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LA TOLERANCIA

«—¿112 emergencias?
—Tengo una bomba ¿Qúe hago?
—Ok. ¿De qué color son los cables?
—Uno azul cobalto claro y el otro rojo carmesí.
—Vas a morir, maricón.»

La tolerancia no es algo que se tenga o no se tenga. La tolerancia es algo que se adquiere (o no) a medida que nuestra personalidad va madurando (o no). Ciertas vivencias son esenciales en la gestión de nuestro nivel de tolerancia en todos los campos que hemos de abarcar.

A lo largo de la historia, la humanidad ha tenido picos altos y bajos respecto a su nivel de tolerancia. No hace falta ser historiador para saber de que momentos de auge de intolerancia estamos hablando, por lo que los vamos a obviar, para simplemente dedicarnos a la tolerancia en la actualidad.

Curiosamente, Hoy en día los niveles de tolerancia están más altos que nunca. Ser tolerante se considera ser moderno y por ende no serlo se considera estar anticuado, ser retrógrado, corto de miras, del PP, etc. Aquí es donde conviene hacer un alto y reflexionar sobre las implicaciones de etiquetar de antiguos los modelos de pensamiento como el del tema que nos ocupa.

Si ser intolerante está anticuado ¿Qué pasará cuando los Hipsters se aburran de las máquinas de escribir y los tocadiscos y expandan sus miras a la caza de algo antiguo que esgrimir en su lucha por…  por lo que sea que pretendan estos señores?

¿Qué pasará cuando aquellos pensamientos retrógrados que llenaron a la humanidad de vergüenza renazcan en forma de tendencia?

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¿Deberíamos entonces acabar con los Hipsters para evitar un nuevo alzamiento de la intolerancia? ¿No me vuelve a mi intolerante pensar en esta medida? ¿Se me está yendo la pelota con el tema? La respuesta a casi todo, o al menos a lo último, es si. Así que mejor sigamos.

Los hay que toleran hasta las picaduras de insectos con altivez y paciencia y los hay a los que les gustaría un libre albedrío un poco más controlado. Sea como fuere, todos se declaran tolerantes. Y se atribuyen el mérito de serlo más que el otro.

“—Soy muy tolerante
—¡Yo más!
—¡Yo mucho más!
—¡Tu no tienes ni puta idea de tolerancia hijoputa!
—¡Tu madre, cabrón, te mato!“

… y así.

Eso sí, por muy abiertos de miras que nos consideremos, todos tenemos un límite. Como por ejemplo el de la homosexualidad. Y que conste que lo digo para que conste: yo no soy homófobo, de hecho tengo amigos que son presentadores de Telecinco. Pero hay gente que se muestra un tanto incómoda con el tema.

Por un lado, esta gente no puede evitar sentir cierto mal estar causado por su rechazo hacia la homosexualidad. Pero por otro, su afán por querer disimular su reprobación le lleva inexorablemente a la sobrecomoensación, y esta a su vez a la tangente por antonomasia: los amigos gays.

Preguntarle a una persona su postura a cerca de la homosexualidad es como darle un paquete de Donetes; le salen amigos gays por todas partes.

Pensándolo bien, la homosexualidad es antinatural, como demuestra el hecho de que no hay ningún animal homosexual. Lo que si que hacen mucho los animales es ir a misa… ¿no?

Aunque este tema daría para una conferencia, ya no es tan interesante. Y es que ser homófobo ya no se lleva; no es tendencia. Hay otras posturas intolerantes más acordes con los tiempos que corren. Más mainstream. Como,  por ejemplo, ser antidieta. Si, es exactamente lo que parece.

Yo me declaro orgulloso militante del movimiento antidieta. Claro que no es la dieta en sí misma lo que me produce rechazo. Sino la gente que la sigue. Tener un allegado que afirma estar a régimen es como tener uno que dice que ha dejado de fumar, cuando en realidad solo ha dejado de comprar tabaco.

«—¿Tienes un cigarro?
—Si. Gracias por preocuparte.»

En este caso tenemos a un señor que se ha propuesto pasar más hambre que el primero que descubrió que los caracoles se podían comer por diversas razones. Interactuar con estos individuos puede llegar a ser incluso peligroso. Se empieza por «oye, ¿vas a comerte esa mancha de ketchup de tu camisa?» y se acaba con:

«Día 4 de la dieta:
Mis congéneres empiezan a encajar en categorias como «alimento» y «presa»

Así que ya sabeis, no os riais del amigo gordito porque que pide una Coca-Cola Light cuando vayais a comer por ahi; podríais ser su postre.

Ya que estamos en un restaurante, otra cosa que me produce intolerancia es la lactosa esta moda de pelar las gambas con cuchillo y tenedor. La última vez que lo intenté se la comió el de la mesa de al lado.

Tampoco tolero a la gente que se despierta de mal humor. Esa gente que pueden ser pedazos de pan durante el día. Pero sus despertares son… complicados.

«—Toda la noche conduciendo sin dormir, ha merecido la pena por ver esa carita.
—¿Traes churros?
—Eh… no. Es que…
—Ve a por churros.»

Hay que entenderles, pues ellos no tienen la culpa de ser como son. Por eso yo, en mi infinita tolerancia, intento no hacer mucho ruido por las mañanas mientras dejo caer la mesita de noche sobre su cara (buscando clavar esquina). Por cierto, y a colación de esto último. Tampoco tolero la violencia.

«¿Ya estas otra vez jugando al Call of Duty? Desde luego, así estáis de asalvajados todo el día viendo violencia y muerte y… ¡Anda, son las cinco! Quita la consola niño que empiezan los toros.»

Ah… Los toros. Todavía me sigo riendo cada vez que alguien dice «si no existiera el toreo, los toros se extinguirían». Ya sabéis, esa gente que se expresa de una forma tan locuaz que su lógica no admite recurso alguno.

Habla más alto, que todavía no tienes razón.

Cuando oigo a esta panda gente, no puedo evitar imaginarme a Dios dirigiéndose a los dinosaurios.

pequeños animales…

(porque Dios tendría la voz así como profunda)

hermosos y majestuosos como os he creado, vuestro tiempo en la tierra ha expirado. De modo que despedíos de la vida, porque voy a dejar de torearos»

Tampoco soporto a la gente que hace preguntas tontas.

«EN LA OFICINA DE TURISMO:
—Hola, ¿Me da un mapa?
—¿De aquí?
—No, de Narnia. Con los armarios indicados por favor.»

(Tampoco tolero a la gente que responde irónicamente)

La verdad es que, releído este texto y a pocos minutos de publicarlo, me doy cuenta de que no soy tan tolerante como creía. Claro que en este mundo nadie lo es.

Pedir tolerancia es pedir demasiado en un mundo en donde ponemos sabores de todo tipo a lubricantes y preservativos mientras que las galletas integrales siguen sabiendo a corcho.

Cualquiera puede pensar que mi problema es que no tengo muchas ocasiones de usar este tipo de productos eroticos y por eso no soy capaz de entenderlo. ¿Y a vosotros que os importa mi vida sexual? ¿Qué os importa que cada vez que compro preservativos el farmacéutico me advierta de que caducan en cinco años? Mira que os dejo de tolerar ¿eh?

Me declaro también intolerante a los niños malcriados. Cuando veo a un niño tirado en el suelo de unos grandes almacenes en medio de una rabieta que se asemeja más a una posesión demoníaca, porque su madre no le ha comprado lo que quería,  me invade una gran sensación de desconcierto que solo se me pasa cuando palpo el preservativo de mi cartera.

Pero si hay algo que me cause aún más reprobación que el niño en cuestión es la sorprendente habilidad que tienen sus padres para ignorar su perreta completamente. Yo cuando veo este alarde de auto control me gusta transmitirles mi admiración en el mismo tono que ellos usan.

«¡Oh! Señora mía ¡Vaya pulmones tiene su hijo! Y usted, ¡Qué gran educadora debe de ser al no permitir que su retoño haga mella alguna en su carácter con semejante comportamiento! No obstante, y todo ello en virtud de la ciencia, ¿me permite comprobar cuántos raquetazos de canto soporta la cabeza de su querubín?»

En fin… Vaya cafre estoy hecho. Empiezo una entrada alabando las virtudes de la tolerancia y aprovecho para dar rienda suelta a mis miserias. Os pido perdón. Pero ya que estoy, tampoco soporto a la gente que lee mis entradas y no lee también los increibles comentarios que me dejan los lectores. De verdad que sois los mejores. Un saludo.

OFF TOPIC

Hoy, según la app de WordPress, ya hace un año desde que alguien me convenció para empezar con esto de los blogs. Sinceramente, nunca pensé llevar miles de visitas en menos de un año ni muchísimo menos. Máxime cuando sólo llevaba unos meses y no pasaba de 5 o 6 personas de mi cercanía que «se pasaban a ratos» a leer mi sarta de tonterías.

Tampoco esperaba conocer a las maravillosas personas que he encontrado aquí, ya sea por medio de los comentarios o a raíz de la misma app, que posibilita el seguir y que me sigan otros blogueros (si alguien conoce alguna forma de que te sigan no-blogers le agradecería que me la dijera, pues muchos amigos intentan seguirme o suscribirse pero la pag no les da esa opción).

No es que sea muy dado a celebraciones de este tipo porque tampoco tienen gran importancia. Pero desde aquí daros las gracias como he hecho en otras ocasiones por la atención, el cariño y sobre todo por los comentarios que me habéis regalado desinteresadamente y que con tanta ilusión leo. Confío en seguir con esto mientras siga recibiendo vuestros ánimos. Un abrazo.

Eze

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UNA PRESENCIA EN MI HABITACIÓN

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Llegó el verano. Algo que habréis podido comprobar porque sales a la calle a fumar y el cigarro se te enciende sólo, y por las diecinueve veces que lo he anunciado en otras entradas. Soy plenamente consciente de que estoy un poco pesado con el asunto, pero es que esta época del año nos trae un amplio abanico de temas que abordar.

