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PSICOLOGIA PAREJIL

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¿Nunca os ha pasado que estáis en la cama y os despertais desorientados sin saber por qué lado está la pared? Pues escribo esto desde el suelo.

Está bien, está bien. No se ha tratado de una falta de orientación por mi parte. La razón por la que me han echado de la cama y he tenido que instalarme en el sofá es que hablar con mi pareja es como las piedras flotantes de Humor Amarillo: das un paso en falso y acabas hasta el cuello. Pero es que mi pareja es muy complicada…

«—Te lo tomas todo al pie de la letra.
—¡Las letras no tienen pies!»

La vida es un continuo cambio. El día a día es vertiginoso, oscilante, hoy estás aquí y mañana no sabes. La tecnología avanza de forma exponencial,  cada vez más rápido. El tiempo meteorológico parece haberse vuelto loco. Ya hace tiempo que el frío tenía que haberse retirado y por contra, este verano será al menos un grado y medio más caluroso de lo habitual. Todo cambia, amigos.

Pero  hay algo que no cambia. Algo de lo que podemos estar seguros al cien por cien, un madero al que sujetarnos en esta marejada de permutaciones, y ese algo es el hecho inmutable y eterno de que nunca entenderás a tu pareja.

Y eso que la cosa empezó bien: chico conoce a chica, chica lo manda a paseo al principio… y eso que en mi caso yo le entré de una manera caballerosa y cordial. Destacando su belleza y regalándole un hermoso cumplido.

«—Me encanta el piercing que tienes en el labio. Me recuerdas aún mero que pesqué una vez.
—Ya. Qué gracioso… ¿A qué te dedicas?
—Soy músico, como puedes ver. ¿Y tú?
—Modelo.
—Pues no eres muy guapa.
—Y eso es un puto ukelele.
—Touchez.»

Pero mis alabanzas no alcanzaron el objetivo perseguido. Mi diosa no cayó rendida a mis pies; estaba claro que era una mujer moderna,  muy por encima de las anticuadas costumbres del cortejo que integraban la estructura de mi plan de ataque. Probé entonces con algo más radical. Ya que no podía conquistarla por medio de lisonjas, pensé que quizás le gustaría que fuera más directo.

«—Tú y yo juntos, una chimenea, una alfombra y una botella de vino. ¿Qué te parece?

—poco vino»

Sin embargo eso no hizo más que generar aún más ganas de conquistarla. Porque los hombres somos así. Cuanto menos nos quieren, más queremos. Y cuanto más atención nos prestan, menos nos interesamos. Así somos los hombres.
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Sólo los hombres.
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¿verdad?

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Ah, el amor. Qué sería de las compañías telefónicas sin aquellas eternas e interminables despedidas de los enamorados adolescentes. Yo también las tuve:

“—Cuelga tú.
—No, cuel… (tono)“

Y es que los enamorados son como los borrachos; sólo te caen bien cuando estás como ellos. En fin, el caso es que mi noviazgo fue un idilio digno de la más empalagosa de las películas amorosas, solo hacía falta que uno de los dos fuera un vampiro cabezón para que Hollywood nos hubiera comprado los derechos.

«EDWARD: Percibo los pensamientos de la gente

BELLA: No me extraña con esa pedazo cabeza…

EDWARD:¿Qué?

BELLA: Emm… que quiero ser vampiresa.»

Como decía, todo era amor y cariño. Lo pasábamos tan bien juntos que no lo vimos llegar, y llegó…

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Llegó el día de la boda. Y con ella los problemas. Admito que yo tuve cierta parte de culpa en que la ceremonia no fuese lo bastante maravillosa. No quería conformarme con el tópico de que el día de la boda es en realidad «el día de la novia» y por ello puse todo de mi parte en la organización, la decoración, y el guión.

«—*PERO NADIE PUEDE CON EL PORTADOR DEL ANILLO…*

—En serio, Eze. Que hagas que tu sobrino de cinco años lleve los anillos lo aguanto, pero que hayas hecho al cura decir esa frase poniendo la voz grave mientras nos acercamos al altar no te lo perdono. *¡NO TE LO PERDONO!* »

Pensándolo bien, en vista de cómo fue la ceremonia (y mi vida) a partir de ahí, podía haber elegido otro momento para hacerme el gracioso. ¿Recordáis aquella frase de «que hable ahora o calle para siempre»? Pues mi mujer la entendió al revés. No ha parado de cascar desde que le puse el anillo, y no precisamente cosas bonitas. Y eso que es una frase que no da lugar a malentendidos…

«—Quien tenga algo que decir que hable ahora o calle para siempre.

—Eso ya lo he dicho yo, usted diga «sí, quiero».

—Ah. Perdón.

—…

—¡Decid algo, cabrones!»

Para no aburriros con mi boda, baste con decir que fue memorable. En cualquier caso, tuviera el desenlace que tuviera, no es más que una noche en una vida de sufrimiento pareja. ¿Quién podría estar enfadado con su cónyuge después de tanto tiempo?

Errar es humano, echarlo en cara diecisiete veces al día durante siete meses es humana.

Porque las mujeres no se equivocan. Mi mujer por ejemplo es capaz de distinguir si una chica lleva extensiones en el pelo a 200 metros de distancia, pero los stops y los ceda el paso se le siguen atragantando.

Cuidado, a ver si no se va a entender esto como yo quiero. Mi pareja no es ningún ogro, es una magnífica persona y yo,  a día de hoy, no se qué  hazaña habré hecho en esta vida o en la otra para que me haya elegido.

Porque amigos, no nos confundamos. Las mujeres son las que nos eligen. Y eligen con confianza y seguridad. No como cuando eligen qué ropa ponerse.

«—Cariño, ¿juego con un 4-4-2 o un 4-3-3 con el Madrid en el FIFA?
—Yo de eso no entiendo, Eze.
—Ni yo de qué falda combina con esa blusa, pero bien que me lo preguntas.»
—Vaya humos tienes hoy… ¿Has visto mis hormonas para lo del embarazo? Estaban junto a tus vitaminas para el running.
— Tú sabrás
— ¿Qué te pasa?
— ¡Nada!
— Eze… ¿Te has tomado mis pastillas?
— Preguntale a tu amiguita
—¡Eze!
—¿Me quieres?»

La verdad es que, rompiendo una lanza a favor de mi novia (yo rompo lanzas a su favor, ella me las parte en la cabeza) nosotros los hombres somos complicados. Bueno, no somos complicados, a decir verdad somos bastante simples. Nosotros no os entendemos a vosotras, y ello frustra a ambos. Vosotras, igual que sabéis perfectamente si la noche para la que os preparaid acabará en sexo o no antes de salir por la puerta, a nosotros nos entendéis perfectamente desde el principio, el problema es que no os gusta lo que entendéis.

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EL RECURRIDO Y GASTADO «QUÉ».

Cuando un hombre, en medio de una conversación importante con su pareja, pregunta en un momento dado «¿Qué?» a vosotras os puede parecer que lo dice porque no ha entendido lo último que le habéis dicho. Cuando en realidad os ha entendido perfectamente. Sólo pretende disponer de un pequeño lapso de tiempo para pensar una excusa mientras estáis repitiendo la pregunta.

La mujer también usa mucho este recurso. Pero su finalidad es bien distinta: cuando dice «¿Qué?» también ha entendido a la primera, pero esta dando, en su infinita magnanimidad, otra oportunidad a su pareja para que recomponga la frase y pueda salir del remolino de lava al que se dirige si sigue por ese camino.

«—Eze… No hay nada en la tele esta noche, ¿te parece que…  juguemos un poquito? Jijiji
—Claro nena…  Jijiji
*Beep*
—¿Acabas de encender la Playstation?
—… ¿Qué?»

Chicas, somos simples. Si os preguntamos si os pasa algo y nos decís que no. ¡Eso es exactamente lo que vamos a entender! No damos para más.

Y a vosotros, chicos: las flores mueren en dos días, los chocolates engordan y los peluches son aburridos. No seáis idiotas, regalad zapatos.

No es seguro, pero es posible que así os libreis del temido tenemos que hablar. Esa temible frase a la altura del ven aquí a ver qué hiciste aquí de tu madre es la última frase que querrías escuchar de tu pareja.

Curiosamente suele ser la penúltima que escuchas.

