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FENOMENOS PARA-ANORMALES: la Ouija

Anoche viví una experiencia un tanto inusual: me invitaron a hacer una Ouija.

“—L U K E, Y O S O Y T U P A D R E
—Con la Ouija no es lo mismo, Constantino
—Y A”

¿Cómo se invita a una persona a participar en semejante actividad? Desde luego NO como me invitaron a mí. Una invitación a participar en una Ouija debería contar, entre otras cosas, con un halo de misterio y misticismo. De esa manera generas curiosidad a la vez que creas ambiente. Algo así como:

¿Estás preparado para una experiencia no apta para cardíacos que te sacará de tu insustancial, soporífera e insignificante existencia y  vivirás el horror de los terrores arcanos y quizás, solo quizás, logres sobrevivir para contar a tus nietos?

Eso sí que es una invitación. No que llamen a tu amigo mientras estás tomándote una cerveza con él.

“—¿Te vienes a hacer una ouija?
—Es que estoy con un amigo ahora…
—Pues que se venga”

¿Que se venga? Dicen que jugar con una ouija puede costarte la vida, pues puedes salir poseído o atormentado de por vida por un espíritu del que no te has despedido correctamente (esto no me lo he inventado yo, por lo visto ha pasado). ¿Voy a jugarme la vida por un “pues que se venga” ? ¿De verdad quiero que en mi lápida haya un epitafio que diga “aquí yace Ezequiel, el que estaba alli”? Pues eso parece, porque dije que si.

Repasemos lo que sabía antes de embarcarme en esta aventura:

-La Ouija consiste en un tablero con todas las letras del abecedario y unas pocas palabras de uso cotidiano (hola, adiós, si, no, guardar partida, etc).
-El tinglado sirve para contactar con un espíritu o similar, que se comunica con los usuarios moviendo una especie de puntero móvil que consiste en una taba o abrojo de madera con forma de flecha o un vaso de chupito boca abajo (versión multijugador) hacia las letras y palabras.
-Para que este fenómeno suceda es imprescindible que los asistentes mantengan un dedo encima del puntero en todo momento. Aunque como está la cosa, no me extrañaría que antes de contactar con el fantasma tuvieras que tragarte un vídeo de publicidad como en  YouTube.

No voy a entrar a describir todos los detalles de la velada. Pero algo que estimo digno de destacar es que los allí asistentes parecían sacados de una película de terror noventera. Estaban todos menos la animadora.

EL EXPERTO: el dueño de la Ouija. Este sabía todo lo que hay que saber sobre espiritismo, algo que no desaprovechaba ninguna oportunidad para recalcar. No conseguí averiguar de quién de los asistentes era cuñado.

EL PREPOTENTE: Esta variante puede cambiar según la zona donde se realice el experimento. En Estados Unidos, por ejemplo, lleva una de esas chaquetas de hermandad universitaria (Pí Beta’l Carayo) con las mangas blancas. Sus funciones son básicamente dárselas de incrédulo, ridiculizar todo y a todos y morir primero. En nuestro caso era un Hipster y yo creo que ya con eso sobran palabras.

LA HISTERICA: cumpliendo con la norma general, era la novia de otro de los “jugadores”. En este caso nuestro amigo el PREPOTENTE. Básicamente, su función es agarrar muy fuerte el brazo de su novio y chillar en las situaciones en las que proceda. Como cuando se oye un ruido en alguna parte de la casa (cosas que gustan mucho de hacer los fantasmas) o cuando su novio, dolorido ya, le devuelve el apretón.

Es curioso lo de los fantasmas. Tanto estudiar y trabajar en una vida para acabar haciendo durante toda la eternidad lo que ya hacía con dos años: ir por la casa tocando cosas.

EL AGNOSTICO (¿YO?) : Se trata básicamente de uno que pasaba por allí. Una persona que no tiene claro si es creyente o no porque no se ha parado a pensar en semejante idiotez tema. Yo no soy precisamente creyente, pero si muy fácil de asustar: cuando tengo que cruzar el pasillo a oscuras por la noche lo cruzo corriendo y con los ojos cerrados, no me siento a salvo hasta que no me abro la cabeza contra el picaporte de la puerta de mi habitación.

Soy una de esas personas que están muy a gusto en su ignorancia respecto a temas esotéricos debido a la facilidad de acongojamiento que me caracteriza. Razón por la cual a día de hoy no se cómo se me ocurrió embarcarme es esta empresa. Así soy yo, la ignorancia es mi armadura. ¿Que la verdad está ahí fuera? Pues cierra.

Al principio, la velada parecía una reunión normal y corriente. Todo eran risas y fiestas hasta que el Experto adoptó una expresión sombría y dijo “es el momento”. El “momento” había coincidido curiosamente con el final del Madrid-Barça que estábamos viendo mientras comíamos un nutrido popurrí de frutos secos que había traído uno de los futuros nigromantes. Igual que un pescozón concluye la infancia de un niño, el último pitido del árbitro dio fin a la parte amena de la noche.

“—Si se va quedar a dormir, permítame decirle que la casa está en cantada.
—Gracias, dígale a la casa que a mi también me hace ilusión quedarme.”

Entonces la Histérica, que yo no tenía claro si era así de fea o le había tocado una almendra amarga, sentenció que no deberíamos jugar con estas cosas. Que era un tema muy serio para tomárselo a la ligera. inconscientemente, me pareció visionarla engordando la factura de su teléfono los sábados por la noche llamando de madrugada al adivino de la tele.

Como si del de un espíritu se tratase, su comentario pasó por completo inadvertido por el grupo. El Experto encendió unas velas chatas de IKEA, apagó  las luces, y apartó en semipenumbra los frutos secos de la mesa al tiempo que depositaba en el centro de esta el famoso tablero. Acto seguido, paseó la mirada entre todos mientras dijo con voz muy solemne “ahora es el momento de echarse atrás, luego no va a haber oportunidad de ello”.

Esto último era mentira, porque aunque la Histérica volvió a recalcar su disconformidad, sus palabras quedaron una vez más sin respuesta. El Experto colocó un vaso boca abajo en el centro del panel y todos pusimos un dedo en él. Entonces el Experto recitó. “Si hay alguien aquí, que se manifieste”.

El vaso no se movió.

“fuerzas de lo paranormal, si estais aquí, por favor, manifestaos”.

El vaso de chupitos quieto como los párpados de Espinete.

“Atención , espiritus”—estas últimas palabras exudaban algo de súplica— manifestaos.

Cero movimiento

—Igual no hay nadie—comentó el Hipster.
—O igual está comunicando—añadí yo al tiempo que miraba con ansia la bolsa de frutos secos que había quedado fuera de mi alcance.