Y uno muy importante es aquel que glosa sobre esas nuevas amistades que aparecen con el calor. Y me refiero a algo más que surferos buenorros y chicas en bikini con las que ya estoy harto de tratar. En serio,  me agobian, todo el día detrás mía para que les unte aceite a esas partes del cuerpo a las que no se llegan y son tan delicadas. Todo el día «masajéame Eze, que nadie me masajea como tú». Creen que van a convencerme con halagos. Estos surferos…

¿Ya habéis terminado de tocaros? ¿seguimos? Gracias. Como decía, hay ciertas amistades nocturnas con las que tenemos que lidiar. Reconozcámoslo: hay noches en las que, más que acostarte, te rindes. Y te da exactamente igual lo que te pase con tal de cerrar los ojos y soñar. Pero ahí es donde entran estas amistades.

Estoy hablando de los vampiros mosquitos, esas oscuras clavelinas que aprovechan el verano, cuando los pijamas hibernan, para ir de esquina en esquina atacando a diestro y siniestro (según en que lado de la cama duermas) nuestra nívea e indefensa dermis.

Quería hablaros de este tema porque me da la gana siento la necesidad de compartir con vosotros mi dolor, o más bien mi picor: Lo que me picó anoche podría rescatar perfectamente a Gandalf de cualquier torre. Por cierto, siempre me quedó ese resquemor con Gandalf…

«—¡Gandalf, vienen los orcos!  ¡Llama a las Águilas!
—Nah… Ya si eso las llamo más tarde, cuando haya muerto la mitad de la gente.»

No exagero al asegurar que el que suscribe se ha visto obligado a lidiar con bichos grandes, pero grandes grandes. Y no me refiero a cuando estás en la discoteca y las copas unidas al implacable avance del amanecer te obligan a bajar el listón de forma considerable.

“—Disculpe, ¿dónde está la salida de esta discoteca?
—Allí, la rubia de la minifalda.
—Me refiero a la de emergencia.
—Ah, no te había entendido. Esa gorda de gafas.»

Me refiero a esos pterodáctilos de desconocida procedencia que aparecen como por arte de magia en la habitación. En serio, para que una bestia de semejantes dimensiones haya entrado en mi casa debería aparecer con el marco de mi ventana colgando de su cuello. Sin embargo han allanado mi morada al amparo del sigilo.

No quisiera parecer exagerado, pero una vez maté uno tan grande que el SEPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) se presentó en mi casa para pedirme la licencia de caza mayor. Yo intenté salirme por la tangente alegando que tal cacería no había tenido lugar, pero mi novia, con tal de llevarme la contraria, les enseño una foto que me sacó mientras lidiaba con el problema:

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Aún aportando este documento gráfico, cabe la posibilidad, por escasa que sea, de que alguno de vosotros esté leyendo esto y piense «qué exagerado». Quizás sea de esas personas a las que nuestros amigos voladores no pican. Todavía no se por qué ocurre este fenómeno. Por qué pican más a unas personas que a otras: mi novia se despierta como si nada y yo en cambio me despierto y los mosquitos me han dejado en la mesa de noche un zumo, un sándwich y una tarjeta de donante sellada.

Y es que al final los mosquitos no son tan mala gente. En mi habitación hay uno que me visita todas las noches. Tenemos tanta confianza que hasta nos hacemos selfies juntos y los colgamos en nuestras respectivas cuentas de Instagram. Pues sí, ¿qué pasa? ¿Qué no puedo tener un amigo imaginario al que acabe matando? Vosotros también lo haceis. Se llama Cristianismo.

A colación del tema de publicar fotos en el Instagram, si queréis ver dichas fotos debéis visitar el perfil del mosquito, pues yo he decidido convertir mi cuenta de Instagram en privada porque hay una gripe muy mala corriendo por ahí.

ESE DICHOSO ZUMBIDO

Este tema es posiblemente el que más me enerva de estas visitas inesperadas. Puede parecer un ruido involuntario como el que hace el motor de un coche o tus pasos al caminar. Pero yo no albergo la menor duda de que detrás de esa sonata insoportable hay mucha maldad, alevosía y orgullo.

Los susodichos son perfectamente capaces de picarte en la punta de la nariz. Y tú, aunque sepas que están por los alrededores, te percatarás del ataque cuando empiece el picor y no antes. Cuando el daño esté hecho y con un poco de suerte no nos haya pillado dormidos. Porque es entonces cuando nos rascamos sin cuartel y convertimos una picadura en una herida abierta y abrasiva.

Así son ellos. Auténticos ninjas alados. Pero no, antes de picarte se dan una ruta turística consistente en dar una vuelta o mil al rededor de tus oídos. Resultado: te pasas la noche escuchando más zumbidos que en una conversación de Messenger entre dos quinceañeros. Lo que me lleva a:

ARMAS CAZAVAMPIROS

Es esto último que postulo lo que me lleva a añadir que, posiblemente, esos aparatos eléctricos que emiten un zumbido que ahuyenta a los subversivos no los ahuyentan per sé. Sino que su zumbido se ve eclipsado por el del invento. Cosa que daña su amor propio sobremanera, siendo entonces obligados por su honor y su orguyo a irse con la música a otra parte, en busca de oídos más agradecidos.

La de inventos que han salido para librarnos de los mosquitos. Yo cuando estoy en la terraza por las noches, asistiendo a la matanza de bichos en mi lámpara con rejilla eléctrificada habilitada a tal efecto, me imagino a los pobres insectos acercándose a su final dicendo «conmigo será distinta, a mi me quiere».

Otra cosa que nunca entenderé es lo inteligentes que son: están toda la noche zumbandote en la oreja y picándote. Entonces vas tú y das la luz (como si pensaras en serio que los vas a ver) y ¿Qué hacen ellos? Se están quietos como un Runner cuando empieza a llover. Curiosamente, al quedarse quietos, son imposibles de ver. Uno empieza a dar vueltas por la habitación mirando al techo y sintiéndose como un maldito T Rex.

La batida arroja resultado negativo. Pero ya estas despierto, así que toca the next level, el arma secreta, el def con 4:

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Cuando optamos por esta medida extrema tenemos que tener presente que hemos de dormir en la misma habitación que estamos fumigando y, más importante todavía, que hemos de despertar a la mañana siguiente. El efecto nocivo de abusar de los químicos es conocido por todos:

«-Jack, narcóticos. ¿Qué tenemos?

-Los traficantes han escapado y no sabemos qué ha sido de la droga, señor dragón.»

Yo por mi parte soy muy parco en el uso de estos aerosoles. Creo que es mucho más efectivo usarlo con mesura, y una vez alcanzado el objetivo, abrir la ventana y dejarlo libre gritando:

¡Y cuéntale a los demás como las gastamos aquí!

Así pues, si esta noche oís un zumbido, experimentais picores. Podría deberse que no os habéis duchado nuestros amigos de la nocturnidad y alevosía han honrado nuestra casa con su presencia.

«Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero o entras o sales, que se escapa el gato hostia»

Sin más me despido de vosotros amigos y amigas. Y, como dicen los mosquitos: «Ya sabéis niños, ninguna sístole sin su diástole. ¡No vayamos a tener un disgusto!»

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Mi CUMPLEAÑOS

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Pues si, hace poco fue mi cumpleaños. 32 primaveras. 32 veranos, 32 otoños, 32…

Que gay…

Y que conste que no soy homófobo ¿eh? De hecho tengo varios amigos que conducen un Smart.

No obra entre mis intenciones que esta sea una disertación sobre la edad, ni decir cosas como que madurar es mirar a la luna y aceptar que no vas a ver el símbolo de Batman, ni ninguna tontería de esas. Más que nada porque ya lo he hecho en otras entradas anteriores.

«—Madurar es levantarte a las cinco y media.
—Será madrugar…
—Eso, eso. Madrugar.
—Tacostarte anda.
—Voy… »

No, amigos y amigas, voy a pediros que os olvidéis, que nos olvidemos un momento del tema de la edad. Y que nos centremos en lo verdaderamente importante de cumplir años: la experiencia los regalos.

Cuando organizo mi fiesta de cumpleaños no caigo en la mezquindad de exigir a todos los asistentes que me traigan un regalo. Yo tengo clase: simplemente exijo que cuando vengan, llamen a la puerta con los pies (pues las manos deben estar ocupadas).

Corriendo serio riesgo de parecer materialista, y por mucho que me gusten la inmensa mayoría de los regalos que he recibido en mi vida. Me hallo en el deber admitir que siento que hay gente para la que la palabra «regalo» tiene un significado demasiado amplio.

Hay una cuestión que me tiene cabalgando en la melancolía desde el primer momento en que comprendí que la gente también tiene sentimientos (más o menos cuando cumplí los treinta y uno) y es cuánto tiempo es el mínimo indispensable que debes esperar para pedir el ticket de un regalo

Porque el tiempo máximo ya lo sabemos; las tiendas, en su infinita amabilidad, ya se han encargado de ello al poner en las facturas la fecha límite. Dicho esto, ¿sería mucho pedir que en el mismo ticket figurase un tiempo mínimo estimado para ser requerido por el agraciado en orden de realizar cambios? No albergo la menor duda de que sería un aporte esencial para conservar nuestras amistades, mantener limpias nuestras conciencias, y de paso cambiar esa mierda.

Esta es una de las dos cosas que me mantienen despierto por las noches. La otra es un pedazo de mosquito que a mi juicio debe tener hasta piloto. En serio. Sólo le falta llamar a torre de control y pedir permiso para tomar piel.

No está entre mis pretensiones el que la gente que me regala aprenda telepaticamente mis gustos. Que saque mis preferencias de mi mente como un prestidigitador saca una moneda de mi oreja.

Mis gustos e inquietudes no son de obligado conocimiento al igual que no tenéis por qué saber que el hecho de que mi estado de WhatsApp figure como «en linea»  no significa necesariamente que esté hablando con alguien. Es posible que simplemente lo haya abierto para pensar como hago con la puerta de la nevera.

Para leerme el pensamiento ya está mi novia.

«Las mujeres sabemos en todo momento lo que estáis pensando. Qué vuestros pensamientos coincidan con lo que nosotras sabemos o no, ya es problema vuestro»

Con esto quiero decir que es perfectamente comprensible que no tengáis ni la menor idea de mis tendencias en ámbitos como la ropa, el ocio, etc. Pero ello no impide que algunas personas estén más que convencidas de que saben perfectamente lo que necesito hasta el punto de no molestarse en conservar el ticket.

