que libero a la atmósfera, sabéis que soy una persona muy observadora, pues la finitud de la batería de mi móvil me obliga a veces a fijarme en todo para no aburrirme, incluida la gente que va por la calle.

Y es que para escribir este tipo de textos es imprescindible fijarte en los pormenores de la vida, esos detalles que tu cerebro obvia hasta el punto de parecer ignorarlos, pero sabe que están ahí. Tal y como hacen tus ojos con tu nariz o el resto de los cazafantasmas con el cazafantasmas negro.

Estos detalles son los que yo recopilo mientras me arrastro por mi penosa existencia para luego ir con el cuento a vosotros. Y uno de esos detalles propiamente dichos son los que veo caminando por la calle (caminando yo, no es que a los detalles les hayan salido patas). Arranquemos por ejemplo con la gente que topa con un conocido. A mí esos encuentros fortuitos con ciertos conocidos solo me sirven para recordarme que tengo que eliminarles del Facebook.

“—Hombre Eze, ¡cuánto tiempo!
—Y porque me has visto tu antes…
—¿Eh?
—¡Que cuánto tiempo!”

Pero parece que no es así para el resto de la gente. Después de una cordial conversación, se despiden prometiendo volver a verse, y que cuando lo hagan no sea por casualidad.

“Un día tenemos que quedar para tomar un café y mirar cada uno su movil”

Lo que me sirve como material para entradas es ver como esas personas se desean lo mejor, se encargan mutuamente saludos a amigos comunes y familiares, y se estrechan la mano efusivamente en una cálida despedida para proseguir cada uno su camino… en la misma dirección.

¿Qué le dices a una persona de la que te acabas de despedir pero que estas obligado a seguir viendo hasta que vuestras sendas os separen? En serio, no es una pregunta capciosa, quiero saberlo porque me ha pasado ya varias veces, y no porque me lo busque despidiéndome en medio de un puente.

Hasta que alguien pueda ayudarme con el dilema seguiré con mi estrategia de soltar un: “de perdidos al río” y cogerle de la mano. “Y es que todo pasa por algo, guapetón”.

No es solo mi inclinación pseudohomosexual la que me hace preferir a esta gente a su opuesto: Esos vecinos con los que vives puerta con puerta y que no saludan porque les han afectado los recortes en educación.

La calle no es el único sitio en donde uno encuentra cosas curiosas. Cualquier sitio público es un simposio de temas de los que hablar. El otro día estaba haciendo la compra en unos grandes almacenes cuando apareció un joven de unos treinta y dos años (porque tengas la edad que tengas, la definición de joven es tu edad; lo demás son viejos o niñatos). El pobre parecía notablemente afligido porque había perdido de vista a su hijo. Me detalló la ropa y la edad del vástago y yo respondí negativamente ante sus pesquisas.

Un par de pasillos más allá, me encontré con un minisujeto que concordada perfectamente con la descripción. Así que en un acto de altruismo me acerqué al niño y le susurré con ternura: “Tranquilo, yo llevo perdido aquí veintidós años, y nunca me ha faltado de nada. Tan solo tienes que buscarte un sitio alto para dormir donde no te alcance Johnny Depp; lo sueltan aquí por las noches”.

Ya se sabe. Johnny Depp puede ser muy peligroso, sobre todo si te interpones entre él y su padre Tim Burton.

“—Señor Burton, el señor Depp está en la puerta.
—Joder… ¿De qué va disfrazado ahora?
—De pene gigantesco
—Madre mía… Abre anda, ya se nos ocurrirá algo”

Caminando por la calle ves cosas extrañas. Algunas no lo parecen, pues entran dentro de la normalidad de cada día. Pero tu mente se encarga de darles esa chispa de misterio al hacer que te plantees ciertas dudas existenciales. A mi me pasa con esos policías que van en bicicleta.

Su presencia está cada vez más arraigada en nuestro día a día y, en honor a la verdad, me parece muy buena idea. Son efectivos que cumplen su trabajo ahorrándole al estado un dinero en combustible y contribuyen a dar un respiro a la capa de ozono. Pero (y aquí es donde mi mente empieza a oler a quemado) ¿cómo hacen para arrestar a la gente llevando bici? Debe de ser algo así como:

“Tú te lo has buscado, hijo. ¡A la cesta! Tiene derecho a permanecer en silencio, cualquier cosa que diga…”

Si hablamos de transeúntes, tarde o temprano acabaremos hablando de los que van por ahí usando su teléfono móvil. En algunos casos ya de por sí es un deporte. Como en el mío, pues me he comprado un Samsung Galaxy Note. Es un poco…  un poco grande ¿verdad?. De hecho he contratado a una cofradía entera para llevarlo por la calle.