Entonces ocurrió…

jjjjjjjjjjjjj

El vaso empezó a moverse lentamente bajo el peso de nuestros dedos, mientras todos alternabamos entre mirarlo y mirarnos entre nosotros preguntándonos quién se estaba cachondeando de los demás. Durante su viaje, lo único que se oía en la casa era el deslizamiento de cristal sobre madera. Al mismo tiempo, un olor nauseabundo inundó la estancia.

—jjjjjjjjjjjj H O L A
—¿Quién eres? —Preguntó el experto tapándose la nariz con la mano libre. —¿Eres Satán?

Aquella pregunta me descolocó un poco. Francamente, si el diablo existe, no creo que en sus obligaciones figure estar de guardia como una operadora esperando a que la gente contacte por Ouija. Que no digo yo que no pueda ser pero me imagino que debe de haber unos filtros para llegar hasta él, un conducto reglamentario, un par de empleados y un supervisor al menos…

jjjjjjjjjjjjj NO.

El olor de la estancia se tornó cada vez más nauseabundo.

—¿Cuál es tu nombre?
—jjjjjjjjjjjj W A L  T E R

Esto me dio a pensar: ¿con todos los adelantos que hay hoy en día en tecnología y todavía no hay una Ouija con texto predictivo? No se,  algo más moderno como “E S T A O U I J A  U T I L I Z A C O C K I E S P A R A M E J O R A R S U E X P E R I E N C I A”

Esta noche no va a terminar nunca. Al principio, cuando iba por la L, yo ya sabía que iba a decir hola. ¿Cuánto iba a durar esto? ¿sería posible que fuera a hipotecarme la noche el espíritu de los c…? ¿Y encima con este pestazo?

Encima el espíritu se llamaba Walter….

—Dinos… Walter —continuó el Experto, tosiendo con motivo del ponzoñoso ambiente— ¿Qué quieres de nosotros?

¿Que qué quiere? ¿Lo llamas tú y le preguntas qué quiere? No es una buena manera de empezar una conversación. Además, llamándose Walter lo más seguro es que quiera que te pases a Vodafone o algo.

—jjjjjjjjjj E Z E Q U I E L

aquella última letra señalada me hizo olvidar toda idea de seguir con las bromas. ¿El espíritu me había nombrado? Todos me miraron con incrédula aprensión.

—¿Qué ocurre con Ezequiel, oh espíritu?— Indagó el Experto

—jjjjjjjjjjjj C U L P A B L E

Una vez más, con los ojos humedecidos por las lágrimas provocadas por el asfixiante ambiente, me miraron.

—jjjjjjjjjjjj I N T O L E R A N C I A
—¿intolerancia? «tose» ¿intolerancia a qué, oh espíritu?
—jjjjjjjjjjjj A L M E N D R A S
—¡¿Almendras?!
—jjjjjjjjjjjj E L E S Q U I E N S E H A T I R A D O E L P E D O

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SERIES DE NUESTRA INFANCIA: Los Caballeros del Zodiaco

Esta serie japonesa era una de mis favoritas cuando era un enano. Aquellos dibujos japoneses con ojos grandes como platos. Con esa banda sonora extraña, a caballo entre cabecera y marcha militar. Con aquellas rimas cogidas con pinzas que fomentaban tantos errores de interpretación. aquí tenéis la dichosa musiquita

Pero a mí me encantaba. Pasaba las tardes mirando el reloj a la espera de mi ración diaria de caballeros y peleas. Y en cuanto empezaban, volvía a mirar el reloj sabiendo que en los escasos veinte minutos de duración del capítulo a penas iba a avanzar la historia (quitando el resumen del episodio anterior y sus malditos flashbacks con recuerdos inútiles que no aportaban nada a la trama, poco te quedaba de acción). Pero eso daba igual. Seguía siendo mi serie favorita.

Aún con eso, la recuerdo con cierto resquemor. Y esto se debe a que cuando se estrenó en Telecinco, coincidió con mi Primera Comunión.

Algún día os hablaré de mi Primera Comunión. Os aseguro que da para una entrada completa.

Os preguntaréis qué tiene que ver una cosa con la otra. Bien, pues que sepáis que (esto va para los hijos de los que votan a Podemos) antes de hacer la Primera Comunión, había que ir a ciertas clases estúpidas e inútiles denominadas Catequesis. Esta palabra que parece denominar la inflamación o infección de algún órgano es en realidad una serie de lecciones sobre el sagrado testamento. Que te ayudarían a entender mejor la eucaristía. Consistían en la lectura de la biblia, conocimientos teológicos, primera experiencia sexual con el cura y otras lecciónes para hacer la comunión y luego ya te regalasen el dichoso compás.

Bien. El problema que me suponían estas clases era que empezaban diez minutos antes de que terminase el capítulo de Los Caballeros Del Zodiaco. Esto me sacaba de quicio aunque en realidad no perdía el hilo argumental porque eran capaces de estar peleando contra el mismo enemigo durante diecisiete capítulos seguidos.

Además, las peleas eran bastante parecidas. Los personajes no daban ni un puñetazo sin avisarlo a gritos antes. Lo cuál es bastante contraproducente; imagina que estás en una pelea de bar y vas a atacar a alguien al grito de “¡Patada en los huevooooos!”

Tú mismo cometerías un autospoiler permitiendo al rival que se adelantase a tu ataque en un gesto defensivo clásico como clavarte una botella rota en el cuello, por ejemplo.

Como decía, las peleas eran más o menos así.

“Yo soy más fuerte”

“No, yo soy el más fuerte”

«Ataque»

“te he vencido, te lo dije”

“que va”

«Contraataque»

“¿lo ves?, te dije que era más fuerte. Me has subestimado”

“Que no, que no, mira ahora”

«Ataque»

Y así durante diez o quince capítulos.

De todas maneras, y aunque yo prefería enterarme de primera mano viendo el final del dichoso episodio, no había problema. Pues al día siguiente sería el tema de conversación en el colegio.

Antes de llegar la hora del recreo, ya me había enterado de todos los pormenores actualizados de la historia, así como del palmares de victorias y derrotas de cada uno de los personajes. Conocimientos absolutamente imprescindibles antes de salir al patio, pues era entonces cuando se celebraban los “combates”.

Estas veladas consistían en que dos o más contrincantes, fingiendo ser caballeros del Zodiaco, combatían hasta el fin del recreo de los tiempos. Estos combates, siguiendo las pautas de los de la serie, solían ser combates a distancia en el que no faltaban nombres de los múltiples golpes así como onomatopeyas por doquier.