Como mi madre, que debe de pensar que la ropa interior sólo la utilizo una vez. Pues de otra manera no entiendo a qué viene la manía de regalarme siempre calzoncillos.

Es posible que esa manía venga también por el pánico atroz que una madre siente desde que se estrena como tal a que su hijo tenga un accidente que requiera atención médica y (aquí viene lo terrorífico) los de urgencias no vean su ropa interior impoluta.

*pausa con música de terror, fundido en negro y seguimos*

Cabe destacar aquí el gran corazón de las madres que piensan en la situación del pobre médico que atiende a su retoño. A su hijo igual ya dan por perdido pero, ¿y ese pobre hombre que ha estudiado una carrera para que ahora vengas tú y le presentes un frenazo en la carretera, una mancha de nicotina, un punto cardinal? En fin, alcanzado el cupo de chascarrillos escatológicos de hoy, la única conclusión posible es que nuestra ropa interior es la tarjeta de visita de nuestras madres. Y abordadas estas, tenemos a los padres.

Los padres no compran nada para el bebé hasta que este alcanza cierta edad. En lugar de ello tan sólo aportan el capital necesario para que la madre haga esos haberes. Si les preguntan, dicen estar deseando que su hijo crezca lo suficiente para poder regalarle un artículo del que ellos sepan (fútbol, bicicletas, videojuegos), aunque en realidad lo que quieren es poder regalarle algo que ellos también puedan usar.  El denominado autoregalo en diferido. Es por esta razón que hoy en día hay niños de 6 años que tienen un Ipad.

«—Manolo, le has regalado un Ipad al niño y solo lo ha usado tres veces. El resto lo usas tú…
—¿Como cuando tú me dices que el niño quiere un paquete de galletas, se come 3 y tú te comes el resto?
—Em…  No me cambies de tema.»

Hay regalos que se regalan, porque no se sabe que regalar, como los juegos de sábanas; otros que se regalan porque «es lo típico», como el compás en la primera comunión. Y otros…

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Hay regalos que tienen la mejor intención  del mundo pero no hacen otra cosa que convertir este en un lugar peor para vivir. Amigos (si, les hablo solo a los varones): Nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en una que implique un arma de fuego apuntando a vuestra cabeza. Compréis ropa a vuestra pareja.

«Los bombones engordan, las flores se secan, la ropa encoge y las mascotas se mueren. No seáis idiotas y regalad zapatos»

Se que sois inteligentes. Pero no tanto; después de todo estáis leyendo este blog¿no? Así que vamos a repetirlo. Por quedarnos tranquilos nada más.

NUNCA, JAMAS, BAJO NINGÚN CONCEPTO, COMPREIS ROPA A VUESTRA PAREJA

Bien, ¿por qué digo esto? Yo se que hay gente que ya lo sabe. Pero, una vez más, por quedarnos tranquilos. Permitidme que me explique.

¿Recuerdas esas veces que vas con tu pareja de compras y ésta saca la cabeza entre las cortinas del probador para preguntarte qué tal le queda tal o cual pieza de ropa antes de que a ti te de tiempo a escabullirte? ¿Recuerdas aquella vez que la niña de tus ojos parecía una butifarra con aquella falda de tubo? ¿Recuerdas que ella vio en tu mirada toda la verdad que necesitaba? Pues imagina que pasa esto. Pero en este caso el causante es una pieza que TU has comprado.

«Me parece fuertisimo que no te sepas mi talla, ya veo lo que te fijas en mi y… » a partir de ahí todo lo que ya sabéis. Próximo episodio en tu casa.

En fin, dicho todo esto, me tengo que ir a duchar. Pero no por que lo diga yo, sino porque lo dice un juez. Sin embargo, dejadme que os de un último consejo en voz alta.

El secreto de evitar regalos equivocados es evitar invitar a la gente equivocada

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EL HIPSTER ENCUBIERTO

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Lo primero es lo primero: si algún ciego lee esto, que sepa que está curado. Dicho esto, comencemos.

El otro día fui a tomar café a un Starbucks (qué diablos, ya terminaré  de pagar el coche otro año). En enclaves como este corres ciertos riesgos que no corres en un bar normal. Como quedar atrapado en la barba de un Hipster o que se te caiga su máquina de escribir encima.

Se que acabáis de hacer una breve pausa para releer lo último y, agarrándoos desesperadamente a las crines de la cordura, habéis sacado la aventurada conclusión de que lo de la máquina de escribir es una broma de las mías.

Ojalá…

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Si hay algo seguro en la vida, es que los extremos nunca son buenos. Eso y el hecho de que los hombres no sabemos comprar compresas.

«—Puri, estoy en Mercadona. ¿Qué compresas querías?
—Ultra normales de noche sin alas. Pregunta a una dependienta.
—…
—Pero, no llores, Paco.»

El problema es que no paramos de darle patadas a los extremos, arrojándolos más allá de la línea de tiza anteriormente fijada y haciéndolos más y más extravagantes. Hay modas que tienen una cierta utilidad -por no decir excusa- pero señores, ¿en serio?

¿Qué puede escribir un Hipster en una máquina de escribir a parte de una lista sobre las estupideces que hacen en nombre de destacar de alguna manera?

Imagino que la de llevar una máquina de escribir a todos sitios esta tachada ya. Quizá es para no olvidarse de comprar algo…

«—Toda la noche despierto vale la pena si al llegar a casa veo esa carita tan linda que…
—¿Traes churros?
—Em… No…
—Ve a por churros.»

Hay que tener serio cuidado con lo vintage. Uno cree que es una tendencia inofensiva, pero puede ser un vórtice temporal de lo más peligroso. El otro día me até un jersey alrededor de la cintura y subitamente me llegó una llamada perdida de 1996. Son estos los aspectos de esta tendencia que me mantienen obnuvilado.

Como ya sabéis, cuando se me mete algo en esta almendra que tengo por cabeza no me lo saco hasta que no lo concluyo. Es lo que tiene la perseverancia.

«—¿Su mayor virtud?
—Soy perveserant… perv… pers… perserev… per… perse…
—Ya, le he entendido
—Perve…Perese… pers… pe…»

Así pues, me he propuesto infiltrarme en el mundo hipster como un agente encubierto que se hace pasar por el acólito de alguna secta demoníaca con el fin de investigarla desde dentro.

«—Y Cthulhu el innombrable emergió de aquel océano de pestilencia…
—Paco, deja a mi madre cagar en paz!
—Y sus acólitos le custodiaban…»

Para llevar a cabo con éxito la misión que me había autoencomendado necesitaba contemplar primero una serie de detalles de vital importancia que supondrían a buen seguro la diferencia entre la vida y la muerte. Para el que ose seguir mis pasos, le recomiendo encarecidamente que eche un vistazo a una de mis entradas, en concreto LOS HIPSTER Y SU MODA PSEUDOVINTAGE que podéis leer pinchando en el título. Allí encontraréis una serie de pautas que os serán de gran ayuda en el camuflaje. Y eso que yo soy malo para el camuflaje. No me escondo para decirlo.

De acuerdo con dicha entrada uno de los aspectos que más define a un Hipster es la barba. Pero yo no tenía. ¿Cómo podría ingresar en la comunidad pseudovintage sin una hermosa mata de vello facial?

Pues ni idea. Así que hice lo que todo hijo de vecino debe hacer. Fui al registro civil a preguntar. Después de una breve espera de no más de una hora y media me acerqué al mostrador a explicar mi problema. La señorita me dijo sin levantar la vista ni una sola vez que no había tal problema.  Que siempre que cumplimentase por triplicado el modelo de escrito 143/C y me presentase con gafas de pasta, pajarita y unas Jordan del 86, podría inscribirme ya mismo como hipster, y que contaba con un plazo de 10 días hábiles para presentar mi barba o fofotocopia compulsada de la misma. Así mismo tendría que superar un examen tipo test cuyo tema principal era la BIBLIA HIPSTER (pincha aquí)

Me despedí pletórico de alegría y me dirigí a unos grandes almacenes dispuesto a adquirir los citados artículos. El problema era que no disponía del capital necesario para pagarlos  (recordemos que había ido a un Starbucks). En un arrebato de operatividad ante la visión del posible fracaso de mi aventura antes de su comienzo, me dispuse a conseguir mis tesoros fuera del amparo de la ley. Así que tuve que hacer uso de mis recién descubiertas habilidades de agente secreto y hurtarlos sin ser visto.

Al menos ese era plan. Pero las vicisitudes de la vida, ya sabéis. Alguien del personal, un tal STAFF, alertó al guardia de seguridad de la ausencia de una serie de objetos que componían mi botín. Ante este problema, el segurata tomó las diligencias pertinentes: se puso en la puerta del recinto y proclamó un sonoro «¿Quién se ha llevado una pajarita, unas gafas de pasta y unos mocasines?»

Aquella era sin duda una ocasión perfecta para poner a prueba mi temple como agente secreto. El guardia estaba dando palos de ciego. Su táctica se trataba de golpear el árbol hasta que cayese una pera y tan solo era cuestión de mantener el tipo.

El problema surgió cuando algo en mi subconsciente, por no decir mi conciencia, me hizo una jugarreta y no se me ocurrió otro comentario que: «¿Robar yo? Vamos hombre… ¡a mi que me rehipster

Así que ahí estaba yo, sin barba, sin artículos vintage y con la condición de persona non grata en Pull&bear recién adquirida. La misión parecía condenada al fracaso. La logística había fallado, el presupuesto militar había fallado.

Mi plan operativo no estaba preparado para estas carencias así que hice lo que cualquier guerrero curtido en la batalla. Rebusqué dinero entre los cajones de mis padres.

La búsqueda fue negativa en cuanto a calderilla, pero positiva en cuanto a otras cosas; mi padre ya ha llegado a esa edad en la que no se tira nada a la basura, sino que se guarda en los cajones. Dicha edad esta comprendida entre la de dejar de poner las manos por delante cuando te caes de bruces y la de contar la misma historia 189 veces.

Cuando tu padre tiene el síndrome de Diogenes la costumbre de guardarlo todo «porque nunca se sabe», se te presenta un abanico de posibilidades tan grande como el de elegir fondo de pantalla para el ordenador cuando eres soltero. Esta era una de esas cualidades que en un principio criticaba, pero por razones meramente de principios: me sorprendía e indignaba sobremanera que mi madre, obsesionada con la limpieza le permitiese ese tipo de licencias.