«—Tenemos que hablar.
—¿Y eso?
—Bueno, en realidad tú no hace falta que hables»

Así que ya sabéis amigos y amigas. Mantener una pareja es de ardua tarea de colaboración (ellos) comprensión (ellas)  y negociación (nadie). No quisiera despedirme sin dejar claro que mi amada pareja no es mala, yo soy el malo, un gandul, un egoísta y un desordenado. Y ella en cambio es muy buena conmigo y me comprende a pesar de todas las trastadas que hago. No la merezco pero ella es tan buena que algún día me cambiará y me hará ser todo un caballero, sensible a sus necesidades y anhelos. Porque todos los hombres somos unos cerdos.

Firmado:
Cristina

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MI BARRIO

De un tiempo a esta parte he pensado que quizás deberíais saber un poco más a cerca de mí. Al fin y al cabo, no estaría bien que os matara un desconocido. Y puesto que algún día cumpliré mi sueño de acabar con todo el mundo. Qué menos que dejar que sepáis algo del elemento de vuestra destrucción.

Vivo en un barrio lejano. Tan lejano que cada vez que vemos un taxi por el barrio nos invaden sentimientos encontrados, divididos entre la tristeza por el dinero que va a tener que gastar el pasajero y la sana y desinteresada alegría de saber que ese taxista puede irse a su casa por hoy, pues con semejante carrera ha cubierto con creces las ganancias del día.

Mi barrio es tan insignificante que a mi casa ya no llegan ni los Testigos de Jehová. Aunque puede que nuestra última conversación por telefonillo tenga algo que ver.

“—¿Si?

—¿Quiere conocer la palabra de Dios?

—Que se ponga él.

—…

Creo que los he descolocado“

En su defensa debo decir que no soy muy agradable al aparato. ¿Qué le voy a hacer? No me gusta que me molesten, por muy importante que sea el motivo.

«—Sí dígame?

—Houston we have a problem…

—¿Diga?¿Quién es?

—Houston, this is Apollo and…

—A ver, ¡¿Tú por quién preguntas!? No sereis de Jazztel, ¿no, cabrones?»

Mis vecinos no son mala gente. Pero al vivir tan lejos de la civilización se pierde esa «clase», ese saber estar… Vamos, que es imposible salir peinado a la calle sin que algún vecino te diga «¿a’ónde vas, Marqués?

Vivo en un segundo sin ascensor. Lo malo de vivir en un edificio sin ascensor es que se me hace difícil saber que tal es el tiempo que estamos teniendo. Y es que las charlas triviales de ascensor deberían ser el único contacto que tuviésemos con nuestros vecinos. Como si fueran la máxima ración diaria de cordialidad e interacción recomendada que relataba Edward Norton en El Club de la Lucha.

«—Disculpa vecino, en este ascensor huele fatal. ¿te has tirado un pedo?

—Has sido tú

—¿Yo? De eso nada

—¡¿Para qué preguntas pues?!»

Señores, reconozcámoslo. Tener vecinos esta muy sobrevalorado.

«No te acerques a él, es un ermitaño»

¿Qué podemos entender de esa frase? Bajo mi punto de vista hay dos opciones. La más típica, la que cualquiera en su sano juicio entendería:

No te acerques a él; al vivir sólo en el bosque, a penas tiene educación y puede resultar m desagradable o incluso peligroso.

Y la que mi experiencia con los vecinos me haría entender a mí:

No te acerques a él; al vivir lejos de ningún vecino esta muy poco acostumbrado a que vengan idiotas a molestarle y podría sufrir algún tipo de ataque o crisis nerviosa.

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La ley no escrita del Vecino’joputa (patente en trámite) es muy expeditiva, simple y fácil de entender:

No existe comunidad alguna en dónde no residan malos vecinos.

«—Torres más altas han caído.

—Se acabó, vecino. No vuelvo a jugar contigo al ajedrez en la azotea.

—Caballos más altos han c…

—¡QUE NO TIRES MÁS PIEZAS!»

Naturalmente, siempre hay gente que lo niega. Estos Ned Flanders del 2° B presumen de no tener un sólo mal vecino. Pues bien, amigo mío, si ese es tu caso me temo que te tengo malas noticias, TÚ eres el mal vecino. Lo que pasa es que el resto de la gente te tiene miedo, no quieren problemas contigo porque eres de esos que son capaces de despertar a su mascota sólo porque se aburren, y te prefieren feliz y tranquilo a enfadado y peligroso.

Por suerte, los malos vecinos son minoría. El resto somos muy nobles. Por ejemplo el que pone los apodos a todo el mundo en mi barrio se llama Jose Luis. Y nosotros ¿cómo le llamamos? Pues Jose Luis. Así de nobles somos. Somos tan nobles que cuando la policía hace una redada en el barrio y pone a todos los Latín Kings contra la pared, nosotros nos dedicamos a subirles los pantalones.

De todas maneras, a los que no son nobles se les ayuda a serlo. Yo, por ejemplo, si veo que un vecino no recoge las deposiciones de su perro, me apresto a sacar yo mismo una bolsita de plástico, y procedo a asfixiarle sin demora. ¿Qué le voy a hacer? Soy un buen ciudadano. Y eso que no siempre ha sido así. Pues he hecho daño a mucha gente y lo que peor me sabe de todo, es la coliflor.

Aunque buenas personas, algunos de mis vecinos son de lo más peculiares, como un vecino que trabaja en Microsoft. Ya va por el cuarto matrimonio. Las mujeres tienden a dejarle porque no desconecta de su a trabajo como programador de Windows.
«Cariño, espérame para comer que ya estoy llegando, me faltan 30 minutos… 2 horas… 30 segundos… 56 minutos… 2 dias, 25 minutos…  35…»

Aquí hay vecinos de todos los colores. Por ejemplo tengo uno calvo que todos usamos como punto de referencia (al lado del calvo, el que vive debajo del calvo…). También tengo otro que esta tan gordo que más que punto de referencia se ha convertido en punto cardinal.

Luego está, como no, el vecino que no para de pedir favores. Este señor va por la vida con la frase «el no ya lo tengo». Frase que acaba haciendo que no te coja el teléfono ni tu madre. Pero a él le va bien. Y le va bien porque tiene el increíble don de no caer en las indirectas hostiles que le lanzamos el resto de convecinos.

«—¿Me puede decir la contraseña del Wifi de su bar?

—Tómate un café por lo menos, cabrón.

—¿Todo junto o separado con guiones bajos?»

Así son mis vecinos y así es el sitio en donde vivo. Pero vamos, yo soy feliz con poco (tampoco he tenido la oportunidad de probar a serlo con mucho) y mientras cuente con un techo sobre mi cabeza, agua corriente, electricidad y 100 megas de Internet me apaño bastante bien.

En fin, No quisiera despedirme sin desearos  mucha suerte a todos los que estáis de exámenes. En especial a los que estáis leyendo esto en lugar de estudiar. Espero que no seáis de esos que no paran de subrayar el libro con su rotulador amarillo fosforescente y luego tienen que estudiar con gafas de sol.

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LA GENTE MAYOR

«Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir más tiempo»

          Charles A. Sainte-Beuve

Hoy voy a hablaros de un gran colectivo cada vez más numeroso según los últimos estudios debido a la falta de natalidad y un aumento de la longevidad general: la gente mayor. Al decir esto me siento como Manuel Torre iglesias, presentador del programa Saber Vivir dedicado a la salud y los buenos hábitos para mantenerla. «Mi gente mayor -decía- mi queridísima gente mayor«. Siempre me resulta impactante ver a un señor mayor dirigirse a su propia quinta como si no formase parte de ella.

El gran Pepe Colubi decía que este señor (M. T.) planeaba dominar el mundo. Que estaba adiestrando una raza de superabuelos sanos y fibrosos que sólo comen verdura, que a penas duermen y son capaces de cubrir grandes distancias a pie armados con muñequeras medidoras de tensión. Colubi aseguraba que algún día nos arrepentiríamos de infravalorarlos.

Javier Cansado, gran humorista parte de la pareja cómica Faemino y Cansado, por su parte aseguraba:

«El día en que los viejos entiendan que no tienen nada que perder, dominarán el mundo»

En fin, muy fan de Manuel Torreiglesias. Para nuestros amigos que no conozcan su gran labor, aquí os dejo una foto de nuestro héroe con uno de sus amigos de la infancia.

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Lejos de lo que pueda parecer después de leer algunas de mis entradas en las que toco el tema de la tercera edad como en conducir, yo adoro a la gente mayor, mi queridísima gent… ¿¡Veis¡? ¡es qué no puedes evitarlo! ¡qué grande eres,  Torreiglesias!

Como decía, soy un firme defensor de estas sabias y menospreciadas personas y creo que hay que apoyarlas y ayudarlas. Yo lo hago a menudo, y es porque disfruto mucho ayudando a la gente mayor.