Antes de este combate estiloso cargado de dramatismo, se celebraba siempre un primer combate a patadas y puñetazos para decidir quién era qué caballero.

Estos primeros combates solían ser bastante más dolorosos que los segundos, cosa normal por otro lado; al no haber decidió que caballero serías, aun no tenías armadura…

Y es que, como todos recordaréis, todos queríamos ser los mismos personajes, como el caballero del Dragón, el del Fenix, el del Cisne… Nadie quería ser el irónicamente soso protagonista (Pegaso) o el Mariposón de Andromeda.

A no ser…

… que consiguieras una cuerda.

Daba igual si se trataba de la comba de saltar de tu hermana, una cinta de precinto policial o el cordel de los cartones de huevos. Con algo que pudiese pretender ser cadenas, el caballero de la acera de enfrente adquiría bastante popularidad.

Así viví yo y casi todas las personas con las que he tocado el tema para hacer esta entrada las aventuras de los caballeros cabezones y de ojos saltones. ¿Y vosotros?

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El HIPSTER ENCUBIERTO 2

Cuando la mayoría de la gente ve esas películas de espías y de agentes dobles que trabajan para ambas facciones enemigas entre sí, saturadas de glamour y peligro, suelen imaginarse a sí mismos en el papel del héroe. Sorteando peligros con elegancia y siendo admirados por el resto de los mortales.

Se preguntan cosas como qué hará ahora, a donde irá con la chica, etc. Yo solo me pregunto cosas como si los agentes dobles, al trabajar para ambos bandos, tienen dobles vacaciones.

“—¿Qué va a tomar, Señor Bond?
—Un Martini con Vodka. Mezclado, no agitado…
—Le aviso de que no hay nadie mirando, señor.
—Ah… Pues ponme un café con leche y dos magdalenas.
—Marchando
—Y ya que estás ahí acércame el Marca.”

Hola, bienvenidos a un nuevo capítulo de mis hazañas adentrándome en territorio Hipster. No olvidéis leer antes la primera parte, que está un poco más abajo. Este relato parte de mis inquietudes respecto a esa nueva tribu urbana que son los Hipster. Me dispuse a desentrañar sus entresijos desde dentro. Y para ello me he formado como uno de ellos. Me he dejado crecer la barba y me he pasado a las gafas de pasta. Pero ni mi repeinado vello facial ni mis telescópicos anteojos me habían preparado para semejante aventura.

Cincuenta y siete minutos pasaban de las seis de la tarde cuando cerré el libro de Gabriel García Márquez. Llevaba más de veinte minutos ojeándolo y preguntándome cuánta gente habría usado este volumen en concreto para complementar la pantomima de quien quiere aparentar lo que no es.

Nosotros en 2015 nos creemos muy modernos con nuestro “postureo”, pero esta práctica es la primera del manual de los espías de toda la historia: fingir que uno es lo que no es.

Así pues, allí estaba yo. En un banco del parque frente a un Starbucks en el que había quedado por mediación de un amigo común, con la persona que me ayudaría a ingresar en la secta Hipster. Lo que aquel espantapájaros larguirucho que se acercaba hacia mi posición subido en un longboard y con expresión de eterno aburrimiento ignoraba, eran mis verdaderas intenciones: sacar de una vez a la luz los secretos de esta tribu urbana. ¿Por qué? Porque no tengo dinero para comprarme la Play 4 y en algo hay que entretenerse, ¿qué voy a hacer si no? ¿Estudiar?

La sílfide barbuda se sentó a mi lado. Cogió el café triple (El soborno convenido) como si del cáliz de la fuente de la eterna juventud se tratase y le dio un sorbo. Después de un sincero “aaahhhh”, el contacto miró el brebaje. “llevo sin probar un SB desde que perdí mi trabajo en Pull&bear” añadió. Acto seguido se puso en pie, y se llevó el café, no sin antes dejarme un papel doblado bajo mi libro.

En aquel papel había una dirección seguida de unas indicaciones, todo ello escrito a máquina.

Has de llegar a este sitio sin usar ningún tipo de transporte que funcione a motor, puedes usar mi Longboard. Una vez llegues dirígete al cronista y ejecuta la contraseña escrita al dorso de este papel”

Con la primera parte del plan (logística y caracterización) terminada con éxito, todo indicaba que el resto del mismo iba a obtener unos resultados razonablemente positivos. Consulté el móvil y comprobé que la dirección indicada no estaba a más de medio kilómetro. Así que me subí a aquel inmenso monopatín y me dirigí a mi destino esperando que no me viese ningún conocido y, de ser así, apartasen la vista rápidamente al ver a un maromo de treinta y dos primaveras subido a un longboard.

Intentando mantener el equilibrio, pues a mantener la dignidad ya había renunciado en el momento en que me calcé los mocasines sin calcetines, me dio por pensar en esos treintaañeros que van por ahí en monopatín. ¿Para qué llevais casco? El daño ya está hecho…

En fin, subido a la tabla surqué acera y asfalto pasando por semáforos y… Una cosa: ¿el que haya monigotes en los semáforos para los peatones y no los haya para los coches no es un poco tomar por tontos a los peatones? Bueno perdón, que me desvío.

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Llegué al lugar indicado y me hizo gracia comprobar que se trataba de otro Starbucks (por lo visto algunos son distintos de otros). Cuándo entré al establecimiento comprobé que habitaban en él una mayor cantidad de Hipsters de lo normal; debía de ser su sede local.

El que más me llamó la atención fue un barbudo escribiendo a máquina. Esperando que se tratase del Cronista, crucé toda la cafetería y recité la frase que me habían indicado.

“—La Fnac es mainstream…—dije.
—Pero la de antes era mejor.—espetó él sin desviar la vista de lo que estaba escribiendo.
—Como todo en la vida…—Me apresuré a contestar yo, cerrando con ello el santo y seña”

Debió de juzgar positivamente la conversación, porque retiró del rodillo de la máquina la página en la que escribía e introdujo una hoja en blanco. Acto seguido empezó a preguntarme nombre, dirección…

Apuntó todos los datos falsos que le dí sin mirar más arriba de mi barba. No podía permitir que esta gente supiese donde vivo. Corría el riesgo de que se presentasen en mi casa y sospechasen al comprobar que no tenía tocadiscos. Mis nervios iban aumentando conforme la conversación iba dirigiéndose a temas más escabrosos como grupos de música favoritos. Libros, directores de cine  asiáticos etc…

La cosa había empezado bien. Pero tanta pregunta estaba empezando a agotar mis ya de por sí austeros conocimientos sobre la cultura indie. Y el cronista se había dado cuenta. Lo noté porque su ensayada y perfeccionada expresión de aburrimiento perpetuo estaba demudando en una mueca de desaprobación.