A ver, nada más lejos de mis intenciones el criticar a una madre, el único ser capaz de caminar sobre el suelo recién fregado sin que se note. Pero nunca entendí esa doble moral, esa hipocresía.

En un cajón de tu padre puedes encontrar, previa vacuna antitetánica, los objetos anteriormente mencionados, amen de otros más. Eso sí, no encontré unas playeras Nike Jordan del 86, aunque sí que habían unos cordones amarillo fluorescente que vinieron de regalo con un bote de detergente (valga la rima).

También encontré, entre otras cosas, tres candados, unas catorce llaves que no abrían ninguno de los candados, una botella con forma de virgen en la que se suponía que había agua bendita (la dejé donde estaba; por más que la busqué desde varios ángulos no encontré la fecha de caducidad) y una linterna de pila de petaca.

Una vez arreglados los papeles, adquiridos los items, y con la mirada fija tras mis Aviator de cristal marrón me dirigí al Starbucks más cercano, más tenso que un ñu bebiendo agua.

Si queréis conocer el desenlace de mi aventura estad atentos al segundo capítulo de EL HIPSTER ENCUBIERTO. Os dejo por ahora. Que me…  me………….. me voy a dormir (Dios…  Otro bostezo como este y me hago reversible).

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PSICOLOGIA PAREJIL

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¿Nunca os ha pasado que estáis en la cama y os despertais desorientados sin saber por qué lado está la pared? Pues escribo esto desde el suelo.

Está bien, está bien. No se ha tratado de una falta de orientación por mi parte. La razón por la que me han echado de la cama y he tenido que instalarme en el sofá es que hablar con mi pareja es como las piedras flotantes de Humor Amarillo: das un paso en falso y acabas hasta el cuello. Pero es que mi pareja es muy complicada…

«—Te lo tomas todo al pie de la letra.
—¡Las letras no tienen pies!»

La vida es un continuo cambio. El día a día es vertiginoso, oscilante, hoy estás aquí y mañana no sabes. La tecnología avanza de forma exponencial,  cada vez más rápido. El tiempo meteorológico parece haberse vuelto loco. Ya hace tiempo que el frío tenía que haberse retirado y por contra, este verano será al menos un grado y medio más caluroso de lo habitual. Todo cambia, amigos.

Pero  hay algo que no cambia. Algo de lo que podemos estar seguros al cien por cien, un madero al que sujetarnos en esta marejada de permutaciones, y ese algo es el hecho inmutable y eterno de que nunca entenderás a tu pareja.

Y eso que la cosa empezó bien: chico conoce a chica, chica lo manda a paseo al principio… y eso que en mi caso yo le entré de una manera caballerosa y cordial. Destacando su belleza y regalándole un hermoso cumplido.

«—Me encanta el piercing que tienes en el labio. Me recuerdas aún mero que pesqué una vez.
—Ya. Qué gracioso… ¿A qué te dedicas?
—Soy músico, como puedes ver. ¿Y tú?
—Modelo.
—Pues no eres muy guapa.
—Y eso es un puto ukelele.
—Touchez.»

Pero mis alabanzas no alcanzaron el objetivo perseguido. Mi diosa no cayó rendida a mis pies; estaba claro que era una mujer moderna,  muy por encima de las anticuadas costumbres del cortejo que integraban la estructura de mi plan de ataque. Probé entonces con algo más radical. Ya que no podía conquistarla por medio de lisonjas, pensé que quizás le gustaría que fuera más directo.

«—Tú y yo juntos, una chimenea, una alfombra y una botella de vino. ¿Qué te parece?

—poco vino»

Sin embargo eso no hizo más que generar aún más ganas de conquistarla. Porque los hombres somos así. Cuanto menos nos quieren, más queremos. Y cuanto más atención nos prestan, menos nos interesamos. Así somos los hombres.
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Sólo los hombres.
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¿verdad?

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Ah, el amor. Qué sería de las compañías telefónicas sin aquellas eternas e interminables despedidas de los enamorados adolescentes. Yo también las tuve:

“—Cuelga tú.
—No, cuel… (tono)“

Y es que los enamorados son como los borrachos; sólo te caen bien cuando estás como ellos. En fin, el caso es que mi noviazgo fue un idilio digno de la más empalagosa de las películas amorosas, solo hacía falta que uno de los dos fuera un vampiro cabezón para que Hollywood nos hubiera comprado los derechos.

«EDWARD: Percibo los pensamientos de la gente

BELLA: No me extraña con esa pedazo cabeza…

EDWARD:¿Qué?

BELLA: Emm… que quiero ser vampiresa.»

Como decía, todo era amor y cariño. Lo pasábamos tan bien juntos que no lo vimos llegar, y llegó…

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Llegó el día de la boda. Y con ella los problemas. Admito que yo tuve cierta parte de culpa en que la ceremonia no fuese lo bastante maravillosa. No quería conformarme con el tópico de que el día de la boda es en realidad «el día de la novia» y por ello puse todo de mi parte en la organización, la decoración, y el guión.

«—*PERO NADIE PUEDE CON EL PORTADOR DEL ANILLO…*

—En serio, Eze. Que hagas que tu sobrino de cinco años lleve los anillos lo aguanto, pero que hayas hecho al cura decir esa frase poniendo la voz grave mientras nos acercamos al altar no te lo perdono. *¡NO TE LO PERDONO!* »

Pensándolo bien, en vista de cómo fue la ceremonia (y mi vida) a partir de ahí, podía haber elegido otro momento para hacerme el gracioso. ¿Recordáis aquella frase de «que hable ahora o calle para siempre»? Pues mi mujer la entendió al revés. No ha parado de cascar desde que le puse el anillo, y no precisamente cosas bonitas. Y eso que es una frase que no da lugar a malentendidos…

«—Quien tenga algo que decir que hable ahora o calle para siempre.

—Eso ya lo he dicho yo, usted diga «sí, quiero».

—Ah. Perdón.

—…

—¡Decid algo, cabrones!»

Para no aburriros con mi boda, baste con decir que fue memorable. En cualquier caso, tuviera el desenlace que tuviera, no es más que una noche en una vida de sufrimiento pareja. ¿Quién podría estar enfadado con su cónyuge después de tanto tiempo?

Errar es humano, echarlo en cara diecisiete veces al día durante siete meses es humana.

Porque las mujeres no se equivocan. Mi mujer por ejemplo es capaz de distinguir si una chica lleva extensiones en el pelo a 200 metros de distancia, pero los stops y los ceda el paso se le siguen atragantando.

Cuidado, a ver si no se va a entender esto como yo quiero. Mi pareja no es ningún ogro, es una magnífica persona y yo,  a día de hoy, no se qué  hazaña habré hecho en esta vida o en la otra para que me haya elegido.

Porque amigos, no nos confundamos. Las mujeres son las que nos eligen. Y eligen con confianza y seguridad. No como cuando eligen qué ropa ponerse.

«—Cariño, ¿juego con un 4-4-2 o un 4-3-3 con el Madrid en el FIFA?
—Yo de eso no entiendo, Eze.
—Ni yo de qué falda combina con esa blusa, pero bien que me lo preguntas.»
—Vaya humos tienes hoy… ¿Has visto mis hormonas para lo del embarazo? Estaban junto a tus vitaminas para el running.
— Tú sabrás
— ¿Qué te pasa?
— ¡Nada!
— Eze… ¿Te has tomado mis pastillas?
— Preguntale a tu amiguita
—¡Eze!
—¿Me quieres?»

La verdad es que, rompiendo una lanza a favor de mi novia (yo rompo lanzas a su favor, ella me las parte en la cabeza) nosotros los hombres somos complicados. Bueno, no somos complicados, a decir verdad somos bastante simples. Nosotros no os entendemos a vosotras, y ello frustra a ambos. Vosotras, igual que sabéis perfectamente si la noche para la que os preparaid acabará en sexo o no antes de salir por la puerta, a nosotros nos entendéis perfectamente desde el principio, el problema es que no os gusta lo que entendéis.

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EL RECURRIDO Y GASTADO «QUÉ».

Cuando un hombre, en medio de una conversación importante con su pareja, pregunta en un momento dado «¿Qué?» a vosotras os puede parecer que lo dice porque no ha entendido lo último que le habéis dicho. Cuando en realidad os ha entendido perfectamente. Sólo pretende disponer de un pequeño lapso de tiempo para pensar una excusa mientras estáis repitiendo la pregunta.

La mujer también usa mucho este recurso. Pero su finalidad es bien distinta: cuando dice «¿Qué?» también ha entendido a la primera, pero esta dando, en su infinita magnanimidad, otra oportunidad a su pareja para que recomponga la frase y pueda salir del remolino de lava al que se dirige si sigue por ese camino.

«—Eze… No hay nada en la tele esta noche, ¿te parece que…  juguemos un poquito? Jijiji
—Claro nena…  Jijiji
*Beep*
—¿Acabas de encender la Playstation?
—… ¿Qué?»

Chicas, somos simples. Si os preguntamos si os pasa algo y nos decís que no. ¡Eso es exactamente lo que vamos a entender! No damos para más.

Y a vosotros, chicos: las flores mueren en dos días, los chocolates engordan y los peluches son aburridos. No seáis idiotas, regalad zapatos.

No es seguro, pero es posible que así os libreis del temido tenemos que hablar. Esa temible frase a la altura del ven aquí a ver qué hiciste aquí de tu madre es la última frase que querrías escuchar de tu pareja.

Curiosamente suele ser la penúltima que escuchas.

«—Tenemos que hablar.
—¿Y eso?
—Bueno, en realidad tú no hace falta que hables»

Así que ya sabéis amigos y amigas. Mantener una pareja es de ardua tarea de colaboración (ellos) comprensión (ellas)  y negociación (nadie). No quisiera despedirme sin dejar claro que mi amada pareja no es mala, yo soy el malo, un gandul, un egoísta y un desordenado. Y ella en cambio es muy buena conmigo y me comprende a pesar de todas las trastadas que hago. No la merezco pero ella es tan buena que algún día me cambiará y me hará ser todo un caballero, sensible a sus necesidades y anhelos. Porque todos los hombres somos unos cerdos.