Una de mis prácticas favoritas para con mis mayores es ayudarlos a cruzar. El problema es que hay algunos que todavía no saben que quieren cruzar. Ellos se suelen negar pero yo imagino que es por cosas de la edad que se les va la cabeza y eso.

Se les va tanto que muchas veces justo después de cruzarlos van los muy pillos y vuelven a cruzar. Menos mal que me gustan los retos…

Algunos me miran mal. Pero yo me lo tomo con filosofía. Yo no hago estas cosas por los agradecimientos. Y si, es de bien nacido ser agradecido, pero mi inteligencia está muy por encima de esos nimios rencores ¿qué le vamos hacer si son todos unos malnacidos?

Un aspecto que no sólo no comparto, sino que además no permito que se atribuya a la gente mayor es la falta de cultura. Máxime cuando a muchos de vosotros os quitan el autocorrector y no sois naide.

«¡Como encuentre al carbón que me ha reactivado el fruto autocorrector le corto los cojines!»

Por otro lado, y aún manteniéndome defensor de las virtudes de la tercera, tengo que decir que ya no hay abuelos como los de antes, que a las diez de la mañana ya llevaban tomados dos carajillos, un coñac y dos sol y sombra. Ahora a lo sumo se toman un Danacol: otro de esos yogures de beber diminutos que al parecer tienen cada uno una finalidad distinta relacionada con el colesterol, las defensas, etc. pero que a mi juicio salen todos de la misma cuba, en donde han echado los yogures caducados y los han rebajado con agua para que no se note, brindándoles a estos pobres lácteos otra oportunidad para pasar por nuestros intestinos.

Y es que los abuelos ya no son lo que eran. A mí mi abuelo jamás me dio un caramelo Werther’s Original y estoy seguro de que a él tampoco se los dio su abuelo como decía el del anuncio.

«—Aún recuerdo cuando mi abuelo me daba mis Werther’s Original. Igual que ahora te los doy yo a ti.

—Caballero, le repito que no le conozco, suelte esa caca de perro o al menos aléjela de mi, por favor»

Es más, teniendo en cuenta cómo sacaba mi padre la «mano a pasear» y habida constancia de que su padre lo hacía mucho más, por esa regla de tres lo único que recibiría mi abuelo de su abuelo serían martillazos en la cabeza.

Mi abuelo era un artista también. Siempre me decía «ustede lo chiquillo de ahora na más que valen pa hacer el mal» y se iba. Luego sacaba otra vez la cabeza por el marco de la puerta y repetía «¡EL MAL!» y ya se iba a beber (dato real).

Y es esta predisposición que tenían mi abuelo y su homónimo a arreglarlo todo con el látigo cinturón, la que nos lleva a abordar el siguiente tema: las manías de la gente mayor.

La gente mayor, en adelante GM (pronunciarlo en vuestra mente como yemmmh, muy importante la h al final, que representa al último aliento de vida), tiene una serie de particularidades bastante significativas que nos ayudarán a identificarlos.

Los GM’s tienen, entre otras, la curiosa manía de decir que los jóvenes de hoy en día despilfarran su vida, poniendo esto por una lastima. Y lo hacen desde la barra del bar de la asociación de vecinos donde pasan entre 6 y 8 horas diarias.

Amigo GM (esa h, que no se oye), lo nuestro es una pena, pero más pena es lo vuestro, que os queda menos tiempo. Las a estadísticas van en vuestra contra así que vosotros sabréis…

«—Qué bien te habría venido una mili de las de antes…

—¿Qué has dicho?

—Nada abuelo, nada.»

No es recomendable reírnos de la gente mayor. No sólo por las razones lógicas de respeto y educación. Sino porque todos,  en el mejor de los casos, acabaremos así. Por mucho que a los 40 empieces con el running nada te salvará de llegar a la tercera edad salvo la muerte,  que por otro lado intentas evitar a toda costa haciendo ejercicio; un círculo vicioso.

Yo por mi parte creo que ya me estoy haciendo mayor. He empezado a pensar cosas, como en que me pasaría el día dándoles de bofetones a los chavales hasta ponerles las dichosas gorras derechas. En fin, no se si me hago viejo, pero está claro que soy hijo de mi padre.

Este es un tema delicado para mí. Pero no porque tenga tanto miedo a envejecer que siga llamando «seño» a la profesora de la universidad, sino porque me hago cargo de la ignorancia de la gente respecto a los ancianos, pues se ríen de ellos como si ignorasen que tan sólo son un reflejo de su propio futuro.

Así pues, Cuando vayas a una discoteca con tus veinticinco añazos, no es recomendable preguntar entre risas qué hace ese señor que roza la cincuentena sentado a la barra mirando su ron con Bitter Kas, pues es muy posible que simplemente te esté calentando el puesto.

APRENDIENDO A ACEPTAR EVITAR LO INEVITABLE.

Por último, quiero ayudaros a aceptar el final evitar entrar en la vejez antes de tiempo. No os preocupéis, he estado buscando por internet la friolera diez minutos y he descubierto que la vejez es en cierta manera prorrogable. Hay ciertas pautas de comportamiento que debemos evitar si aún no queremos salir de la segunda edad:

-Decir «aaaaaay» cuando nos levantamos del sofá.

-Decir «es la primera vez que me siento en todo el dia»

Admitir que tengas problemas en la vista, el oído, etc. Siempre has de tener una escusa preparada para esas situaciones:

«—Del uno al diez, ¿cuál es su nivel de sordera?

—Si.»

Dejar de poner las manos delante cuando do te caes de bruces. No se a que edad empieza esto, pero los mayores desarrollan cierta predisposición a aterrizar con la cara.

Decir «la noche es joven»  a las 20:30. Es más, mejor no lo digamos nunca.

Intentar engañar al personal esforzándonos por utilizar léxico de cuando eramos más jóvenes, así que ya sabéis, cuando vayáis a la discoteque, hablad d’abuten. De esas palabras molonas nasty de plasty, ¿okidoki?.

Revelar a alguien lo que había antes de lo que está. Ejemplo: «antes de este centro comercial, todo esto era una plantación de plataneras».

Mirar el tiempo meteorológico: Cuando tenemos 30 años el tiempo es eso que pasa cuando estás fuera -cuando eres vigilante de seguridad el tiempo es eso que pasa de la cámara 1 a la 17-. Pero a partir de cierta edad empezamos a planificar el día siguiente en función del tiempo. «hoy no salimos que va a llover»; «mañana vamos al mercado en vez de al centro, que va a hacer calor.» Estas planificaciones tendrían su sentido si pretendiésemos coronar el Everest o ganar el París-Dakar, pero no para el día a día a menos que seas mayor.

Tardar más de 10 minutos en el cajero.

Conducir como si nuestro coche solo tuviera dos marchas: la lenta y la lentísima.

Bailar con los niños en las bodas.

Todo esto lo he encontrado en 10 minutos. Lo que nos da una idea aproximada del terror general que hay a envejecer. Pero amigos, no deberíamos temer llegar a viejos. La muerte, esa fuerza implacable de la realidad,  todopoderosa, que alcanza a ricos y a pobres, al joven y al valiente. El tribunal final al que todos tenemos que dar cuenta. Tarde o temprano nos alcanzará, tengamos la edad que tengamos.

A mi parecer, envejecer es magnífico. Pues es la única manera de mirar a la cara a esa fuerza omnipotente que es la muerte y decirle «¿a qué coño estabas esperando, HIJA DE PUTA?»

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MASCOTAS Y DUEÑOS: esos seres estúpidos e irracionales, y sus perros.

«Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre, y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer.»
                      Groucho Marx

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Perdonad que haya tardado en colgar otra entrada. Mi perra (en la imagen) está deshaciéndose del pelaje invernal y he estado bastante ocupado cepillándola. Lo malo es que he acabado bastante cansado; lo bueno es que he sacado suficientes repuestos como para fabricar al menos tres Huskies enteros.

«A Buzz Lightyear le prestaba yo a mi perra para que la paseara hasta que hiciese sus necesidades. Se iba a enterar de lo que es hasta el infinito y más allá…»

Porque, reconozcámoslo: pocos sentimientos de libertad son tan puros como el que nos embarga cuando sabemos que nuestro perro ha terminando de hacer sus cosas. Ahora ya podemos hacer lo que queramos. Nos sentimos tan libres como si fuésemos nosotros los que nos hemos aliviado.

Los perros son maravillosos. Pero sus dueños lo son aún más. Ayer mismo ayudé a cruzar a un ciego con su perro guía. Fue una experiencia maravillosamente reveladora. Lo malo es que tendremos que esperar a ver la raza que sale de este cruce.