Como decía, dentro de los phonejockeys hay categorías para elegir. Y de ellas la que más me gusta es ese que va por ahí hablando por el movil con el altavoz del manos libres activado. Que vosotros direis: “iría con las manos ocupadas…” No, no. Ambas manos libres. ¡Ambas! Una agarrando el aparato y otra en el bolsillo, presumiblemente aferrándose al poco atisbo de dignidad que les ha dejado semejante práctica. Así que ahí van, hablando como si llevarán un walkie talkie, como si se hubieran escapado de un programa del Discovery Channel.

Y ya puestos a hablar de gastar dinero en estupideces, hablemos de los artistas callejeros. El otro día pasé por delante de un mimo que simulaba subir por una cuerda. Me gustó mucho, de modo que simulé dejarle una moneda. Pero no son estos los únicos que te piden dinero por la calle. Hay otra gente que… ¿Cómo explicarlo? Digamos que es un hecho que las drogas no son la respuesta, a menos que la pregunta sea: “¿Por qué no tienes dientes y estas haciendo como que trabajas de aparcacoches?

Se que hay gente que ya sea por miedo o por caridad, no es capaz de negarles una moneda. Pero luego se sienten mal por haberlo hecho sabiendo para qué lo van a utilizar. Para esa gente tengo un ligero comentario que tal vez sea de ayuda:

-Aparcar con “aparcacoches”=1€
-Utilizar transporte público=1.30

De nada.

¿Qué me decís de las gitanas? Esas simpáticas vendedoras que parece que pasan hambre, pero no hay ninguna flaca. Que quieren venderte un trozo de hierva a modo de talismán. Pero no de la que se fuma, si no de la que se echa al cocido.

“—Ay payo guapo, toma esta ramita de romero, te dará suerte.
—¡Gracias!
—¿Me das algo pa pasá el día guapo?
—Ten, toma esta ramita de romero, te dará suerte.”

Así que ya sabéis, amigos/as/is no perdáis la fe en la humanidad. Y si lo hacéis, preguntad a vuestra madre que seguro que la ha guardado ella.

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¡VACACIONES! YUJUUUU

Estoy bastante seguro de que el nivel de vuestro aprecio por mí ha bajado sustancialmente conforme visionabais ese “yuju”.  Apuesto a que, visto lo visto hasta ahora, esperáis que os detalle con saña unos planes vacacionales idílicos consistentes en una vida feliz y cara de una semana de duración.

Deberíais avergonzaros de pensar así de mí. ¿Cuándo os he fallado yo? A estas alturas no vale de nada intentar negar mis pretensiones de mataros a todos. Pero nunca he dicho que fuera a torturaros antes.

“¿Te vas de vacaciones? ¿Cuántos días te quedan hasta que empiecen? ¿A dónde vas? ¿durante cuánto tiempo?”

¿Alguien ha escuchado o planteado esta pregunta alguna vez en su vida (las madres no valen)? A que no… Pues entonces ¿Por qué la gente no para de dar ese tipo de datos en lugar de dar otros más interesantes como el pin de su tarjeta?

“—¿Qué tenemos?
—Varón, raza blanca. Pasó la mañana dando detalles sobre sus planes para sus vacaciones. Presenta claros signos de violencia extrema.
—Merecida
—Totalmente”

Yo he puesto en funcionamiento varias medidas para lidiar con el tema de los que se dedican a compartir sus planes vacacionales. Entre otras estratagemas he hecho circular por la oficina el rumor de que pertenezco a una banda de ladrones albano-kosovares. Así la gente se cuida muy mucho de hacerme saber que va a viajar.

Por cierto, pequeño apunte con relación a los que desgastan la frase “ambos inclusive”: siguen siendo cuatro días de mierda.