Firmado:
Cristina

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FRIKADAS I: de mis andanzas por la Tierra Media

OFF TOPIC:
al leer otros blogs donde sus dueños hacen gala de magníficas dotes narrativas, en especial a la hora de contar cuentos, me picó la curiosidad de saber si yo también serviría para tan bonitos escritos. No me hizo falta pensar mucho para darme cuenta de que no.

No obstante. Se me ocurrió hacer algo parecido, a mi torcida y macabra manera, y de aquí sale esta frikada que vais a leer (aún estáis a tiempo de no hacerlo). En fin. No es a lo que os tengo acostumbrados,  pero aún así espero que os guste.

FRIKADAS I: Un paseo por La Tierra Media.

Así es amigos míos, al final ha pasado lo que todos nos temiamos: mi alto consumo de literatura fantástica y alcohol a partes iguales ha surtido el efecto menos deseado: después de un par (de pares) de cervezas de trigo bien frías mientras veía por fin el DVD de El Señor de los Anillos ocurrió algo muy extraño que voy a pasar a contaros.

Nada más empezar a ver la película se abrió en mi salón un vórtice dimensional. Aquello me sorprendió sobremanera, pues había puesto el DVD de la película y no el de las características especiales (comentarios del director, making of, vórtices dimensionales, etc.)

Al tocar aquella grieta luminosa suspendida en el aire, una luz cegadora me rodeó. Aquella luz era tan intensa que ni tapándome los ojos con las manos lograba deshacerme del doloroso deslumbramiento que sufría.

Cuando la luz cesó, tardé un tiempo en recuperar la vista. Pero lo que mis ojos descubrieron no era algo que se viese todos los días. Al menos no sin drogarse. Me encontraba en una especie de construcción en el que hermosos álamos de hojas doradas se alzaban a mi alrededor en una especie de jardín redondo coronado por grandes arcos con todo tipo de adornos exquisitamente tallados  que confluían en una inmensa cúpula desnuda.

Aquel enclave parecía hacer las veces de mirador. Al asomarme a la balaustrada del pórtico mis ojos fueron testigo de un auténtico regalo para la vista: Una majestuosa ciudad grisácea de delicados pórticos aún más grande que el que yo pisaba se extendía montaña abajo. No había una columna, escalera o edificación que no hubiera sido pulida hasta el más mínimo detalle.

Dado el mimo que los carpinteros habían puesto al tratar la madera de los arcos no me cabía duda de que el dichoso vórtice dimensional había dado con mis huesos en IKEA alguna ciudad épica de las que tanto he visto en las pausas de Antena3 los libros de fantasía medieval.

Tardé un tiempo en reaccionar, pues el viaje interdimensional me había dejado bastante desorientado. Todos los que hayais viajado entre dimensiones me entenderéis: mareos, indisposición, Jet lag, etc. Todavía me encontraba recobrando la compostura cuando creí oír unas risas que se acercaban. Me escondí detrás de uno de los álamos justo a tiempo de apreciar cómo entraban a la alameda dos jóvenes varones que no advirtieron mi presencia. Eran estos hermosos, de cuerpos delgados y estilizados. Enfundados en brillantes túnicas con increíbles bordados. Lucían también largas cabelleras rubias platino, de cabellos laceos tan brillantes como si desayunaran todos los días una taza de Timotei.

Sus hermosos rostros de facciones delicadas eran de una tez pálida como la luna. Detalle que me sorprendió bastante, teniendo en cuenta que aquella ciudad llena de terrazas, arcos y cúpulas desnudas, más que ciudad, parecía un inmenso solárium.

Sus andares eran gráciles y elegantes, lo cuál, sumado a su aspecto físico anteriormente descrito, me llevó a pensar que aquellos jóvenes habían venido a ocultarse entre los árboles buscando una zona tranquila y discreta donde practicar su amor homosexual.

¿encontrabame pues en una zona de cruising medieval?

Mi desconcierto (el causado por el viaje, no el que me acompaña desde mi nacimiento) empezó a disiparse, y comencé a ser una vez más dueño de mis actos, facultad que aproveché para deslizarme como pude entre los arboles en orden de pasar desapercibido y no importunar a la curiosa pareja en sus planes, fueran los que fueran.

Aquella ciudad se había concebido en la ladera de una montaña. Para ir a cualquier sitio había que subir o bajar las hermosas escaleras esculpidas en la piedra de la montaña, o bien sinuosas escaleras de madera pulida. Este detalle me hizo considerar que quizás el secreto de la larga longevidad de los elfos residía en que subían muchas escaleras como aconsejan en Saber Vivir y otros programas de salud de la televisión.

También me hizo pensar, esto ya a título personal, que con tanta magia que había por este mundo ya podían haber gastado un poco en la creación de un teleférico.

En uno de los balcones divisé a dos figuras, una vez más, ambos varones, pero al acercarme un poco más observé que uno de ellos, que presentaba los mismos rasgos delicados que los palomos individuos de la alameda, parecía tener la mirada perdida hacia el horizonte que coronaba las hermosas vistas que ofrecía el palco mientras sujetaba un arco con fuerza.

Su compañero, sin embargo parecía un hombre normal y corriente. Aunque con aspecto de haber acabado de salir del festival hippie de Woodstock.

Me acerqué a preguntar cómo podía volver a casa pero hicieron caso omiso de mi saludo. Al parecer se encontraban enfrascados en una extraña discusión:

«—Légolas. ¿Qué ven tus ojos de zorra?
—Aragorn, detecto cierta hostilidad en tus palabras desde que te rechacé.
—’Irigirn, diticti cirti histilidid in tis…’ vete a la mierda zorra, ¡vete a reírte de otro!»

«¿Legolas? ¿Aragorn?» Pensé.

¿De qué me sonaban aquellos nombres? En fin, tenía prisa y la pareja parecía estar ocupada. Así que allí dejé a aquellos cítricos amantes y proseguí mi viaje. Tenía que ponerme en marcha y encontrar ayuda si quería salir de este extraño sitio de adornos tan recargados.

Un par de escaleras más arriba me encontré con una pareja de lo que parecían ser dos pequeños hipsters bajitos y achaparrados, pero sin gafas ni pajarita. Al principio pensé que se trataba de dos hombres, lo que me hizo preguntarme por vez primera en dónde estaban las mujeres en esta ciudad, barajando también la posibilidad de que dicha ausencia tuviese algo que ver con la existencia de tanto maricón silencio.

En aquellas cavilaciones me hallaba cuando al acercarme comprobé que uno de aquellos minihipsters era una mujer, eso sí, con más pelo que un kiwi. Mis esfuerzos por comunicarme también cayeron en un principio en saco roto, pues los minihipsters iban con mucha prisa, tanta que me vi obligado a apartarme a un lado para que no chocasen en conmigo. Al menos esta vez no me ignoraron del todo. El kiwi volvió la cabeza con soberbia y me dijo que tenían prisa, pues un tal Elrond les había convocado a una reunión en una de las salas de arriba.

«¿Elrond?»

Haciendo de tripas corazón, seguí a aquellos enanos escaleras arriba. En honor a la verdad, he de admitir que no tardaron en dejarme atrás a pesar de mi pasado runner. Aún así seguí subiendo por cada escalera que encontraba. Si se dirigían a una reunión, sin duda habría alguien que pudiese ayudarme con mi problema.

Conforme me acercaba a la cima de la montaña, la aglomeración de gays querubines rubios de pelo liso aumentaba, lo que me animó a pensar que iba por buen camino. Cuando llegué  al final de las ornamentadas escaleras, la famosa reunión ya había comenzado. No me pareció buena idea ingresar en la misma sin ser llamado así que me decidí a quedarme tras una columna guardando respetuoso silencio.

Al parecer, un niño había encontrado un anillo de oro. Y los asistentes a la reunión no lograban ponerse de acuerdo sobre que hacer con la sortija. O quizás decidían un castigo para el chico, por haberla robado. No tenía manera de saberlo con seguridad, pues me encontraba a demasiada distancia. En cualquier caso los ánimos parecieron crisparse cuando un tal Boromir, Borromeo, Eddard Stark o algo así, aseveró algo a cerca de quedárselo para él.

Esta insinuación no fue del agrado de uno de los minihipsters (a la distancia a la que me encontraba no pude distinguir si se trataba del Kiwi o no). El barbudo bajito se levantó de la silla e intentó romper la joya a hachazos al más puro estilo Juicio del Rey Salomón. Ante la atónita mirada de todos, el Anillo no sólo resistió la acometida de su hacha, sino que originó que ésta se rompiese en pedazos.

Ante este extraño fenómeno, la reinona autoridad que presidía el concilio, el tal Elrond, que parecía un gitano elfo, habló unas palabras que no alcancé a escuchar con claridad. Pero en el contexto pudo haber dicho algo así como «creo que es mejor vender la alianza en un COMPRO ORO».

Justo en ese momento llegó un pensionista andrajoso con un gorro de bruja, sujetando un palo que no se había molestado ni en lijar. Levantose Elrond entonces para darle la bienvenida.

«—A buena hora y con sol, Gandalf…
— Un mago nunca llega tarde ni pronto. Llega justo cuando se lo propone.
—Pues ya hemos comido.
—Mierda.»

El viejo se sentó en una de las sillas y no dijo nada más. Se dedicó a hacer ruido con la boca como si masticase algo inexistente; una de esas costumbres que nos encantan de la tercera edad.

Aproveché que nadie le hacía caso para acercarme a hurtadillas por detrás de su asiento y pedirle ayuda.

«—¿Qué lugar es este, Gandalf?
—Tuvo un nombre, pero se desvaneció hace algún tiempo.
—No tienes ni puta idea, ¿verdad?
—Pero ni puta idea.
—Gracias Gandalf
—Corred insensatos»

De repente se abrió otro vórtice dimensional. Al mirarlo pude ver el salón de mi casa. Supuse que sólo tenía que pasar a través de él para volver a mi mundo y dejar atrás esta locura. Justo en el momento en el que lo cruzaba el niño habló por primera vez desde que yo había llegado a la reunión diciendo «Lo haré. Llevaré el Anillo a Mordor».

Ya de vuelta en mi salón, y notablemente aliviado, me volví y acerté a ver a través de los últimos coletazos de vida de la grieta dimensional por la que había cruzado, la última imagen borrosa de aquel mundo en la que algunos de los asistentes (el indigente, su pareja rubia y el minihipster) se pusieron en pie y anunciaron:

«—Puedes contar con mi espada. —y con mi arco.
—y con mi hacha.»