En serio, tener un perro es un compendio de experiencias que no se consiguen con otro animal. Claro que no hay mucho donde elegir; por ejemplo los peces, que aún no tengo claro si cuentan como mascota o como decoración. En el caso de los gatos me queda más claro, pero no mucho más.

Tener un perro te da muchos momentos buenos. A parte de los que tú te esfuerzas en recordar como buenos como dormir con ellos y creerte que duermes bien cuando en realidad te pasas la noche procurando no mover un músculo porque sabes que a la mayor molestia tu mejor amigo se va a pasar al suelo.

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Vaya todo ésto por delante, he estado pensando en un tema: Hay un extenso catálogo de razas perrunas. Y digo yo, ¿por qué no hay uno de razas humanas?

Tranquiiiiilos no me tacheis de facha, corrais detrás de mí en sandalias, y me dispareis florecillas y cartones enrollados sobrantes de filtros de porro. Me refiero a un [insertar redoble de tambor aquí].

BESTIARIO DEFINITIVO DE RAZAS DE DUEÑOS DE PERROS [insertar banda sonora de Star Wars aquí].

DUEÑOS PRIMERIZOS (canidus novatus)
A estos pobres se les ve a la legua. Llevan la correa más tensa que la cuerda de una guitarra ya paseen un Chihuahua o un San Bernardo. Tienen miedo de todo: Miedo de otros perros, miedo de los coches, miedo de lo que su propio perro pueda hacer…

Ver la cara de un dueño primerizo cuando recoge la primera deposición del animal puede ser suficiente para definir perfectamente si es de esas personas que pueden tener mascota o no. Aprovechamos este marco para comentar que recoger la caca de perro es un acto civilizado, recomendable y admirable. Siempre que tengas perro, y siempre que no te la lleves a casa…

Como decía hay gente que NO está preparada para cuidar de una mascota.

«—Buenas. Gasolina sin plomo de 98,por favor
—Es su primer caballo, ¿verdad?
—No crea, ya se me han muerto tres»

DUEÑO PASOTA (amus indiferentis).
La tranquilidad que este dueño es capaz de mostrar mientras su perro de 60 kilogramos corre hacia ti es admirable. Al grito de «¡SI NO HACE NÁ’!» Resta importancia al asunto aunque su perro sea uno de esos ejemplares a los que les lanzas un palo para que vayan a buscarlo y te traen un parachoques.

«—Disculpe, ¿podría atar a su perro?
—¿Por qué, si es muy bueno y no hace na’?
—Entiendo. ¿podría al menos ayudarme a salir de su boca?»

DUEÑOS MATERNALES: (Canis Raritus)

Todos hemos conocido a ese perfil de amo que insiste en poner al animal a la misma altura que cualquier miembro de la familia, y en algunos casos incluso más arriba. Son ese tipo de personas que dicen «Trosky, no comas eso porque no es para perritos y te puede ocasionar una obstrucción intestinal» mientras que a su hijo se limitan a decirle «No, porque lo digo yo».

«—¿Tú  a quién quieres más cielo, a Mamá o a Papá?

—Guau.»

ENTRENADORES FRUSTRADOS (cesarmillanis loscojonis)

A estos Cesar Millan autodidactas que creen saber todo acerca de los perros sólo por haberse tragado de un tirón todas las temporadas de El encantador de perros los identificaremos de forma muy sencilla.

Esgrimiendo un sonoro «¡sssshhhh!», este señor ya tiene la situación controlada. Quizás sea esa la razón que hace tan graciosa su cara cuando, después de haber dado una orden ejemplar a su esclavo -porque así es como tienden a tratar a su perro-, éste por toda respuesta se retira corriendo en busca de un ano que oler.

«—¿Qué haces aquí? ¡Te voy a reventar!
—¡Yo si que te voy a reventar hijo de… ¡Anda! Bonito ano. ¿Puedo olerlo?
—Por supuesto. Por favor, sírvase. »

           (Dos perros conociéndose)
Más divertido aún es comprobar la metamorfosis que sufren las facciones de estos eruditos cuando su expresión salta de la vergüenza al miedo y vuelta conforme su perro va ganando distancia y acercándose a la autopista.

Es entonces cuando su infalible «sssshhhh» pasa a ultrasonidos. Hay informes de gente capaz de decapar la pintura de la chapa de un coche de tanta fuerza que le imprimen a esta llamada de atención.

DUEÑO DE PEGA (subnormalis)
Esta variante no debería existir. De hecho me da tanto asco hablar de esta gentuza que voy a resumirla en la siguiente frase:

«Me voy a gastar setecientos euros en un perro de raza para hacerle tres mil fotos al día y no sacarlo a pasear.»

Es increíble las excusas tan estúpidas que llegan a dar estos fantoches y fantochas a la hora de deshacerse de sus mascotas. Uno me dijo una vez que le vio una pulga, y que es alérgico a las mismas.

Los perros son perros, y a veces tienen pulgas, ¿o creías que el tuyo no porque te había costado 700 euros?

Y es que hay gente que no se detiene a pensar en los contras de tener una mascota y adoptan sin pensar. Esta tendencia es más antigua de lo que creemos:

“—Papi, quiero una mascota.
—Te he dicho que no.
–¡Ay Noé, que extricto eres con el niño!
—¡Ainssss! Está bien. Mete todos los animales que quieras…“

No nos confundamos señores. Esto no es ninguna broma. Hay gente que debería tener que pedir un permiso judicial para tener perro. Bueno…  mejor olvidemos esto último, no vaya a estar un miembro del gobierno leyendo y vea otra forma de sacarnos dinero. Pero qué digo, ¿un político leyendo este Blog? Es más, ¡¿un político leyendo?!

Volviendo al tema, Los perros no son tontos. Quizá no son tan listos como a mi me gustaría, ya que sería curioso tener un perro al que le preocuparan los antioxidantes de sus latas de comida. Pero desde luego no son tan estúpidos como para no darse cuenta de que su amo lo tiene porque la moda es tener un Bulldog Francés.

El Bulldog Francés: un perro que tiene un ataque de asma crónico.  Si Dios existe, estoy seguro de que no quiere a este perro: están amenazando con morirse desde el momento en que nacen.

«el mayor rasgo evolutivo del perro es simular normalidad mientras le recogen la mierda»

                            Pepe Colubi

Lo único que me queda claro sobre los dueños de los perros, a parte de lo dicho, es que son los responsables de un perro sufra o sea feliz,  así como de que este ocasione alegría o sufrimiento.

Antes de cruzaros a la otra acera porque veis acercarse un Pitbull, un Bullterrier o un Stafford, no busquéis peligro en el animal, sino en su dueño.

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A BUEN MALENTENDEDOR…

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El otro día estaba en un ascensor con una chica guapa y la cosa se complicó. Cuando estás en un ascensor con una chica guapa, ella sabe perfectamente lo que estás pensando. Pero nosotros no, claro. Ella me dijo «¿subes?» y yo le dije «si», acto seguido subí y me metí en su casa.

Para no entrar en más detalles me limitaré a decir que la velada acabó antes de empezar cuando ella llamó a la policía, al parecer era la típica pregunta de ascensor y no una propuesta en firme.

Los malentendidos, accidentales o no, forman y formarán parte de nuestra historia hasta el momento en el que dejemos de existir. Y estoy seguro de que cuando eso ocurra, la especie que nos sustituya como especie dominante también sufrirá estas desavenencias.

Como decía, hay dos tipos de malentendidos: aquellos involuntarios que por lo general suele causar contratiempos a uno o los dos interlocutores, y otra variante más difícil de identificar como son los malentendidos asistidos, situaciones en las que uno de los implicados pone de su parte para «malentender» con algún propósito.

«—Me gustaría invitarte a cenar.

—soy lesbiana

—¿y no cenais?»

Una persona con malas intenciones puede resultar un problema, pero un mal entendedor de la primera categoría citada que tarda en entender puede resultar un auténtico incordio.

“—Una forma de ser feliz es ignorar a la gente estúpida…

—Buena frase, ¿de quién es?

—hacer como si no existiesen

—Ya, ¿de quién es la frase?

—y vivir.“

Aunque la gente corta de entendederas dan para un libro, no son los únicos posibles culpables de que el sentido de una conversación se vaya a pique. Muchas veces los malentendidos ayudan a los interlocutores a confundir aún más al pobre receptor, como en un interrogatorio de las películas:

«POLI MALO: Te vamos a meter en el puto trullo, ¿entiendes?