Un detalle que no pasé por alto: Una faceta del postureo Hipster es fingir cierta cultura (aunque te esté sonando a chino lo que escuchas). Llegué a esta conclusión porque cuando el amigo dio las primeras muestras de sospecha yo ya llevaba inventados unos catorce nombres de artistas underground.

De repente el barbudo hizo bruscamente la máquina de escribir a un lado. Todo lo bruscamente que pudo hacerlo en aquella mini mesita de Starbucks sin tirar el aparato al suelo. Y mirándome con suspicacia, escupió:

—¿Quién te ha enseñado la contraseña?

Me había calado. Y no sólo el, varios congéneres que hasta hace unos minutos estaban bebiendo café y parecían dedicarse a ignorar todo lo que les rodeaba levantaron la vista de sus libros de Tolstoy y me miraron fijamente.

Alerta

No sabía que hacer. No tenía ni idea de como responder ante aquella pregunta y empezaba a preguntarme si podría abandonar el recinto sin problemas. Así que resolví recurrir al plan B: seguir con el papel al tiempo buscaba la forma de esfumarse.

Amigos, me vais a permitir que comparta con vosotros una apreciación sobre los planes. Y es la dualidad que representan los llamados planes de emergencia: A la hora de elaborar un plan B debes asegurarte de que este esté, como mínimo, a altura del plan A. Sin embargo, tampoco es conveniente que el plan B haga parecer al A como la idea propia de un estúpido.

No se cuál de los dos era el más acertado. Pero mi plan B consistía en mirar mi reloj calculadora y decir que me iba porque tenía prisa. Para mi sorpresa, dos fornidos bigotudos se había levantado  simultáneamente y se dirigían hacia la puerta en pos de cortarme el paso. El cuál apreté para salir del recinto antes de que eso pasara. Y fue entonces cuando las cosas se pusieron feas de verdad.

Al pasar bajo el umbral de la puerta acristalada de Starbucks una algarabía de indies cabreados estalló dentro del local. Por las cristaleras los veía dirigirse a la puerta mientras me increpaban como una bandada de musulmanes al ver un tobillo femenino desnudo en una mezquita.

Raudo y veloz agarré el longboard y salí corriendo. No sin antes dar una patada a la  primera de las innumerables bicicletas antiguas aparcadas en batería, creando un efecto dominó que dio con ellas en el suelo.

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Lancé el gigantesco skate y salté sobre su lomo, alejándome apresuradamente calle abajo. Al mirar por encima de mi hombro pude ver a los Hipsters intentando sin éxito levantar las pesadas bicicletas de cuadro de acero para perseguirme. Algunos me seguían gritando insultos mientras comprobaban indignados los desperfectos en sus cestas de rejilla.

Sabía que los “Hs” eran gente muy leída. Y no tardarían mucho en tener la idea de levantar las bicicletas una por una entre varios e ir a por mí. Teniendo en cuenta que había elegido una ruta descendente para mi huida, la gravedad no tardaría en jugar a favor de sus pesadas monturas. Así que empecé a impulsar con más fuerza el longboard, que ya rodaba a una velocidad considerable.

Intentaba superarla como si sintiese algún poder dentro de mí que pudiese hacer que el artilugio fuera más deprisa que lo que la física (mi física) podía.

Es esta una curiosa faceta del ser humano: engañarnos a nosotros mismos pensando que tenemos mucho más potencial del que desarrollamos. No se sabe qué es lo que nos convence desde pequeños de que somos una especie de genios en potencia.

Con los años (menos mal) entramos en razón y nos damos cuenta de la realidad. Pero aún así insistimos entendiendo este descubrimiento personal como “darnos cuenta de que hemos perdido el tiempo y que podríamos habernos esforzado más” en lugar de llamarlo por su verdadero nombre: madurar y comprender de una vez nuestros límites.

Yo maduré, pero maduré como la fruta: me caí al suelo y empecé a rodar hasta que acabe en un gasolinera mientras el longboard continuaba su viaje calle abajo. En un arrebato de inteligencia me imaginé a los Hipsters siguiendo al longboard sin piloto. Pero no, para cuando recobré mi verticalidad varias bicicletas setenteras con altos manillares y grandes sillines aparecían calle arriba montadas por barbudos coléricos. Sus gafas de pasta empañadas por el sudor me habían detectado, y habían encaminado su carrera hacia la gasolinera.

Corrí a esconderme en el baño de la estación de servicio. Pero estaba cerrado. ¿Por qué cierran con llave los baños de las gasolineras? ¿Es que tienen miedo de que alguien los limpie?

Así que ahí estaba yo. Sin un escondite a la vista con dos docenas de indies peligrosos acercándose.

¿Quieres saber cómo salí de esta? Estate atento a su desenlace en una próxima entrada ¿no quieres saberlo? Pues en la 3 dan los Simpsons, y por el tono de amarillo de las pieles yo diría que es la séptima temporada

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CORRER V: Alternativas al running

“El ser humano solo usa el 10%de su matrícula de gimnasio”  Albert Einstein.

¿Por qué dejar el Running? Pues porque estoy sufriendo bastante rechazo social. Ya estoy harto de que la gente se me acerque y me pregunte “¿De qué huyes? ¿Tu amigo va a hacer una mudanza?”

Vosotros reiros. Pero el running podría ser un problema. Cuando todos esos yonkies que corren para no pensar en la droga vuelvan a engancharse a ver quién los persigue cuando te roben el móvil para cambiarlo por un bolo.

Yo empecé en esto del running por casualidad. Eran esas corazonadas que me daban cuando veía gente correr en domingo y cosas así. Yo veía todos esos señores corriendo y pensaba: Al final va a haber que hacerse Runner. No sea que un día caiga un apocalipsis Zombie y todos corran más que uno.

BUSCANDO ALTERNATIVAS

Cuando una persona comete la inmoralidad de salir a correr porque sí. Tiene que tener por seguro que, a menos que tengas quince años, a la larga empezarás a notar el desgaste endémico de esta práctica. Yo no tardé demasiado en empezar a verme aquejado de serios dolores de rodilla. Tenía  que buscar una alternativa sana a eso de correr por ahí que me llenase tanto o más que el running.