No alcancé a ver el desenlace de aquella conversación. La Grieta en la realidad se cerró, desapareciendo tan rápido como apareció en un principio.

Ahora, mientras escribo estas líneas, justo después de haber visto cómo se disipada aquel portal que me había llevado a semejante aventura, sentí algo de remordimiento por haber huído de aquel mundo tan apresuradamente y sin ni tan siquiera haber descubierto el desenlace de aquella reunión: nunca sabré si aquel niño habría logrado llevar el Anillo a su destino. Sin duda hubiera sido una hazaña difícil de realizar, y más con la dificultad añadida de hacerlo mientras cargaba con una espada, un arco y un hacha.

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MI BARRIO

De un tiempo a esta parte he pensado que quizás deberíais saber un poco más a cerca de mí. Al fin y al cabo, no estaría bien que os matara un desconocido. Y puesto que algún día cumpliré mi sueño de acabar con todo el mundo. Qué menos que dejar que sepáis algo del elemento de vuestra destrucción.

Vivo en un barrio lejano. Tan lejano que cada vez que vemos un taxi por el barrio nos invaden sentimientos encontrados, divididos entre la tristeza por el dinero que va a tener que gastar el pasajero y la sana y desinteresada alegría de saber que ese taxista puede irse a su casa por hoy, pues con semejante carrera ha cubierto con creces las ganancias del día.

Mi barrio es tan insignificante que a mi casa ya no llegan ni los Testigos de Jehová. Aunque puede que nuestra última conversación por telefonillo tenga algo que ver.

“—¿Si?

—¿Quiere conocer la palabra de Dios?

—Que se ponga él.

—…

Creo que los he descolocado“

En su defensa debo decir que no soy muy agradable al aparato. ¿Qué le voy a hacer? No me gusta que me molesten, por muy importante que sea el motivo.

«—Sí dígame?

—Houston we have a problem…

—¿Diga?¿Quién es?

—Houston, this is Apollo and…

—A ver, ¡¿Tú por quién preguntas!? No sereis de Jazztel, ¿no, cabrones?»

Mis vecinos no son mala gente. Pero al vivir tan lejos de la civilización se pierde esa «clase», ese saber estar… Vamos, que es imposible salir peinado a la calle sin que algún vecino te diga «¿a’ónde vas, Marqués?

Vivo en un segundo sin ascensor. Lo malo de vivir en un edificio sin ascensor es que se me hace difícil saber que tal es el tiempo que estamos teniendo. Y es que las charlas triviales de ascensor deberían ser el único contacto que tuviésemos con nuestros vecinos. Como si fueran la máxima ración diaria de cordialidad e interacción recomendada que relataba Edward Norton en El Club de la Lucha.

«—Disculpa vecino, en este ascensor huele fatal. ¿te has tirado un pedo?

—Has sido tú

—¿Yo? De eso nada

—¡¿Para qué preguntas pues?!»

Señores, reconozcámoslo. Tener vecinos esta muy sobrevalorado.

«No te acerques a él, es un ermitaño»

¿Qué podemos entender de esa frase? Bajo mi punto de vista hay dos opciones. La más típica, la que cualquiera en su sano juicio entendería:

No te acerques a él; al vivir sólo en el bosque, a penas tiene educación y puede resultar m desagradable o incluso peligroso.

Y la que mi experiencia con los vecinos me haría entender a mí:

No te acerques a él; al vivir lejos de ningún vecino esta muy poco acostumbrado a que vengan idiotas a molestarle y podría sufrir algún tipo de ataque o crisis nerviosa.

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La ley no escrita del Vecino’joputa (patente en trámite) es muy expeditiva, simple y fácil de entender:

No existe comunidad alguna en dónde no residan malos vecinos.

«—Torres más altas han caído.

—Se acabó, vecino. No vuelvo a jugar contigo al ajedrez en la azotea.

—Caballos más altos han c…

—¡QUE NO TIRES MÁS PIEZAS!»

Naturalmente, siempre hay gente que lo niega. Estos Ned Flanders del 2° B presumen de no tener un sólo mal vecino. Pues bien, amigo mío, si ese es tu caso me temo que te tengo malas noticias, TÚ eres el mal vecino. Lo que pasa es que el resto de la gente te tiene miedo, no quieren problemas contigo porque eres de esos que son capaces de despertar a su mascota sólo porque se aburren, y te prefieren feliz y tranquilo a enfadado y peligroso.

Por suerte, los malos vecinos son minoría. El resto somos muy nobles. Por ejemplo el que pone los apodos a todo el mundo en mi barrio se llama Jose Luis. Y nosotros ¿cómo le llamamos? Pues Jose Luis. Así de nobles somos. Somos tan nobles que cuando la policía hace una redada en el barrio y pone a todos los Latín Kings contra la pared, nosotros nos dedicamos a subirles los pantalones.

De todas maneras, a los que no son nobles se les ayuda a serlo. Yo, por ejemplo, si veo que un vecino no recoge las deposiciones de su perro, me apresto a sacar yo mismo una bolsita de plástico, y procedo a asfixiarle sin demora. ¿Qué le voy a hacer? Soy un buen ciudadano. Y eso que no siempre ha sido así. Pues he hecho daño a mucha gente y lo que peor me sabe de todo, es la coliflor.

Aunque buenas personas, algunos de mis vecinos son de lo más peculiares, como un vecino que trabaja en Microsoft. Ya va por el cuarto matrimonio. Las mujeres tienden a dejarle porque no desconecta de su a trabajo como programador de Windows.
«Cariño, espérame para comer que ya estoy llegando, me faltan 30 minutos… 2 horas… 30 segundos… 56 minutos… 2 dias, 25 minutos…  35…»

Aquí hay vecinos de todos los colores. Por ejemplo tengo uno calvo que todos usamos como punto de referencia (al lado del calvo, el que vive debajo del calvo…). También tengo otro que esta tan gordo que más que punto de referencia se ha convertido en punto cardinal.

Luego está, como no, el vecino que no para de pedir favores. Este señor va por la vida con la frase «el no ya lo tengo». Frase que acaba haciendo que no te coja el teléfono ni tu madre. Pero a él le va bien. Y le va bien porque tiene el increíble don de no caer en las indirectas hostiles que le lanzamos el resto de convecinos.

«—¿Me puede decir la contraseña del Wifi de su bar?

—Tómate un café por lo menos, cabrón.

—¿Todo junto o separado con guiones bajos?»

Así son mis vecinos y así es el sitio en donde vivo. Pero vamos, yo soy feliz con poco (tampoco he tenido la oportunidad de probar a serlo con mucho) y mientras cuente con un techo sobre mi cabeza, agua corriente, electricidad y 100 megas de Internet me apaño bastante bien.

En fin, No quisiera despedirme sin desearos  mucha suerte a todos los que estáis de exámenes. En especial a los que estáis leyendo esto en lugar de estudiar. Espero que no seáis de esos que no paran de subrayar el libro con su rotulador amarillo fosforescente y luego tienen que estudiar con gafas de sol.

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OPERACION BIKINI

Se acerca el verano. Se lo ha tomado con calma, pero se acerca. Hemos pasado más frío que robando pingüinos. Ha llegado a llamar a mi puerta un oso polar para pedirme un Frenadol. Pero ese tiempo ha pasado (por fin). Llega el calor (por fin). Y con él llega el acortamiento general de la ropa y el enseñar más, (¡por fin por fin por fin!… ¿por fin?) Así es, amigo/a. Ha llegado la hora de probar cosas nuevas en el sexo. Como por ejemplo, practicarlo. Y para ello hay que exhibir el género.

El problema es que esto trae consigo un dilema: ¿tienes el cuerpo adecuado para enseñarlo? ¿no hay cierta parte de ti que sobra? ¿no te parece demasiada coincidencia que el hecho de que te hayas sentado en el sofá coincida con la desaparición de un hijo tuyo?

» —¡Que pasa, culo gordo!

—…Me siento insultado.

—¡¡Pues será en cuatro sillas!!»

A nadie le gusta que la gente que le ha visto durante todo el invierno sin mediar palabra a cerca de cómo le quedaban las capas y capas de ropa que llevaba de repente lo vean en todo su esplendor y acierten a soltar comentarios del tipo «Cómo te has puesto macho. ¿Has tirado de la anilla del chaleco salvavidas o que?» o «Colega, un poco más y tendrías tu propio código postal».

Amigo/a, así no se conoce gente.

» —Hola, eres la dependienta más guapa que he visto en la vida. Te observo todos los días a través del escaparESTÁS PULSANDO LA ALARMA?!
—Sí.»

Yo me siento tan absolutamente  culpable por todo lo que he engullido desde antes de navidad que al pellizcarme la barriga creo notar la forma de un turrón que me comí en marzo. Lo sé, sé lo que estáis pensando: ¿Turrón en marzo? Pues si, porque mi madre no tira nada. Entre eso y las sobras de las cenas de Noche Buena y Noche Vieja todos los años tengo para comer sin cocinar hasta mediados de abril.

Pero eso se acabó. El calor ya aprieta y los días de playa están cada vez más cerca, así que por mucho dinero que hayamos gastado en cultivar esta curva de la felicidad, su aventura acaba aquí y ahora.

Bueno, quien dice Ahora, dice mejor el lunes.

El lunes, eso es. Está decidido, el lunes empiezo la dieta, empiezo a hacer ejercicio… y empiezo a poner excusas para empezar el próximo lunes. No sé si esta técnica de entrenamiento os suena de algo… ¿Por qué insistimos en empezar este tipo de cosas un lunes? ¿Acaso este día no está ya lo suficientemente vilipendiado por la sociedad?

Si el lunes tuviera cara, seguramente estaría rota.

Qué queréis que os diga: yo los lunes, hasta que no me tomo un café y son las cuatro de la tarde del viernes, no soy persona. Y es que para mi los cinco primeros días de la semana son los más complicados. Los lunes me siento tan débil que David el Gnomo es 14 veces más fuerte que yo. ¿Cómo voy a empezar otro sufrimiento más ese día?