POLI BUENO: Te he hecho un suéter»

Y es que es muy fácil culpar a las víctimas, pero algunos que se creen muy finos con su prosa no hacen más que liarnos aun más. Con lo fácil que es hablar claro…

«—Quisiera manifestar el  descontento y frustración que me produce este giro tan poco afortunado que han tomado las circunstancias.

—¿Qué?

—¡QUE ME CAGO LA PUTA!»

Prestemos especial cuidado a ciertas afirmaciones, nunca se sabe quien puede oírlas. La experiencia dicta que cuando más bruta es una persona, mayor es su tendencia a tomarse los comentarios al pie de la letra, y viceversa…

«—¿No queríais que os enterraran juntos?

—Sí.

—Pues entonces no gritéis.»

No nos despistemos: cualquier cosa puede malentenderse excepto la razón de que mi novia llame a mis amigos mis amigotes y a mis amigas mis amiguitas.

Claro que las conversaciones orales no son las únicas en las que nuestra comprensión puede peligrar; uno no tiene mas que deslizarse las bolsas de la compra desde la mano hacia mitad del antebrazo con objeto de tener la mano libre y pagar a la cajera, para perder todo atisbo de virilidad para el que le observa.

Si a eso añadimos la deliciosa costumbre que tienen las cajeras de devolverte las monedas del cambio SOBRE EL TICKET DE COMPRA haciendo que éstas cobren vida, pues ya tenemos la coreografía perfecta para el cabaret. Después de todo la comunicación visual es tanto o más importante que la verbal.

La comunicación gráfica también es un torbellino  de confusión. No hay más que intentar seguir unos fáciles y sencillos planos para verte dentro de su vórtice de caos:

“—Mira cariño, ya he montado la cama de IKEA.

—Era un armario.

—Vaya.“

Aprovechando la coyuntura cabe destacar un par de puntos interesantes que cualquier cliente del IKEA podría encontrar de ayuda:

1: Desconfía de cualquier cuñado que afirme que los planos de la tienda sueca no tienen secretos para él porque si que los tienen. Los tienen para el, para ti, y para todos.

YO también dije «trae, que tu no sabes» y al final tampoco supe.

2: Los de IKEA venden barato, pero NO regalan. Si al terminar de construir tu estantería Sprügengar de 19’95 te sobran piezas, no es porque éstas vengan de repuesto. Repite la operación y no dejes de hacerlo hasta que no sobre ninguna pieza. No pongas nada frágil encima de las baldas hasta entonces.

Yo también caigo a menudo en los malentendidos (¿alguien lleva la cuenta de las veces que he escrito esta palabra?), aunque a veces mi estado de ánimo tenga la culpa. Como una vez que unos niños me dijeron «¿nos pasa la pelota señor?»

¿Señor? ¡Que sólo tengo 31 años! En fin, son niños, alguien va a tener que enseñarle a esos mocosos cómo tratar a la gente, pero no seré yo. Me tomé la ofensa con filosofía, y me fui sorprendentemente tranquilo después de colarles la pelota en un cuarto piso.

No quiero irme de vuestra pantalla sin recomendaros que no abuseis de la técnica de asentir sonrientes cuando no habeis entendido a alguien, con la esperanza que lo que no entendisteis no fuera una pregunta. Pues de ser así la sensación de ridículo es considerablemente mayor que preguntar «¿eh?» por segunda vez.

Tampoco abuseis de vuestros conocimientos de idiomas extrangeros:

Tal es mi nivel de inglés que acabo de pedir dos cervezas en un pub de Londres y ahora no sé cómo voy a meter a los dos osos en el avión.

                (Visto en Facebook)

OFF TOPIC

Una vez más o agradezco humildemente vuestro interés en mi Blog. Y me pongo en contacto con vosotros con una idea bajo el brazo.

Varios amigos me han recomendado temas sobre los que hablar. Cosa que agradezco por partida doble. A parte de por lo obvio, porque con ello me muestra su interés en mis pedradas.

Dichos consejos me han llevado a pensar que sería una buena idea brindaros la posibilidad de proponerme temas para nuevas entradas: si odias a tu jefe y quieres que haga un bestiario a ver si le encuentras a él en el catálogo (con eso no te vas a librar de el, pero conocer la enfermedad es el primer paso para tratarla), necesitas consolarte sabiendo que no eres el único al que sus vecinos despiertan o algún otro tema,  por favor no dejes de proponérselo al que suscribe comentando esta o cualquiera de las entradas 

Un abrazo

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CREENCIAS, RELIGIONES, Y OTRAS COSAS QUE ME TOCAN LOS…

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Hola a todos. La Semana Santa esta a punto de concluir un año más. Y ante tanto ambiente litúrgico-festivo, me he puesto a darle un par de vueltas a una serie de asuntos que atañen a la religión. Lo primero que quiero dejar claro es que esta entrada, aunque refleja mi opinión y actitud ante la religión, no pretende faltar al respeto a nadie.

No obstante, no me sentiré ofendido si lectores potenciales que se reconocen susceptibles de sentirse afectados por mis palabras y los hechos ficticios relatados por estas deciden seguir de largo.

Así pues vamos a ello. Y nada mejor para empezar que dedicar esta entrada a nuestro Salvador. Aquel que se sacrificó para salvar nuestras almas. Va por ti, Son Goku.

De todos es sabido que para Dios hay dos tipos de personas: las que están bautizadas y las que no. Esta es la diferencia más significativa entre entrar al cielo o al infierno. De ahí esa gente que se hace tatuajes con la cara de Jesucristo.

Puede parecer ésta una práctica de devoción, pero yo lo veo más bien como una cuestión práctica: si te tatúas la cara de Jesús en el cuerpo, cuando mueras y vayas a las puertas del cielo y San Pedro te corte el paso puedes decirle «perdona, pero yo ya estaba dentro, sólo he salido a fumar, aquí puedes ver el sello que me pusieron los porteros».

Hablando de morir: En diciembre celebramos que nace Jesús y en abril celebramos que le matan. ¿En qué quedamos? ¿Estamos a favor o en contra de este señor?

A lo que vamos: si sólo existen los bautizados y los no bautizados, ¿en que categoría entro yo, que soy un bautizado que se quiere desbautizar?

La razón de desbautizarme no es otra que mi descontento con Dios, más concretamente con la Iglesia, más concretamente con un cura, más concretamente con su…  bueno. Los detalles no son necesarios.

Y eso que yo en su momento quise arreglarlo por vía pacífica. Esta intención me llevo a misa el domingo pasado. Ceremonia que oficiaba el citado sacerdote

Esperé a que el chamán de la tribu ordenase que nos diésemos la paz (darse la paz es el recreo de las misas), me acerque a él, e invadido por el ambiente litúrgico y por el aroma a incienso, pregunté: «Padre: Por qué vuestra costumbre de poner la mano en mí, habiendo como habían tantos sitios para descansar dicha mano yo pregunto»

Y el sacerdote, muy litúrgico también, me contestó: «Por que así lo contempla la palabra de Dios, hijo mío».

¿En serio? ¿ya está? ¿esa era toda la respuesta que tenía? ¿escudarse en el conducto reglamentario? Esa era la contestación que me dio hace años. Y yo la acepté y crecí con los valores de la religión. Pero cuando un vecino mío que es cura le puso clave a su WiFi empecé a replantearme la veracidad de esos valores y me di cuenta de que la Iglesia era una institución como otra cualquiera. Con sus jefes, sus manuales, sus sueldos y sus conductos reglamentarios.

Tú en una empresa no puedes saltarte el conducto reglamentario; así que el jefecillo te dice «esto es así, ordenes del jefazo» y ahí queda, porque tú no puedes ir a pedirle explicaciones al jefazo, y esta premisa ha sido siempre la estratagema que han seguido los jefecillos para hacer lo que les ha venido en gana: citar al de arriba.

La iglesia tiene métodos parecidos, y dada la antigüedad de ésta frente al resto de puestos de trabajo, yo diría que fue la pionera.

Y es que dicen que la Fe es ciega por que si tuviera ojos y viera lo que hemos hecho en su nombre no existiría.

Si nos hubiesen enseñado a creer en nosotros mismos en lugar de en un ser superior, nos hubiéramos ahorrado millones de muertes.