No me hacen mucha gracia las máquinas de gimnasio, excepto una en la que metes un euro y te sale un Bollicao. Las pesas tampoco so lo mío. Total, que llevo dos meses apuntado a un gimnasio. Y lo único que he perdido son 90 euros. Puede que así, vestido, aún no se me note, pero esperad a que termine el verano y haya que ir a tomar café a un Starbucks…

“—Mi novia me ha dejado porque dice que estoy obsesionado con el gimnasio.
—Qué fuerte…
—Gracias. Toca, toca”

En estos enclaves para cultivar el cuerpo (los gimnasios, no los Starbucks) hay muchas actividades que hacer. Y una de ellas me interesó lo bastante como para apuntarme: el Bodycombat.

El Bodycombat es como el aerobic de toda la vida. Solo que pegando patadas al aire o a un extraño saco de boxeo que en lugar de pender suspendido de una cadena se alza desde el suelo hasta alcanzar la altura de una persona. Pues bien: durante la primera semana asistí a las lecciones que un simpático señor bajito (hasta el punto de que le olía la cabeza a pies) impartió lunes, miércoles y viernes. Todo muy bien, pues gracias a mi pasado Runner logré estar a la altura. Un poco de cuidado de no resbalar con los calcetines al ejecutar las patadas al saco y listo.

Mi frustración comenzó el primer día de la semana siguiente.

El sábado ya había ido al Gato largo (Thecatlong) a adquirir ciertos artículos como unas vendas elásticas para transformar mis puños en herramientas de muerte y destrucción y un calzado especial para deportes en parquet sospechosamente parecido a unas bailarinas. Y eso que a mí este tipo de indumentarias no me despierta mucha confianza. Las vendas para las manos, por ejemplo, tienen un cierre parecido al de un sujetador. Baste decir que hace años cogí un sujetador de mi hermana para practicar con el cierre.No pude abrirlo y me dio mucha vergüenza decir algo. A día de hoy todavía lo llevo puesto. Lo uso para colgar mi GoPro.

Así que allí estaba yo el lunes a las 18:30 horas (hora zulú) entrando al gym caracterizado como el guerrero ninja de la tonificación muscular. Cuál no sería mi sorpresa cuando al mirar el horario del tablón de anuncios me doy cuenta de que habían cambiado mi clase de bodycombat por otra llamada cardiocombat.

Ante aquella adversidad me dirigí a la fofisana de la recepción (porque los gimnasios de más de 39’99 al mes cuentan con recepción) a pedir una explicación ante tamaño desastre. La muchacha me aclaró que la clase era la misma. Pero que en ocasiones se le cambia el nombre a las clases porque los nuevos cánones deportivos apuntan a tal o cuál otro por motivos de atraer al público.

Por mi parte lo veo una estupidez, qué queréis que os diga. Es como si el domingo mi novia me manda a pastorear pelusas en vez de a barrer.

Resignado, me interné en el área de bodycombat cardiocombat y efectivamente, ahí estaba mi amigo el corpocorto. Presidiendo el calentamiento como si tal cosa. Como si no tuviera que ver con el inmenso sentimiento de vacío que atenazaba mi alma, el puto enano karateka.

Curiosamente, la clase fue exactamente igual que la semana pasada. Mismos movimientos, misma música. Solo cambió una cosa: los alumnos. No había ninguno de los que habían empezado conmigo. Lo cuál llenó mi mente de preguntas mientras aporreaba rítmicamente aquel saco.

¿Dónde estaban los antiguos alumnos?

¿Habrían mal interpretado el cambio de nombre como un cambio de horario y habían dejado de venir pensando que aquella clase había sido trasladada o, peor aún, anulada?

¿O quizás se trataba de algo mucho peor? Cabía la posibilidad de que el cambio de nombre de esta disciplina fuera algo periódico. Cabía la posibilidad de que se vieran obligados a hacerlo para evitar las sospechas suscitadas de que algo atroz estaba pasando en esas clases. Cabía la posibilidad de que los alumnos hubieran estado muriendo víctimas de la extenuación o alguna patada voladora errada. Cabía la posibilidad de que el cambio de nombre no fuese la única estratagema para ocultarlo, y que sus cadáveres hubieran pasado a rellenar aquellos sacos de boxeo. Cabía también la posibilidad de que la falta de oxígeno me estuviera afectando al cerebro.

Fuera como fuese, a la semana siguiente, cuando comprobé en el tablón que el cardiocombat había vuelto a mutar para renacer como dancecombat. Me di cuenta de que no estaba hecho para cambios tan frecuentes y tan poco motivados. Dejé  de ir a aquellas clases infernales y volví a running, pero running, running. No esa tontería de correr que hacen los pobres. No os dejéis engañar: hay una gran diferencia entre un corredor y un Runner (240 euros en equipación fosforito).

El hijo del viento, me llaman. Pues ya se sabe: cuando te muerde el gusanillo…

“—¡Me ha mordido un runner!
—¡Una ambulancia, rápido!
—Ya voy yo mismo corriendo
—¡Aguanta! ¿Cuál es tu grupo sanguineo?
—Supinador
—Lo perdimos”

He aprendido algo. Y es que si algo te va bien, mejor no dejarlo. Ya encontraré alguna manera de cultivar mis músculos. Por cierto, para marcar abdominales, ¿alguien sabe qué prefijo es?

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¡VACACIONES! YUJUUUU

Estoy bastante seguro de que el nivel de vuestro aprecio por mí ha bajado sustancialmente conforme visionabais ese “yuju”.  Apuesto a que, visto lo visto hasta ahora, esperáis que os detalle con saña unos planes vacacionales idílicos consistentes en una vida feliz y cara de una semana de duración.

Deberíais avergonzaros de pensar así de mí. ¿Cuándo os he fallado yo? A estas alturas no vale de nada intentar negar mis pretensiones de mataros a todos. Pero nunca he dicho que fuera a torturaros antes.

“¿Te vas de vacaciones? ¿Cuántos días te quedan hasta que empiecen? ¿A dónde vas? ¿durante cuánto tiempo?”

¿Alguien ha escuchado o planteado esta pregunta alguna vez en su vida (las madres no valen)? A que no… Pues entonces ¿Por qué la gente no para de dar ese tipo de datos en lugar de dar otros más interesantes como el pin de su tarjeta?

“—¿Qué tenemos?
—Varón, raza blanca. Pasó la mañana dando detalles sobre sus planes para sus vacaciones. Presenta claros signos de violencia extrema.
—Merecida
—Totalmente”

Yo he puesto en funcionamiento varias medidas para lidiar con el tema de los que se dedican a compartir sus planes vacacionales. Entre otras estratagemas he hecho circular por la oficina el rumor de que pertenezco a una banda de ladrones albano-kosovares. Así la gente se cuida muy mucho de hacerme saber que va a viajar.

Por cierto, pequeño apunte con relación a los que desgastan la frase “ambos inclusive”: siguen siendo cuatro días de mierda.