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Pero yo se por qué lo hacen, yo se por qué dejan estas cosas para el lunes: porque el lunes,  amigos, es el septiembre de la semana. Es el que pasa lista, el que pide cuentas. Es…  Cómo decirlo: el lunes es el MSDOS de la semana. Porque el MSDOS  es la cara seria del WINDOWS, la que nadie quiere ver.

Tu estas muy a gusto bajándote porno musiquita con tu Windows y viendo tus videos porno en YouTube, y mientras tanto Windows te ofrece su cara amable: todo es colorcitos y animaciones. Pero de repente una de las páginas de dudosa reputación que frecuentas te cuela un virus; es entonces cuando MSDOS hace su aparición con su pantalla azul para darte las malas noticias.

En fin, por mucho que tardemos en decidir el día para empezar a cuidarse. Hay que hacerlo y hacerlo bien. Hay que se optimistas y perseverantes, no como mi novia, que ha dejado la Operación Bikini y se ha pasado a la Operación Pareo directamente.

“—Cariño, ¿a que se me nota el gimnasio?
—¿Te lo has comido?
—No.
—Pues entonces no.“

Como decía, hemos de empezar a comer menos. Pero claro. Ello tiene unos inconvenientes. Si comes pescado hervido, por ejemplo, es muy importante sentarte tres horas en el sofá y no mover ni una ceja a fin de conservar las 23 calorías.

Pero no sólo de pan vive el hombre, al menos no si quiere mostrar un cuerpo fuerte y portentoso. Y aquí es donde entran los pinchazos de hormonas de toro batidos de proteínas.

Un batido de proteínas sirve para tomarte un batido muy caro y decirle a la gente lo bueno que es. También sirve para tirarse pedos de colores.

En realidad no son de colores, pero como alcances a oler alguno te lo parecerán.

Creo que la gente que insiste en lo mucho que le sabe y le conviene su batido después de entrenar en realidad tratan de convencer, no tanto a los demás como a si mismos, de que ha sido una buena idea gastar 60 euros en caca (esta bien escrito, no quería decir cacao) en polvo con un sabor que algún imaginativo poeta, en alguna noche de tormento entre opiaceos, tuvo a bien llamar vainilla.

«La vida es como una caja de bombones. Para los gordos se acaba antes.»

EL CONCEPTO DE FOFISANO:

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Estas modas me superan. Según la cultura (¿cultura?) popular, un fofisano es una persona con kilos de más que, aunque es proclive a recolectar colesterol, aun le quedan un par de Big Macs para palmarla. Ello unido a la simpatía que los tópicos atribuyen a la gente con kilos de más les ha provisto de un aura de pseudoatracción para el sexo opuesto que nada tiene que ver con la gravedad que genera su generosa masa.

Y digo yo: ¿no es mucha coincidencia que este concepto haya surgido tan cerca del verano? ¿Se tratará de un oscuro complot dirigido por metes golosas? Quién sabe si en la última planta de algún rascacielos, en un despacho en donde cabe mi casa, y sentando a una mesa llena de comida en donde también cabe mi casa, no hay un fofisano enfundado en un traje carisimo, con la corbata manchada de grasa, que acaricia una pata de jamón ibérico en su regazo con sus rechonchos dedos llenos de anillos y dice a sus esbirros «comenzad la operación: mete un fofisano en tu cama

Lo que no es coincidencia es que la gente haya aprovechado esta moda pasajera para airear sus lorzas sin acritud. Yo respeto eso, siempre y cuando no demos un tetazo a nadie, claro. Recuerda que tú libertad empieza donde termina la del otro. Siempre que el otro no tenga petróleo, claro.

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CONDUCIR III los parkings

Acabo de salir andando de un parking y me han convalidado primero de Camino de Santiago. Y es por eso que, mientras andaba, me ha dado por escribir sobre los conductores dentro de los parkings y de sus virtudes, como lo habilidosos que son esquivando peatones distraídos con el móvil.

«El teléfono móvil es un peligro al volante. Por eso siempre conduzco yo.«

Los parking son del todo necesarios en nuestra sociedad. Ya en mi anterior entrada sobre conducir (que puedes leer pulsando AQUÍ) hablé de lo difícil que es encontrar aparcamiento. Así pues, veamos un par de ejemplos de los habitantes de un parking.

«Odio encontrar un buen aparcamiento y no tener el coche a mano»
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EL CONDUCTOR CULEBRILLA (Dhalsim)

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Son aquellos sobre todo aquellas que tienen cierta dificultad a la hora de acercar el coche a la barrera y dejarlo a una distancia cómoda para retirar o introducir la tarjeta. Y es que no eres consciente de la longitud de tu brazo hasta que tienes que entrar o salir de un parking.

Los hay que se ven obligados a abrir la puerta y quitarse el cinturón, los hay que ya tienen un palo para selfies acondicionado a tales efectos y luego están mis preferidos: que son esos héroes que no se amedrentan por la distancia, y lejos de abrir puertas y quitar cinturones, estiran el tren superior con un esfuerzo sobrehumano para llegar hasta la caja de registro mientras alguien les sujeta desde dentro del coche como si corriese peligro de caer al vacío. Algunos se han estirado tanto que han obtenido la convalidación de primero y segundo de la escuela  del Circo del Sol.

Quizá no se complicaría tanto la cosa de no ser por la manía  que tienen algunos y algunas insisto, sobretodo algunas de conducir tan pegados al volante.

La gente así no sólo me lleva a preguntarme cómo pueden conducir así, si no también cómo logran entrar y salir del coche. Me los imagino usando un calzador y mucha vaselina todas las mañanas.

YONKIES DE LA CELULOSA

Se trata de esos conductores que una vez retirado el ticket de aparcamiento, se lo ponen en la boca hasta aparcar completamente su vehículo. Esto es lo que hace la mayoría, pero se han dado casos de gente que olvida que la tiene ahí y luego los ves dando vueltas por en centro comercial con un trampolín para ratones en la cara.

ESCAPISTAS
Son personas, mayormente señores, porque las mujeres nunca tienen calor. Que saben perfectamente que van a entrar en un área (por ejemplo un centro comercial) en la que saben que va a hacer más calor que el que ellos traen de la calle. Pero la inteligencia solo les llega a pensar en ello y no en esperar a aparcar para quitarse el abrigo, así que lo hacen sobre la marcha con una serie de movimientos espasmódicos que requieren ciertos conocimientos de Yoga y Zumba, además de un cierto  multitasking, pues no olvidemos que también están buscando hueco. Todo ello aún con el cinturón de seguridad puesto.

Ver esta escena puede llegar a ser algo hermoso. Como ver a una mariposa salir de su capullo para desplegar las alas.

Como yo tampoco voy muy sobrado de inteligencia, también lo hago. Y una vez lo hice tan rápido que cuando termine me sorprendieron un par de golpes en la ventanilla; era Houdinni, quería ofrecerme trabajo de escapista.

Nada más lejos de mis intenciones el defender este tipo de negligencias al volante. Prácticas como ésta o la de tomar medicamentos conduciendo son muy peligrosas, sobretodo si se trata de supositorios.

BUSCADORES
No hace falta decir mucho más. Una persona (aquí si que no se salva ningún sexo) dando vueltas por el parking con la llave en uns mano y la tarjeta en la otra, ¿o quizá en la boca? Ocasionalmente llevan a una persona del sexo opuesto tras ellos, normalmente cargada de bolsas.  El nivel de fruncimiento de su ceño nos puede dar una aproximación del tiempo que llevan buscando su utilitario.

Él sabe que ha olvidado la ubicación de su coche, su pareja también lo sabe, nosotros también lo sabemos. Pero él aún tiene la adorable esperanza de que nadie se entere. Su pareja le pregunta a propósito del tema después de la segunda planta que recorren y él responde con orgullosos monosílabos al tiempo que oprime una y otra vez el botón de la llave rogando que su coche se apiade de él y salga de su escondite.

La tarjeta empieza a humedecerse en la comisura de los labios. Él la ha desterrado a esa esquina de su boca con la esperanza de que los nervios no vuelvan a hacer que la muerda, pues el papel comienza ya a presentar ciertos agujeros que nada tienen que ver con los del cajero del parking.

Lamentablemente no veremos el final de esta historia, pues nosotros también tenemos cosas que hacer. Es muy posible que la razón por la que no hay bancos ni asientos en los parkings sea para que la gente no se arremoline en ellos a reírse de los pobres Buscadores.

Ah…  amigo Buscador, estés donde estés, espero que hayas encontrado lo que buscabas antes de que tu pareja te haya dejado, el tiempo de pasar la tarjeta por la barrera haya expirado o esta misma se haya deshecho entre tus nerviosas babas.

PEQUINESES
Un Pequinés es un conductor que, al igual que los perros de esta raza, que son capaces de ladrarle con osadía a un Pastor Alemán en cuya boca cabrían con holgura, no son conscientes del tamaño que tienen (en este caso sus coches). Y tienen la curiosa manía de ocupar más plazas que las que necesitan, con el consiguiente perjuicio general.
Suele ser gente mayor, que se desliza por los pasillos del aparcamiento con celeridad nula buscando sitio para su Mini del 66.

El «ASS» AL VOLANTE
Son aquellos pilotos de carreras que aprovechan la tierra de nadie que representan los parkings para pasarse las normas de circulación por el forro de los caprichos.

Porque, reconozcámoslo. En un parking las normas no las respeta ni el que las pinta:

Obligatorio a la derecha = a la izquierda pues
Dirección prohibida = porque tú lo digas…
Prohibido aparcar = eso lo veremos
Velocidad máx 20 = JAJAJAJAJA

ELEFANTES EN UNA CRISTALERIA

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Esta variante es simpatiquísima. Sobre todo si estás deseando aparcar porque tienes que ir al servicio y tienes que esperar al que efectúe su décimocuarta maniobra para aparcar.

Al igual que los Pequineses, estos no están para nada al tanto de los límites de la carrocería, pero al menos a estos les importa, aunque carecezcan por completo de sensibilidad para las proporciones, la profundidad y la lógica.

Cuando ves a estos artistas del aparcamiento haciendo su magia no puedes evitar desear haber podido estar presente en su examen de conducir.

PERDIDO
Este pobre conductor lo ha hecho todo bien: ha aparcado a la primera, ha recordado perfectamente dónde había dejado el coche y se ha acordado de pasar antes por el cajero.