                         Visto en Twitter

«—¿Qué has aprendido en clase de religión, hijo?
—A pedir perdón después de liarla.
—Muy bien. ¿Y en clase de ética?
—A no liarla»

A mí personalmente me gusta oír las tonterías de la gente, de esta manera yo me siento un poquito menos tonto. Una vez alguien me dijo que J. R. Tolkien, autor de maravillosas obras como El Señor de los Anillos «es posiblemente el primer Friki de la historia, tio. ¿Has visto la cantidad de nombres que se ha inventado escribiendo El Silmarillion?» a lo que yo le respondí «me complace comprobar que no has leído la Biblia».

Una auténtica barbaridad el número de nombres que salen por página en el Libro Sagrado, y algunos un poco… molestos al paladar.

«Y tras el ayuno, subió Aharhel a la montaña, y allí dijo: qué hijos de puta mis padres por el nombre que me han puesto.
Y vio Dios que era cierto.»

  Testamento de Eufradesio 13/4

Aunque lo parezca, esta entrada no va contra los feligreses. No estoy en contra de ninguna religión. Pero me veo en la obligación de admitir que si que tengo mis reservas en cuanto a la gestión que los hombres, como individuo y como colectivo, tienden a hacer de esta.

¿soy el único que se pregunta por qué si la constitución define a España como un estado aconfesional, la Semana Santa supone un parón en todo el territorio español?

Pues claro que si. Vosotros sólo queréis la semana santa para iros de puente, en lugar de celebrar el día en que Son Goku se sacrificó por la salvación de la humanidad. Hablando de la Semana Santa: entre la ficcion, las cuerdas, la gente atada y los azotes, no se diferencia mucho de 50 Sombras de Grey ¿no?.

Algunos de vosotros sospechareis que estas son las palabras de un ignorante que se ampara en la libertad de expresión para echarse unas risas y de paso provocarlas a costa de una institución con valores tan hermosos como antiguos y me ofende, ME OFENDE, que esto sólo sea para vosotros una sospecha cuando salta a la vista que son mis únicas intenciones.

Así es, soy un ignorante en temas religiosos. Sin embargo no es algo que me quite el sueño tanto como ignorar dónde esta la llave de paso de agua de mi casa o el comprobante del seguro del coche, virtudes que también me atribuyo.

Como decía, las virtudes de las religiones me suponen un misterio, pues sólo se unos pocos detalles de algunas.

Para mí la religión es un patio de colegio en donde hay una mayoría que se mete con los demás (católicos). Algunos niños reciben golpes y todo tipo de vejaciones de las que nunca se defienden (budistas). Otros procuran huir por todo el patio, pero como éste no es infinito, a veces son alcanzados (judíos), y ni todo el dinero de sus padres pueden librarnos de la crueldad de la Mayoría. Otros se dedican a ir detrás de los demás e intentar convencerles de tonterías propias de su edad (testigos de Jehobá), los días de vacunaciones, casualmente «están malitos» y han de faltar a la escuela. Estos tienen una variante de intercambio (evangelistas), querubines extranjeros con uniforme de colegio privado que suponen motivo de burla para la Mayoría mencionada anteriormente. No hay que olvidar a los que se dedican tirar petardos (musulmanes).

Los sacerdotes de todas y cada una de las religiones no son más que los profesores de guardia en el patio. Que a su vez median  con sus diferencias (a ojos de sus feligreses) en el campo de batalla que es la sala de profesores, cuando en realidad se están repartiendo los artículos confiscados a los alumnos.

Como decía, no tengo nada contra ninguna religión. Ni siquiera contra la musulmana, que tanto ha dado que hablar últimamente por razones obvias, pues todas tienen valores a seguir.

El problema es cuando nuestra mano podrida abre la Biblia, el Corán, la Torá , el Necronomicón o la lectura dispositiva que se tercie para cada religión, y coge de ella lo que interesa, para dejar atrás lo que no.

Es ahí cuando se… ¿malinterpreta? ¿tergiversa? No, amigos míos. Malinterpretar, desde mi humilde (y repito: ignorante) punto de vista requiere unas buenas intenciones por parte del que comete el «error». Pero cuando las malas intenciones son innegables, notables y descaradas, tan sólo queda pensar mal.

No voy a entrar en moros y cristianos pues tendría que mirar en Wikipedia extenderme demasiado en esta entrada y yo creo que ya lo estoy haciendo. Simplemente tenemos que saber una cosa: ni todos somos Santos, ni todos Demonios.

No quisiera irme sin añadir que entiendo perfectamente que ciertas personas puedan sentirse incómodas leyendo estas líneas debido a que las mismas puedan ir en contra de sus convicciones. A ellas indicar, que lo que escribo lo escribo con la objetividad que da la subjetividad no limitada y que si tienen a bien comentarlo, estaré encantado de mantener un debate (desde mi ignorancia) con ellos. Pero que el único propósito de esta entrada es la misma que la del Blog entero: entretenerme, entretener y alejar los pensamientos asesinos de mi mente.

Sin más os dejo con este maravilloso video que glosa sobre las virtudes de las procesiones de Semana Santa

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El ODIO

Tengo el placer de dedicar esta entrada a los diseñadores a los que no conoce ni Dios que salen en las fotos en blanco y negro que decoran las paredes del IKEA pillados a media carcajada.

¿Te han dado un sablazo los de la compañía telefónica? ¿te has descubierto una cana más? ¿has discutido con tu pareja? Es igual. No importa el porqué, importa el estado en sí. Hoy no estás para tonterías, serías capaz de arrancarte un miembro sólo para tener algo que lanzarle a cualquiera que ose dirigirte sus  palabras.

¿O quizá no es un estado temporal? ¿Quizás sea simplemente lo que te define? Y si es así, ¿hay algo de malo en ello?

Yo personalmente me siento mejor sabiendo que odio a algunas personas. Claro, ahora saltará la gente que piensa que odiar esta muy mal, que el niño Jesús llora con estas cosas, etc…

«yo no odio a ese tío, es más si se estuviera ahogando y yo pasara con una lancha, yo hasta le saludaría»

Si bien puede haber quien no suela contemplarlo, me resulta imposible creer que pueda existir una persona incapaz de odiar. Y si este personaje existiera, albergo serías dudas respecto a que pueda hacer alguna aportación interesante a mi vida, salvo quizás ser el objetivo de mi odio.

Si, ya se lo que muchos pensais: envidio su felicidad. Puede ser, aunque desde mi punto de vista, los sentimientos que estos Ned Flanders de la vida me despiertan se inclinan más hacia la lástima. Pues no dejan de parecerme ignorantes de una ley de la vida: hay que odiar para avanzar en el terreno de lo personal, familiar, social y laboral.

Pero no os preocupéis, ya estoy aquí yo para sacar el odio que lleváis dentro. Y para ello sólo tengo que poneros en alguna situación que lo desentierre, cómo por ejemplo, elegir el nombre de un hijo.

Uno no se figura la cantidad de gente a la que odia hasta que tiene que ponerle nombre a su bebé.

«-¿Qué te parece Miguel?

-¿Como tu hermano? Lo que me faltaba, como si no fuera bastante creído ya…

-¿Y Carlos?

-Si hombre, con un vecino imbécil ya tengo, gracias.

-¿Y Moisés?

-¡Secuestró a los judíos! ¡Céntrate mujer!»

Desde luego no hay que escatimar en reparos a la hora de poner nombre a nuestro hijo. Sobre todo si una de las parejas tiene ideas un poco… peculiares.

«—Papá, ¿por qué siempre obecedes a mamá?

—Porque me dejó escoger tu nombre.

—¿Y valió la pena?

—Claro que sí, Goku.»

No cabe duda de que el odio ha sido uno de los conceptos que más ha marcado la historia. Muchísimos acontecimientos importantes quizá no hubieran tenido lugar de no ser por su existencia. Algo me dice que Hitler no siempre ganaba a la Oca.

Cabe discernir entre el odio innato y el odio adquirido. Este último generalmente fomentado por ciertos «agentes externos» que contribuyen a hacer nuestra existencia más agradable.

Gran ejemplo de ello son los vecinos, como la que vive encima mía; todas las mujeres del mundo están deseando llegar a casa para quitarse los zapatos de tacón, excepto ella.

«—Vecina, ¿tú crees que soy uno de esos vecinos raros?

—No sabría que decirte, espera a que salga de la ducha y lo hablamos»

Una vida difícil también ayuda a fomentar ese sentimiento tan profundo que es la ira hacia los demás.

«Hola. Tengo 5 años y vivo en África. No como ni bebo casi nunca. Pero las mejores cosas de la vida son gratis. ¿SE DICE ASÍ, HIJOS DE PUTA?»