Yo, por mi parte, para decidir a dónde voy en verano lanzo un dardo a un mapamundi que tengo en la pared. Y allí paso todas las vacaciones, lanzando dardos a la pared. Porque como en casa no se está en ningún sitio. Y vosotros estáis tan de acuerdo con esto como con la política de cookies.

Permitid que me explique antes de que alguien me corte el cuello con un billete de Ryanair: ¿Cuántas veces habéis tenido un percance con alguien, sea amigo o conocido? Alguna de estas veces habréis usado cierta frase que, sin ser de mi invención, la he adoptado como mía por lo mucho que me ayuda a afrontar estos quebrantos con amigos, compañeros de trabajo, la policía etc… Dicha frase reza de la siguiente manera:

“con lo agusto que estoy en mi casa… “

Amigos y amigas, esa frase vale para todo tipo de discusión.

“¿Que no vuelva a llegar tarde? Venga hombre, con lo a gusto que estoy en mi casa.”

Pues si te ofende lo que digo me voy. Con lo a gusto que estoy en mi casa…”

“¿Aviso de desahucio? Si hombre, con lo a gusto que estoy en mi casa”

¡Y es verdad! Por muy bien que te lo montes en tus viajes de ocio, como en casa en ningún sitio. Lo que pasa es que haces lo imposible, ahorrando o hipotecando hasta al perro, para pagar cualquier cosa que te saque de tu vecindario porque sabes que lo peor no es no irte de vacaciones,  sino tener que regar las plantas, recoger el correo y cuidar de la mascota de los que sí se van.

Llamadme mal vecino si queréis. Pero yo nunca hago ese favor. Ya en su momento postulé sobre el hecho de que la conversación ascensoril sobre meteorología debía ser el único nexo de interacción vecinal. Argumentando con pruebas fehacientes que superar esa línea tan solo conllevaría la muerte contratiempos.

Digan lo que digan los pelos del culo abrigan en casa se está muy bien. Además siempre hay cerca algún vecino con piscina que poco a poco se va haciendo amigo mío (aunque él no lo sepa).

Y es que ¿a dónde vamos a ir? ¿A un hotel? Altamente (no) recomendado. El último hotel en el que estuve era un hotel tan cutre y triste, que en vez de recepcionista tenía decepcionista. Las cucarachas eran gigantes. Un día, una enorme se me acercó a la hamaca y con un extraño acento me dijo. “Vamos a hacer Aquagym. ¿Se apunta?”

Presa del pánico, salí despavorido llamando al personal del hotel en busca de ayuda, pero el de las hamacas me tranquilizó aclarándome que la cucaracha en cuestión era un animador senegalés muy simpático que llevaba en la nómina del hotel varios años.

El Todo Incluido es lo que tiene: empieza uno a tomar cerveza desde bien temprano y luego el alcohol le juega malas pasadas. Cuál no sería mi nivel del mismo en sangre que no me calmé hasta conseguir que el conserje  rociase al senegalés con insecticida, por si las moscas. Al ver al muchacho tosiendo en el suelo hecho un ovillo me quedé más tranquilo: A las cucarachas de verdad los insecticidas no les afectan.

EL SÍNDROME POSTVACACIONAL Y TÚ PUTA MADRE

“—¿Qué tal las vacaciones?
—Cortas.
—Jajajaja, qué original eres.
—Y tú qué gorda.”

A todos nos toca volver a la rutina, ya sea de un viaje a Tailandia o de lanzar dardos en la pared de nuestra habitación. Y la rutina trae este mal cada vez más reconocido entre los expertos.

Pocas cosas a parte de la paciencia son verdaderos paliativos de este problema. Pero curiosamente y por el contrario, hay muchos posibles agravantes. Como por ejemplo insistir en revelar, paso por paso, todos y cada uno de los detalles de tu viaje.

“—Muy buenas las 508 fotos de tu viaje. ¿No tienes más?”

Ante este tipo de personas tan elocuentes, recordad: No hay ningún contratiempo en la vida que no arreglen ocho puñaladas en el tórax.

El que suscribe desconoce totalmente la relación entre el síndrome citado y el Karma, pero sabed que la intensidad del mismo es directamente proporcional al coñazo que deis con vuestras hazañas estivales.

A modo de despedida, voy a irme. Y no porque yo quiera sino porque lo digo yo. ¡Feliz síndrome postvacacional a todos!

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Mi CUMPLEAÑOS

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Pues si, hace poco fue mi cumpleaños. 32 primaveras. 32 veranos, 32 otoños, 32…

Que gay…

Y que conste que no soy homófobo ¿eh? De hecho tengo varios amigos que conducen un Smart.

No obra entre mis intenciones que esta sea una disertación sobre la edad, ni decir cosas como que madurar es mirar a la luna y aceptar que no vas a ver el símbolo de Batman, ni ninguna tontería de esas. Más que nada porque ya lo he hecho en otras entradas anteriores.

“—Madurar es levantarte a las cinco y media.
—Será madrugar…
—Eso, eso. Madrugar.
—Tacostarte anda.
—Voy… ”

No, amigos y amigas, voy a pediros que os olvidéis, que nos olvidemos un momento del tema de la edad. Y que nos centremos en lo verdaderamente importante de cumplir años: la experiencia los regalos.

Cuando organizo mi fiesta de cumpleaños no caigo en la mezquindad de exigir a todos los asistentes que me traigan un regalo. Yo tengo clase: simplemente exijo que cuando vengan, llamen a la puerta con los pies (pues las manos deben estar ocupadas).

Corriendo serio riesgo de parecer materialista, y por mucho que me gusten la inmensa mayoría de los regalos que he recibido en mi vida. Me hallo en el deber admitir que siento que hay gente para la que la palabra “regalo” tiene un significado demasiado amplio.

Hay una cuestión que me tiene cabalgando en la melancolía desde el primer momento en que comprendí que la gente también tiene sentimientos (más o menos cuando cumplí los treinta y uno) y es cuánto tiempo es el mínimo indispensable que debes esperar para pedir el ticket de un regalo

Porque el tiempo máximo ya lo sabemos; las tiendas, en su infinita amabilidad, ya se han encargado de ello al poner en las facturas la fecha límite. Dicho esto, ¿sería mucho pedir que en el mismo ticket figurase un tiempo mínimo estimado para ser requerido por el agraciado en orden de realizar cambios? No albergo la menor duda de que sería un aporte esencial para conservar nuestras amistades, mantener limpias nuestras conciencias, y de paso cambiar esa mierda.

Esta es una de las dos cosas que me mantienen despierto por las noches. La otra es un pedazo de mosquito que a mi juicio debe tener hasta piloto. En serio. Sólo le falta llamar a torre de control y pedir permiso para tomar piel.