Pero hay un problema. Y es que la mayoría de los parkings han sido diseñados por un discípulo de Dédalo. Sobre todo los de los centros comerciales. Estos cretinos arquitectos al parecer nunca se pusieron de acuerdo en sí las señales que conducían a la SALIDA había que ponerlas antes o después de cada desviación o bifurcación. Ello sumado a la tendencia de hacerlos cada vez más grandes puede llegar a poner muy difícil escapar.

“—Llevamos 43 horas en el coche dando vueltas por el parking, ¿Cómo puede un aparcamiento ser tan grande?
—Vamos bien, pregunta a ese señor, ya verás
—Disculpe, ¿sabe dónde está la salida?
—вопросы еще прямо»

Como en todos los bestiarios, se que me dejo muchos especímenes en el tintero. Pero efectuaré las investigaciones competentes la próxima vez que olvide dónde he dejado el coche. 

¿Y vosotros? ¿Qué especímenes podéis aportar a la lista?

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LA GENTE MAYOR

«Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir más tiempo»

          Charles A. Sainte-Beuve

Hoy voy a hablaros de un gran colectivo cada vez más numeroso según los últimos estudios debido a la falta de natalidad y un aumento de la longevidad general: la gente mayor. Al decir esto me siento como Manuel Torre iglesias, presentador del programa Saber Vivir dedicado a la salud y los buenos hábitos para mantenerla. «Mi gente mayor -decía- mi queridísima gente mayor«. Siempre me resulta impactante ver a un señor mayor dirigirse a su propia quinta como si no formase parte de ella.

El gran Pepe Colubi decía que este señor (M. T.) planeaba dominar el mundo. Que estaba adiestrando una raza de superabuelos sanos y fibrosos que sólo comen verdura, que a penas duermen y son capaces de cubrir grandes distancias a pie armados con muñequeras medidoras de tensión. Colubi aseguraba que algún día nos arrepentiríamos de infravalorarlos.

Javier Cansado, gran humorista parte de la pareja cómica Faemino y Cansado, por su parte aseguraba:

«El día en que los viejos entiendan que no tienen nada que perder, dominarán el mundo»

En fin, muy fan de Manuel Torreiglesias. Para nuestros amigos que no conozcan su gran labor, aquí os dejo una foto de nuestro héroe con uno de sus amigos de la infancia.

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Lejos de lo que pueda parecer después de leer algunas de mis entradas en las que toco el tema de la tercera edad como en conducir, yo adoro a la gente mayor, mi queridísima gent… ¿¡Veis¡? ¡es qué no puedes evitarlo! ¡qué grande eres,  Torreiglesias!

Como decía, soy un firme defensor de estas sabias y menospreciadas personas y creo que hay que apoyarlas y ayudarlas. Yo lo hago a menudo, y es porque disfruto mucho ayudando a la gente mayor.

Una de mis prácticas favoritas para con mis mayores es ayudarlos a cruzar. El problema es que hay algunos que todavía no saben que quieren cruzar. Ellos se suelen negar pero yo imagino que es por cosas de la edad que se les va la cabeza y eso.

Se les va tanto que muchas veces justo después de cruzarlos van los muy pillos y vuelven a cruzar. Menos mal que me gustan los retos…

Algunos me miran mal. Pero yo me lo tomo con filosofía. Yo no hago estas cosas por los agradecimientos. Y si, es de bien nacido ser agradecido, pero mi inteligencia está muy por encima de esos nimios rencores ¿qué le vamos hacer si son todos unos malnacidos?

Un aspecto que no sólo no comparto, sino que además no permito que se atribuya a la gente mayor es la falta de cultura. Máxime cuando a muchos de vosotros os quitan el autocorrector y no sois naide.

«¡Como encuentre al carbón que me ha reactivado el fruto autocorrector le corto los cojines!»

Por otro lado, y aún manteniéndome defensor de las virtudes de la tercera, tengo que decir que ya no hay abuelos como los de antes, que a las diez de la mañana ya llevaban tomados dos carajillos, un coñac y dos sol y sombra. Ahora a lo sumo se toman un Danacol: otro de esos yogures de beber diminutos que al parecer tienen cada uno una finalidad distinta relacionada con el colesterol, las defensas, etc. pero que a mi juicio salen todos de la misma cuba, en donde han echado los yogures caducados y los han rebajado con agua para que no se note, brindándoles a estos pobres lácteos otra oportunidad para pasar por nuestros intestinos.

Y es que los abuelos ya no son lo que eran. A mí mi abuelo jamás me dio un caramelo Werther’s Original y estoy seguro de que a él tampoco se los dio su abuelo como decía el del anuncio.

«—Aún recuerdo cuando mi abuelo me daba mis Werther’s Original. Igual que ahora te los doy yo a ti.

—Caballero, le repito que no le conozco, suelte esa caca de perro o al menos aléjela de mi, por favor»

Es más, teniendo en cuenta cómo sacaba mi padre la «mano a pasear» y habida constancia de que su padre lo hacía mucho más, por esa regla de tres lo único que recibiría mi abuelo de su abuelo serían martillazos en la cabeza.

Mi abuelo era un artista también. Siempre me decía «ustede lo chiquillo de ahora na más que valen pa hacer el mal» y se iba. Luego sacaba otra vez la cabeza por el marco de la puerta y repetía «¡EL MAL!» y ya se iba a beber (dato real).

Y es esta predisposición que tenían mi abuelo y su homónimo a arreglarlo todo con el látigo cinturón, la que nos lleva a abordar el siguiente tema: las manías de la gente mayor.

La gente mayor, en adelante GM (pronunciarlo en vuestra mente como yemmmh, muy importante la h al final, que representa al último aliento de vida), tiene una serie de particularidades bastante significativas que nos ayudarán a identificarlos.

Los GM’s tienen, entre otras, la curiosa manía de decir que los jóvenes de hoy en día despilfarran su vida, poniendo esto por una lastima. Y lo hacen desde la barra del bar de la asociación de vecinos donde pasan entre 6 y 8 horas diarias.

Amigo GM (esa h, que no se oye), lo nuestro es una pena, pero más pena es lo vuestro, que os queda menos tiempo. Las a estadísticas van en vuestra contra así que vosotros sabréis…

«—Qué bien te habría venido una mili de las de antes…

—¿Qué has dicho?

—Nada abuelo, nada.»

No es recomendable reírnos de la gente mayor. No sólo por las razones lógicas de respeto y educación. Sino porque todos,  en el mejor de los casos, acabaremos así. Por mucho que a los 40 empieces con el running nada te salvará de llegar a la tercera edad salvo la muerte,  que por otro lado intentas evitar a toda costa haciendo ejercicio; un círculo vicioso.

Yo por mi parte creo que ya me estoy haciendo mayor. He empezado a pensar cosas, como en que me pasaría el día dándoles de bofetones a los chavales hasta ponerles las dichosas gorras derechas. En fin, no se si me hago viejo, pero está claro que soy hijo de mi padre.

Este es un tema delicado para mí. Pero no porque tenga tanto miedo a envejecer que siga llamando «seño» a la profesora de la universidad, sino porque me hago cargo de la ignorancia de la gente respecto a los ancianos, pues se ríen de ellos como si ignorasen que tan sólo son un reflejo de su propio futuro.

Así pues, Cuando vayas a una discoteca con tus veinticinco añazos, no es recomendable preguntar entre risas qué hace ese señor que roza la cincuentena sentado a la barra mirando su ron con Bitter Kas, pues es muy posible que simplemente te esté calentando el puesto.

APRENDIENDO A ACEPTAR EVITAR LO INEVITABLE.

Por último, quiero ayudaros a aceptar el final evitar entrar en la vejez antes de tiempo. No os preocupéis, he estado buscando por internet la friolera diez minutos y he descubierto que la vejez es en cierta manera prorrogable. Hay ciertas pautas de comportamiento que debemos evitar si aún no queremos salir de la segunda edad:

-Decir «aaaaaay» cuando nos levantamos del sofá.

-Decir «es la primera vez que me siento en todo el dia»

Admitir que tengas problemas en la vista, el oído, etc. Siempre has de tener una escusa preparada para esas situaciones:

«—Del uno al diez, ¿cuál es su nivel de sordera?

—Si.»

Dejar de poner las manos delante cuando do te caes de bruces. No se a que edad empieza esto, pero los mayores desarrollan cierta predisposición a aterrizar con la cara.

Decir «la noche es joven»  a las 20:30. Es más, mejor no lo digamos nunca.

Intentar engañar al personal esforzándonos por utilizar léxico de cuando eramos más jóvenes, así que ya sabéis, cuando vayáis a la discoteque, hablad d’abuten. De esas palabras molonas nasty de plasty, ¿okidoki?.

Revelar a alguien lo que había antes de lo que está. Ejemplo: «antes de este centro comercial, todo esto era una plantación de plataneras».

Mirar el tiempo meteorológico: Cuando tenemos 30 años el tiempo es eso que pasa cuando estás fuera -cuando eres vigilante de seguridad el tiempo es eso que pasa de la cámara 1 a la 17-. Pero a partir de cierta edad empezamos a planificar el día siguiente en función del tiempo. «hoy no salimos que va a llover»; «mañana vamos al mercado en vez de al centro, que va a hacer calor.» Estas planificaciones tendrían su sentido si pretendiésemos coronar el Everest o ganar el París-Dakar, pero no para el día a día a menos que seas mayor.

Tardar más de 10 minutos en el cajero.

Conducir como si nuestro coche solo tuviera dos marchas: la lenta y la lentísima.

Bailar con los niños en las bodas.

Todo esto lo he encontrado en 10 minutos. Lo que nos da una idea aproximada del terror general que hay a envejecer. Pero amigos, no deberíamos temer llegar a viejos. La muerte, esa fuerza implacable de la realidad,  todopoderosa, que alcanza a ricos y a pobres, al joven y al valiente. El tribunal final al que todos tenemos que dar cuenta. Tarde o temprano nos alcanzará, tengamos la edad que tengamos.

A mi parecer, envejecer es magnífico. Pues es la única manera de mirar a la cara a esa fuerza omnipotente que es la muerte y decirle «¿a qué coño estabas esperando, HIJA DE PUTA?»

Twitter=@cansinoroyal

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