Desde luego cualquiera es libre de odiar. Siempre que no vayamos más allá del propio sentimiento. Y eso que hay gente que parece que lo pide de rodillas. Como esas parejas que SIEMPRE necesitan hablar…

«—Tenemos que hablar…

—¿Otra vez? ¿pero tú cómo coño consigues quitarte el esparadrapo de la boca?»

Tu padre puede ser también un estupendo catalizador para tu odio. Sobre todo si es de esos padres que le restan importancia a todo lo que dices.

«—Padre, mañana parto a La Argentina a buscar a mi Mamá. Será un viaje largo y peligroso. Y no se si volveré con vida.

—Llévate al mono».

Ya terminando, aunque suene contradictorio, no creo que el odio sea malo. Si es verdad eso de que todo es relativo, con lo que no habría amor sin odio, sólo por eso este ya merece un sitio en el mundo. Además como ya hemos visto, el odio puede ser como la válvula de escape de una olla exprés, que marca la diferencia entre «he hecho un cocido en 25 minutos» y «pues no queda tan mal la pared pintada de potaje».

Seamos buenos los unos con los otros, pero no olvidemos el lado oscuro. Ya lo dijo el sabio.

Errar es humano, perdonar es divino, dar una hostia con la mano abierta es orgásmico.

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EL ABURRIMIENTO director’s cut

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Cuando era pequeño y me aburría -algo que sucedía bastante a menudo para una persona capaz de mirar un reloj hasta ver cómo se movía la aguja del minutero- acudía a mi padre, y éste por toda respuesta me decía: «una persona inteligente nunca se aburre».

Bien, a día de hoy, unos veinte años después, aún no he conseguido encontrar una forma más elegante de llamarme estúpido. 

Aunque la aparición del aburrimiento no esté datada, lo que no admite discusión es su importancia en los descubrimientos de la humanidad. Los griegos y romanos, por ejemplo, a los que se atribuye prácticamente todo lo inventado. Claro que antes que ellos estaban los fenicios y sumerios. Pero, ¿qué ha inventado esa gente? la escritura cuneiforme, bah…

Detengamonos un momento a pensar en por qué los primeros superaron a los segundos en cuanto a descubrimientos e invenciones. Muy fácil: los sumerios y fenicios no tenían esclavos.

Los romanos y griegos inventaron la política, el derecho, el Age Of Empires… Esas ideas no nacen trabajando. Eran gente ociosa, gente que no tenía nada mejor que hacer que imaginar y en definitiva, gente que se aburría como una mona.

Inciso: vaya por delante que no pretendo faltar al respeto cuestionando el sentido y cohesión de las frases hechas que nutren y enriquecen nuestro léxico, pero ya que estamos: ¿Alguien ha visto alguna vez a un mono aburrido? ¿Cómo puede aburrirse una especie que es capaz de masturbarse?

¡MAS-TUR-BAR-SE!

Recapacitemos, por el amor de Dios.

Ahora es el momento estelar en que tu cuñado, doctor en todología por la Universidad de su Cara Bonita, sentencia: «Los seres humanos, también pueden masturbarse y aún así se aburren»

A ver cuñao, no he terminado, bájate de la mesa y déjame matizar: los monos son capaces de masturbarse… en público.

Si nosotros pudiésemos emular esa costumbre, los teléfonos solo servirían para llamar y nadie conoceria el nombre de Steve Jobs. 

Posiblemente las esperas en la parada del bus no se harían tan largas.

«Este va muy lleno, me espero al siguiente. Este huele raro, me espero al siguiente. Este…»

Lamentablemente los protocolos de educación, moralidad e higiene actuales nos impiden taxativamente masturbarnos en la parada del bus, por lo que tenemos que echar manos de otros pasatiempos antes de llegar a casa y poder hacerlo.

Y es entonces, cuando hemos de buscar otra cosa que hacer,  cuando comienzan las maldades. Ser malo contra el aburrimiento es tan clásico que es casi un cliché. Sin ser demasiado díscolos, sanas acciones como llamar, insultar y colgar, escupir desde una ventana sin asomarse o descolgar el telefonillo y eructar a las personas que pasean por la calle son una de tantas estratagemas para alejar el hastío.

Tan antiguo como el propio aburrimiento es su lucha contra él.  No se sabe cuándo fue el primer momento en el que un hominido se aburrió. Pero queda patente que se aburrían, no hay más que ver las paredes de sus cuevas.

Con mayor o menor éxito, lalucha contra el aburrimiento es posiblemente las más antigua de la humanidad, y es que es muy fácil caer en las garras de este estado. Veamos unos pocos ejemplos en donde cualquiera puede caer en la monotonía y que atestiguan que nadie está exento de ella.

En casa: «Llevo quince minutos viendo a una mosca frotarse las patas. Es increíble con qué tonterías se entretienen las moscas.»

En el banco: el otro día, en una Caja de Canarias, estuve tanto tiempo esperando a que saliera mi número en la pantalla que cuando me atendieron ya era un Bankia.

En el transporte público: Cuando subo a un bus de distancia larga siempre juego a imaginarme los roles de la gente si fueramos los supervivientes de algo, como en la serie Perdidos, pero sin que en el guión hayan trabajado 300 guionistas distintos, cada uno con una idea distinta he incoherente, y luego se lo hubieran pasado al chico de los cafés para que lo revisase.

En clase: viajes a la papelera para afilar lápices que ya están más que afilados, «tengo que ir al servicio» cada veinte minutos, bostezar tantas veces que te acaba sabiendo la boca a cera, etc…

En la playa:

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En el trabajo:
«—¿Qué tal hoy en el trabajo?
—mira la batería del Iphone: 87% no te digo más…
—cariño, te están explotando»

De compras:
«—… siiiii cielo, me encanta ir de compras contigo, siiiii voy a por una talla más, nooo no te miento, esa falda no te hace gorda…  Oye, ¿tú crees que ese perchero aguantará mi peso y el de una soga?

En el médico: los egipcios inventaron la medicina. Y un médico muy bueno dijo «¿Y qué tal si les hacemos esperar?» y así nació la Seguridad Social.

Así pues, no caigamos nunca en la vanidad de pensar que somos demasiado inteligentes para aburrirnos. Pues nadie está exento de aburrirse. Y ello me alegra, teniendo en cuenta su inestimable aporte a la existencia de obras de arte como este Blog, donde en próximas entradas os hablaré de la humildad.

@cansinoroyal

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El BULLYING, QUE NUNCA PASA DE MODA

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La entrada de hoy no es precisamente para hacer reír. Bueno, un poco si. Hace poco me he enterado de que una pequeña personita de mi familia está sufriendo en el cole. Y a ella va dedicada esta entrada.

Quizás penséis que no es lugar para colgar esto. Pero era esto o Twitter y lo que quiero compartir no cabía en un tuit.

¿Conocéis a alguien que vaya diciendo que en el colegio le pegaban? Yo tampoco.

Encuentro fascinante la curiosa metamorfosis que sufre la gente cuando llega a la edad adulta. Muchos de nosotros hemos llorado en la cama sólo con pensar en tener que ir a la escuela al día siguiente, y no precisamente porque no quisiéramos estudiar.

Sin embargo a la hora de contar nuestras andanzas en el cole siempre situamos a nuestro pequeño Yo del lado de los malos o,  como mínimo, en un ficticio terreno neutral que,  a menos que fueras del sexo opuesto, aparecía y desaparecía como la isla de San Borondón (cuando los malotes encontraban a otr@ más gord@ que tú y te dejaban a un lado).

Por lo visto todos dábamos leña y ninguno la recibía. Quiza las víctimas simplemente no sobrevivieron a la pubertad, porque de otra manera tiene cabida que todos los que quedamos fuéramos discípulos de Nelson. ¿Qué cuerda vibra en el alma de una persona para querer, después de haber «madurado» que le relacionen con los que le hacían la vida imposible? ¿Qué clase de Síndrome de Estocolmo post partido es éste?

Todavía recuerdo cuando volvía a casa llorando y le contaba mis penas a mi madre. Y ella por toda respuesta me decía «ignóralos nené».

UNA LOCA

¿Cómo iba a ignorar a 30 hijos de puta energúmenos que me querían hacer la vida imposible durante 6 o 7 horas por día?

Incapaz de retener toda la sabiduría que desprendía mi madre en este tema me giré hacia mi padre y le conté los sucedido. Y mi padre actuó tal y como esperaba: «pues dales una patada en los huevos». Otro imbécil: ¿Cómo voy a pegarles a semejante número de condones rotos y marchaatrases?

«-Papa, en el cole me han dado una paliza

-lo importante es: ¿te vengaste?

-Pues claro, si no me vengo me matan».