No está entre mis pretensiones el que la gente que me regala aprenda telepaticamente mis gustos. Que saque mis preferencias de mi mente como un prestidigitador saca una moneda de mi oreja.

Mis gustos e inquietudes no son de obligado conocimiento al igual que no tenéis por qué saber que el hecho de que mi estado de WhatsApp figure como “en linea”  no significa necesariamente que esté hablando con alguien. Es posible que simplemente lo haya abierto para pensar como hago con la puerta de la nevera.

Para leerme el pensamiento ya está mi novia.

“Las mujeres sabemos en todo momento lo que estáis pensando. Qué vuestros pensamientos coincidan con lo que nosotras sabemos o no, ya es problema vuestro”

Con esto quiero decir que es perfectamente comprensible que no tengáis ni la menor idea de mis tendencias en ámbitos como la ropa, el ocio, etc. Pero ello no impide que algunas personas estén más que convencidas de que saben perfectamente lo que necesito hasta el punto de no molestarse en conservar el ticket.

Como mi madre, que debe de pensar que la ropa interior sólo la utilizo una vez. Pues de otra manera no entiendo a qué viene la manía de regalarme siempre calzoncillos.

Es posible que esa manía venga también por el pánico atroz que una madre siente desde que se estrena como tal a que su hijo tenga un accidente que requiera atención médica y (aquí viene lo terrorífico) los de urgencias no vean su ropa interior impoluta.

*pausa con música de terror, fundido en negro y seguimos*

Cabe destacar aquí el gran corazón de las madres que piensan en la situación del pobre médico que atiende a su retoño. A su hijo igual ya dan por perdido pero, ¿y ese pobre hombre que ha estudiado una carrera para que ahora vengas tú y le presentes un frenazo en la carretera, una mancha de nicotina, un punto cardinal? En fin, alcanzado el cupo de chascarrillos escatológicos de hoy, la única conclusión posible es que nuestra ropa interior es la tarjeta de visita de nuestras madres. Y abordadas estas, tenemos a los padres.

Los padres no compran nada para el bebé hasta que este alcanza cierta edad. En lugar de ello tan sólo aportan el capital necesario para que la madre haga esos haberes. Si les preguntan, dicen estar deseando que su hijo crezca lo suficiente para poder regalarle un artículo del que ellos sepan (fútbol, bicicletas, videojuegos), aunque en realidad lo que quieren es poder regalarle algo que ellos también puedan usar.  El denominado autoregalo en diferido. Es por esta razón que hoy en día hay niños de 6 años que tienen un Ipad.

“—Manolo, le has regalado un Ipad al niño y solo lo ha usado tres veces. El resto lo usas tú…
—¿Como cuando tú me dices que el niño quiere un paquete de galletas, se come 3 y tú te comes el resto?
—Em…  No me cambies de tema.”

Hay regalos que se regalan, porque no se sabe que regalar, como los juegos de sábanas; otros que se regalan porque “es lo típico”, como el compás en la primera comunión. Y otros…

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Hay regalos que tienen la mejor intención  del mundo pero no hacen otra cosa que convertir este en un lugar peor para vivir. Amigos (si, les hablo solo a los varones): Nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en una que implique un arma de fuego apuntando a vuestra cabeza. Compréis ropa a vuestra pareja.

Los bombones engordan, las flores se secan, la ropa encoge y las mascotas se mueren. No seáis idiotas y regalad zapatos”

Se que sois inteligentes. Pero no tanto; después de todo estáis leyendo este blog¿no? Así que vamos a repetirlo. Por quedarnos tranquilos nada más.

NUNCA, JAMAS, BAJO NINGÚN CONCEPTO, COMPREIS ROPA A VUESTRA PAREJA

Bien, ¿por qué digo esto? Yo se que hay gente que ya lo sabe. Pero, una vez más, por quedarnos tranquilos. Permitidme que me explique.

¿Recuerdas esas veces que vas con tu pareja de compras y ésta saca la cabeza entre las cortinas del probador para preguntarte qué tal le queda tal o cual pieza de ropa antes de que a ti te de tiempo a escabullirte? ¿Recuerdas aquella vez que la niña de tus ojos parecía una butifarra con aquella falda de tubo? ¿Recuerdas que ella vio en tu mirada toda la verdad que necesitaba? Pues imagina que pasa esto. Pero en este caso el causante es una pieza que TU has comprado.

“Me parece fuertisimo que no te sepas mi talla, ya veo lo que te fijas en mi y… ” a partir de ahí todo lo que ya sabéis. Próximo episodio en tu casa.

En fin, dicho todo esto, me tengo que ir a duchar. Pero no por que lo diga yo, sino porque lo dice un juez. Sin embargo, dejadme que os de un último consejo en voz alta.

El secreto de evitar regalos equivocados es evitar invitar a la gente equivocada

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¡QUE LLEGAN VISITAS! RUN FOR YOUR LIFES!

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“Ordena tu habitación, vienen visitas”

Cómo odiaba esa frase de mi madre. ¿Por qué las madres enseñan toda la casa a las visitas cuando vienen por primera vez? Que se piense de mí lo que se quiera, pero para mí la única razón de enseñar a una visita algo más que el salón y el cuarto de baño es que esa visita pretenda comprarme la casa.

Sin embargo mi madre le enseña hasta la plaza de garaje. ¿Y todo para qué, si al final siempre van a acabar en el mismo sitio: la cocina? Mi madre organiza las reuniones siempre de la misma manera. Ruta turística por la casa y luego a la cocina a tomar café. El problema es que después del café no pasan al salón, siguen ahí. En la cocina criticando hablando.

Me encantaría saber qué pasa por la cabeza de mi madre para hacer esto. Al igual que me gustaría saber qué pasa por la cabeza de una persona cuando decide subirse el cuello del polo. En serio me gustaría esta ahí dentro.

¿Os consideráis gente extrovertida? ¿Gente que gusta de interactuar con más gente para así poner a parir a otra gente con la que se va a reunir otro día y criticar a la primera gente?

Bien. Si esto te parece un lío agotador. Vuelve a leerlo. Si te lo sigue pareciendo, eres de los míos. No es que me considere una persona asocial ni mucho menos. A mí mi madre me educó muy bien a la hora de saludar. Tanto que si voy con un amigo y me encuentro con otro que el primero no conoce, me apresuro a presentarlos formalmente tal y como hacía ella (“David, este es Carlos. Dale un beso a este señor”).