Yo, por mi parte, para decidir a dónde voy en verano lanzo un dardo a un mapamundi que tengo en la pared. Y allí paso todas las vacaciones, lanzando dardos a la pared. Porque como en casa no se está en ningún sitio. Y vosotros estáis tan de acuerdo con esto como con la política de cookies.

Permitid que me explique antes de que alguien me corte el cuello con un billete de Ryanair: ¿Cuántas veces habéis tenido un percance con alguien, sea amigo o conocido? Alguna de estas veces habréis usado cierta frase que, sin ser de mi invención, la he adoptado como mía por lo mucho que me ayuda a afrontar estos quebrantos con amigos, compañeros de trabajo, la policía etc… Dicha frase reza de la siguiente manera:

“con lo agusto que estoy en mi casa… “

Amigos y amigas, esa frase vale para todo tipo de discusión.

“¿Que no vuelva a llegar tarde? Venga hombre, con lo a gusto que estoy en mi casa.”

Pues si te ofende lo que digo me voy. Con lo a gusto que estoy en mi casa…”

“¿Aviso de desahucio? Si hombre, con lo a gusto que estoy en mi casa”

¡Y es verdad! Por muy bien que te lo montes en tus viajes de ocio, como en casa en ningún sitio. Lo que pasa es que haces lo imposible, ahorrando o hipotecando hasta al perro, para pagar cualquier cosa que te saque de tu vecindario porque sabes que lo peor no es no irte de vacaciones,  sino tener que regar las plantas, recoger el correo y cuidar de la mascota de los que sí se van.

Llamadme mal vecino si queréis. Pero yo nunca hago ese favor. Ya en su momento postulé sobre el hecho de que la conversación ascensoril sobre meteorología debía ser el único nexo de interacción vecinal. Argumentando con pruebas fehacientes que superar esa línea tan solo conllevaría la muerte contratiempos.

Digan lo que digan los pelos del culo abrigan en casa se está muy bien. Además siempre hay cerca algún vecino con piscina que poco a poco se va haciendo amigo mío (aunque él no lo sepa).

Y es que ¿a dónde vamos a ir? ¿A un hotel? Altamente (no) recomendado. El último hotel en el que estuve era un hotel tan cutre y triste, que en vez de recepcionista tenía decepcionista. Las cucarachas eran gigantes. Un día, una enorme se me acercó a la hamaca y con un extraño acento me dijo. “Vamos a hacer Aquagym. ¿Se apunta?”

Presa del pánico, salí despavorido llamando al personal del hotel en busca de ayuda, pero el de las hamacas me tranquilizó aclarándome que la cucaracha en cuestión era un animador senegalés muy simpático que llevaba en la nómina del hotel varios años.

El Todo Incluido es lo que tiene: empieza uno a tomar cerveza desde bien temprano y luego el alcohol le juega malas pasadas. Cuál no sería mi nivel del mismo en sangre que no me calmé hasta conseguir que el conserje  rociase al senegalés con insecticida, por si las moscas. Al ver al muchacho tosiendo en el suelo hecho un ovillo me quedé más tranquilo: A las cucarachas de verdad los insecticidas no les afectan.

EL SÍNDROME POSTVACACIONAL Y TÚ PUTA MADRE

“—¿Qué tal las vacaciones?
—Cortas.
—Jajajaja, qué original eres.
—Y tú qué gorda.”

A todos nos toca volver a la rutina, ya sea de un viaje a Tailandia o de lanzar dardos en la pared de nuestra habitación. Y la rutina trae este mal cada vez más reconocido entre los expertos.

Pocas cosas a parte de la paciencia son verdaderos paliativos de este problema. Pero curiosamente y por el contrario, hay muchos posibles agravantes. Como por ejemplo insistir en revelar, paso por paso, todos y cada uno de los detalles de tu viaje.

“—Muy buenas las 508 fotos de tu viaje. ¿No tienes más?”

Ante este tipo de personas tan elocuentes, recordad: No hay ningún contratiempo en la vida que no arreglen ocho puñaladas en el tórax.

El que suscribe desconoce totalmente la relación entre el síndrome citado y el Karma, pero sabed que la intensidad del mismo es directamente proporcional al coñazo que deis con vuestras hazañas estivales.

A modo de despedida, voy a irme. Y no porque yo quiera sino porque lo digo yo. ¡Feliz síndrome postvacacional a todos!

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