Y es que es irrelevante el miedo que tu tengas. Para tus padres no son más que cosas de niños. Aunque los niños en cuestión necesiten dejar en casa un par de libros para hacer sitio en la mochila a la navaja de Curro Jiménez que esgrimen con la dulzura de su inocencia.

En fin, cuando me di cuenta que mi futuro estaba en manos de dos dementes, mi cabeza empezó a reflexionar. Como decía el gran Enrique Pinti, algo en mí cambió.

A mí en el colegio me pegaban siempre. Luego ya me apunte a Karate y después de entrenar duro y sin descanso conseguí que me pegaran en el colegio y en Karate.

Mi cambio no fue lo que se dice drástico. Pero al inicio de unas vacaciones de verano, mientras me dirigía a casa con las notas en la mano, las gafas rotas, y varios «amigos» pisándome los talones, me dije que algo tenía que hacer.

Así que ese mismo día me miré  al espejo y empecé a preguntarme cosas. Aquellas preguntas se repitieron durante varios días.

Por qué se ríen de mí

Qué les he hecho yo

Quién soy yo

Qué soy yo

¡QUÉ SOY!

Hasta que al décimo día me dije «¡ERES UN GORDO DE MIERDA!»

Supongo que cualquiera en semejante situación hubiera roto a llorar inconsolablemente ante esa verdad tan cruel. Pero pasó algo muy extraño: quizás ya había llorado lo suficientemente, quizás la calima reinante a principios de verano me había resecado los lagrimales. Pero no lloré. Es más, empecé a reirme.

Pero no sólo de mí (que tambien) sino de la situación, de la gente que abusa y ridiculiza, del resto de personas ridiculizadas y torturadas. Porque yo no era el único. Se ríen del gordo, si. Pero también lo hacen del enano, del que tiene un parche en el ojo, del que tiene brackets…

La gente teme lo que no entiende. Yo por ejemplo tengo miedo a las letras de las canciones de Shakira.

El ser humano (volviendo a la filosofía de Pinti), lo que es distinto no lo puede tolerar. Y por norma general lo que es diferente a la mayoría, o lo matamos o lo ponemos de payaso. Menos mal que a mi no me tocó lo primero.

Gracias a esta epifanía que me abordó en aquel cuarto de baño, mientras me terminaba el tercer bollicao (más bolli que cao, debo añadir) de la mañana. Empecé a verlo de otra manera. Y comencé  a trabajar en ello. Era eso o adelgazar, y con calima no se debe correr.

Cuando la persona objeto de burla deja de reflejar sufrimiento, el show pierde atractivo. ¿No os habéis fijado en que es más fácil que te pongan un apodo despectivo cuanto más lo repruebas y denuncias? Exacto.

El primer día de clase, pasado el verano, me planté delante de la pizarra, delante de los niños, delante del profesor. Por cierto este último olía ligeramente a café, quien dice ligeramente dice bastante y quién dice café dice coñac, pero ese es otro tema.

«Aquí está la montaña de grasa. -recité- No os preocupeis si no veis la pizarra que termino en seguida. Como decía, soy un gordo de mierda. Estoy más gordo que el año pasao. Me voy a tirar unos canelos que os voy a matar a todos. Y al que me llame gordo pienso darle un beso en la boca. Más que nada para premiar tanto poder de observación.

En otro orden de cosas, pienso traer en la mochila los calzoncillos del día anterior. Los cuales introduciré periódicamente en una de vuestras mochilas. No os preocupeis que habrá un cuadrante en la puerta pegado con cinta para que nadie se pelee por ello. Así, cuando hagáis los deberes por la tarde os acordareis de mí, tal y como vosotros os habéis encargado de hacer que yo os recuerde todas las tardes.

Si alguien quiere tocarme el culo mi pupitre es ese abollado de allí. Un puto héroe, diría yo, al igual que estos botones de mi camisa. No tenéis ni idea de lo que me cuesta no respirar para que no salgan disparados y os saquen un ojo.

Y se acabó, se acabaron las burlas, las persecuciones, los insultos, las tocadas de culo, los suspensos, bueno los suspensos siguieron. Pero lo demás se acabó.

@cansinoroyal

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ESPERAR

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Las cosas que valen la pena en la vida bien merecen ser deseadas y esperadas un tiempo prudencial que asegurará aún más su valoración una vez lleguen.

Cualquiera que lea el título y este primer párrafo pensará que en esta entrada vamos a tratar de esperar al más puro estilo película lacrimógena del tipo «esperar a que aparezca la pareja perfecta», pero no. Más bien pensaba viajar un poco en el futuro, unos meses, o años, con un poco de suerte, después de que hayas encontrado esa pareja perfecta.

Ese momento en el que ya formáis una naranja entera y llega, oh si, el momento de esperar.

¿Pero esperar a que? Pues a todo. Algo me dice que los smartphones no fueron inventados por ratas de laboratorio, frikis hasta la médula que renunciaron en su momento al contacto humano en pos de una vida digital.

En vista de lo mucho que ha servido mi smartphone para las largas esperas que mi Santa ha tenido a bien proporcionarme, yo diría que estos aparatos, o al menos su facultad para entretenernos con juegos y pasatiempos fueron sin duda descubrimiento atribuible a un pobre novio.

«Te dije que estaría lista en cinco minutos. ¡Deja de llamarme cada media hora!»

Analicemos esa maravillosa frase. Como ya dije en alguna de mis entradas, si hay una palabra que defina mi relación con mi novia, digo más, las del 99’9% de las parejas de hoy en día es «esperando».

Esperando a que quiera salir contigo.

No es necesario decir que aquí son ellas las que disponen, por mucho que tú propongas, no importa lo guapo que seas.

Esperando a que quiera ser tu pareja.

Una vez más, ellas disponen. Da igual si te quiere por tu personalidad, tu físico, tu dinero, etc. Ella es quien al final dice si.

Esperando a que se arregle.

Cuidado aquí, compañeros, me permito ahondar en este apartado ofreciendo un consejo: Nunca, jamás, bajo ningún concepto, metas prisa a tu media naranja mientras se arregla. Da igual que vuestra princesa dude más sobre qué ponerse que Windows sobre lo que queda para terminar de pasar el archivo al pendrive.

Sólo conseguirás herir de muerte el plan que tengáis pensado para esa noche: tu pareja, ante tus apremios, se dará la misma prisa que antes, ninguna, eso sí. A partir de ahora tu pasas a ostentar toda la culpa de que no haya salido todo lo guapa que deseaba, de que se haya olvidado algo y en general de que se le haya estropeado la noche.

Está escrito que la mujer es la que hace esperar al hombre en estos casos. Amiga, si es tu novio el que te hace esperar a que se arregle para salir, reconsidera la posibilidad de tener hijos con él. Sólo conseguirás hacerlo más difícil cuando, dentro de unos años, te confiese que es gay.

No penséis ni por asomo que la lista acaba aquí, la lista sigue con otras perlas como esperar a que salga del baño, esperar a que aparque (¿por qué las mujeres insisten en aparcar de morro en los parkings?), e incluso esperar a que termine de comer.

Nunca entenderé por que las mujeres comen tan lento, ¿o sólo le pasa a la mía? Tranquilos, no espero respuesta: se que algunos de vosotros leéis esto en compañía de vuestras parejas.

Por descontado que estas esperas no se ven reflejadas en la ficción de las películas empalagosas que pueblan las carteleras. Películas que, de acuerdo a su contenido, deberían ser encasilladas en el género de Ciencia Ficción.

Claro que no son los único detalles que el cine se deja en el tintero:

¿Para cuándo esa película realista en la que el malo abre el portátil para activar las cabezas nucleares y tiene que esperar a que se actualice el Acrobat? 

Vaya por delante que yo quiero mucho a mi pareja. Así como que soy totalmente consciente que ella también tiene que esperar por mi a veces. Como cuando la pobre se baja del coche en la entrada del local y tiene que esperar a que yo de vueltas y vueltas para aparcar y luego andar bajo la lluvia.

Probrecita.

Además, todos sabemos lo que pasa cuando nuestra novia nos llama y no contestamos… antes del tercer tono:

«-¿por qué has tardado tanto en cogerlo?

-estoy paseando al perro y no oía el móvil, hay mucho ruido en la calle y…

-¿seguro?

-¿qué pasa? ¿no confías en mí?

– ¡claro que sí tontito! que se ponga el perro…»

Y ahora es cuando hago las paces con vosotras, diciendo que con vuestros más y vuestros menos no podríamos vivir sin vosotras etc..

Bien aquí va:

@cansinoroyal

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