Lo dicho. Me considero una persona educada y cordial. Ahora bien: ¿indica este rasgo que tengo que recibir visitas en mi casa? La respuesta es si no. Este gusto por meter gente en casa debe de saltarse una generación. Pues mi madre y yo somos las dos caras de la misma moneda. A ella le gusta tanto que cuando vienen testigos de Jehobá les invita a sentarse -¡A sentarse! Esta mujer está loca- y con tal de tener a alguien en casa es capaz de tragarse todas sus tonterias

“—Buenos días, queremos ayudarla a encontrar a Jesús
—Gracias, pero ya se está encargando la policía”

Cuando una persona comete la inmoralidad de organizar una velada social en su casa y la locura de llenarla de gente, se arriesga innecesariamente a que le invadan varios tipos de invitados… peculiares. Veamos unos ejemplos:

EL INVITADO TARDÍO (novia)
Mayormente, tus invitados se presentarán dentro de un margen de entre quince y veinte minutos antes o después de la franja horaria acordada. Pero siempre hay un individuo que llega tarde. El resto de la gente se ve obligada a esperar a que el señorito o señorita haga acto de presencia, lo cual amenaza con afectar a la velada. Y es por esto que pasado el tiempo prudencial llamas al susodicho.

Curiosamente el papel de tardío suele estar adjudicado casi siempre a las mismas personas, por lo cual ya tienen preparadas un par de excusas y tretas para cuando se les pregunte. Veamos un par de ejemplos y unas pequeñas aclaraciones a fin de ayudarnos a estimar mejor el tiempo que van tardar.

“Pregunta tipo:
—Ya estamos todos aquí ¿dónde estás?

Típicas respuestas:
—Estoy saliendo (de la ducha)  —Ya estoy llegando (al coche)  —En 5 minutos llego (en 50 minutos llego)
—Estoy buscando aparcamiento (no recuerdo donde he aparcado mi coche)
—Dijiste a las ocho (y para mi, a las ocho es cuando salgo de mi casa)”

EL INVITADO PREMATURO (triste vitta)
Si un invitado tardío puede mermar la calidad de la velada, un invitado que se presenta dos horas antes, y generalmente sin avisar, puede hacerla muy difícil.

¿Tan vacía es tu vida que puedes permitirte aparecer un par de horas antes en los sitios? ¿Es que no tienes tele?

El anfitrión está ocupado en los preparativos para que todo detalle de la reunión salga como tiene que salir (preparar comidas, limpiar la casa, esconder a la abuela…) pero siempre está el típico que, como no tiene otra cosa que hacer, aparece en la casa un par de horas antes por si hay algo en lo que pueda “ayudar”. Esta sería una razón muy respetable si no fuera porque lo que él entiende por ayudar es sentarse en el salón y empezar a beber mientras uno, que está de un lado para otro a contra reloj, tiene que dejar abandonar dichos preparativos para atender sus peticiones y darle conversación.

EL INVITADO EXPLORADOR (confianzudis parasitus)

A este individuo le encanta ir por casas ajenas explorando todos sus recovecos, incluidos los que hay tras puertas cerradas. Cuando llega el momento de usar el cuarto de baño, cuchichea sin compasión por todos los cajones y armarios.

Su razón, aunque lo parezca, dista mucho de la intención de robar. Esto se aprecia enseguida porque cada vez que encuentra algo interesante en su cruzada, se entera toda la casa.

“—¡Vaya, Puri! ¡No sabía que tuvieses problemas con la electricidad! Mirad el pedazo de cirio que he encontrado en su mesa de noche. ¡Y vibra!”

EL INVITADO INESPERADO
(autoinvitatis bytheface)

No existe reunión sin ese “amigo” que se ha enterado por otro de que ibas a dar una fiesta. Y como es tan amigo tuyo, no se molesta en pensar que quizás no lo has invitado por algo. En lugar de ese pensamiento tan cenizo, se decanta por un feliz “mira que eres despistado” y se autoinvita.

Cuando la reunión consiste en un poco de picoteo y unas copas no hay problema. Pero cuando pretendes hacer una cena en condiciones, por ejemplo, te parte los planes en dos. Te ves obligado a empujar la típica silla de ruedas de escritorio por toda la casa hacia una esquina de la mesa, consolándote con que al menos nuestro amigo va a tener que lidiar con la pata de ésta durante todo el banquete.

Por si fuera poco, has de complementar la ostentosa cubertería que llevabas esperando a sacar (y presumir de ella) desde que te tu suegra te la regaló el día de tu boda. Lo único bueno que tu suegra te ha dado aparte de tu mu… lo único bueno que tu suegra te a ha dado, se ve ahora mancillado por una cucharilla de Iberia que robaste en la luna de miel y otros tantos cubiertos que andaban por ahí.

EL INVITADO QUE SE VA PERO NO SE VA (pelmazus postvelatio)

El amigo o amiga en cuestión, durante toda la velada ha permanecido poco menos que mudo. Pero ahora que es el último en marcharse. Se planta delante de la puerta abierta de tu casa y descubre un tema de conversación que le hace permanecer en el umbral durante mucho más tiempo del que dura una despedida.

El tiempo va pasando, tu te empiezas a enfriar con el aire de la calle y el amigo no parece apercibirse de ello. Ya os habéis estrechado la mano unas cuatro veces, o dado ocho besos. Pero para el o ella aún queda bastante tema de conversación. No hay nada que hacer contra esta gente. Yo he llegado a pedirles el abrigo y ponermelo yo ante la incipiente relentada de la madrugada.

EL SIBARITA (pedantis insufribrilis)

Lo peor de tu cuñado esta versión de invitado es que hagas lo que hagas nada está del todo a su gusto. Pone caras así como regulares ante la temperatura del vino, el volumen de la música, la regulación de la luz,  etc. Ya he hablado sobre esta variante en otras entradas así no pienso dedicarle ni una letra más a estos Infelices señores.

Así que ya sabéis. Haced como yo: la mejor repuesta ante una propuesta de reunión es un hachazo en la cara.

Aquí concluye otro pequeño bestiario sobre la fauna social. Si alguno de vosotros tiene otra idea para un espécimen a tratar en futuros bestiarios, os ruego no dejéis de meterosla por… compartirlas. De esta manera haremos más ricos los bestiarios. Quién sabe. Quizás estemos salvando vidas, reputaciones y/o actividades sexuales de mucha gente.

Off topic
La verdad es que he tardado bastante en subir esta entrada. El trabajo y los estudios me tienen bastante liado. Pero sabed que tengo varias escritas a falta sólo de unos retoques de última hora y pretendo retomar mi racha de una subida a la semana en cuanto sea posible. Un saludo y recordad. Aunque la mona se vista de seda, sigue siendo zoofilia.
   

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