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FENOMENOS PARA-ANORMALES: la Ouija

Anoche viví una experiencia un tanto inusual: me invitaron a hacer una Ouija.

¿Cómo se invita a una persona a participar en semejante actividad? Desde luego NO como me invitaron a mí. Una invitación a participar en una Ouija debería contar, entre otras cosas, con un halo de misterio y misticismo. De esa manera generas curiosidad a la vez que creas ambiente. Algo así como:

¿Estás preparado para una experiencia no apta para cardíacos que te sacará de tu insustancial, soporífera e insignificante existencia y  vivirás el horror de los terrores arcanos y quizás, solo quizás, logres sobrevivir para contar a tus nietos?

Eso sí que es una invitación. No que llamen a tu amigo mientras estás tomándote una cerveza con él.

“—¿Te vienes a hacer una ouija?
—Es que estoy con un amigo ahora…
—Pues que se venga”

¿Que se venga? Dicen que jugar con una ouija puede costarte la vida, pues puedes salir poseído o atormentado de por vida por un espíritu del que no te has despedido correctamente (esto no me lo he inventado yo, por lo visto ha pasado). ¿Voy a jugarme la vida por un “pues que se venga” ? ¿De verdad quiero que en mi lápida haya un epitafio que diga “aquí yace Ezequiel, el que estaba alli”? Pues eso parece, porque dije que si.

Repasemos lo que sabía antes de embarcarme en esta aventura:

-La Ouija consiste en un tablero con todas las letras del abecedario y unas pocas palabras de uso cotidiano (hola, adiós, si, no, guardar partida, etc).
-El tinglado sirve para contactar con un espíritu o similar, que se comunica con los usuarios moviendo una especie de puntero móvil que consiste en una taba o abrojo de madera con forma de flecha o un vaso de chupito boca abajo (versión multijugador) hacia las letras y palabras.
-Para que este fenómeno suceda es imprescindible que los asistentes mantengan un dedo encima del puntero en todo momento. Aunque como está la cosa, no me extrañaría que antes de contactar con el fantasma tuvieras que tragarte un vídeo de publicidad como en  YouTube.

No voy a entrar a describir todos los detalles de la velada. Pero algo que estimo digno de destacar es que los allí asistentes parecían sacados de una película de terror noventera. Estaban todos menos la animadora.

EL EXPERTO: el dueño de la Ouija. Este sabía todo lo que hay que saber sobre espiritismo, algo que no desaprovechaba ninguna oportunidad para recalcar. No conseguí averiguar de quién de los asistentes era cuñado.

EL PREPOTENTE: Esta variante puede cambiar según la zona donde se realice el experimento. En Estados Unidos, por ejemplo, lleva una de esas chaquetas de hermandad universitaria (Pí Beta’l Carayo) con las mangas blancas. Sus funciones son básicamente dárselas de incrédulo, ridiculizar todo y a todos y morir primero. En nuestro caso era un Hipster y yo creo que ya con eso sobran palabras.

LA HISTERICA: cumpliendo con la norma general, era la novia de otro de los “jugadores”. En este caso nuestro amigo el PREPOTENTE. Básicamente, su función es agarrar muy fuerte el brazo de su novio y chillar en las situaciones en las que proceda. Como cuando se oye un ruido en alguna parte de la casa (cosas que gustan mucho de hacer los fantasmas) o cuando su novio, dolorido ya, le devuelve el apretón.

Es curioso lo de los fantasmas. Tanto estudiar y trabajar en una vida para acabar haciendo durante toda la eternidad lo que ya hacía con dos años: ir por la casa tocando cosas.

EL AGNOSTICO (¿YO?) : Se trata básicamente de uno que pasaba por allí. Una persona que no tiene claro si es creyente o no porque no se ha parado a pensar en semejante idiotez tema. Yo no soy precisamente creyente, pero si muy fácil de asustar. 

Soy una de esas personas que están muy a gusto en su ignorancia respecto a temas esotéricos debido a la facilidad de acongojamiento que me caracteriza. Razón por la cual a día de hoy no se cómo se me ocurrió embarcarme es esta empresa. Así soy yo, la ignorancia es mi armadura. ¿Que la verdad está ahí fuera? Pues cierra.

Al principio, la velada parecía una reunión normal y corriente. Todo eran risas y fiestas hasta que el Experto adoptó una expresión sombría y dijo “es el momento”. El “momento” había coincidido curiosamente con el final del Madrid-Barça que estábamos viendo mientras comíamos un nutrido popurrí de frutos secos que había traído uno de los futuros nigromantes. Igual que un pescozón concluye la infancia de un niño, el último pitido del árbitro dio fin a la parte amena de la noche.

Entonces la Histérica, que yo no tenía claro si era así de fea o le había tocado una almendra amarga, sentenció que no deberíamos jugar con estas cosas. Que era un tema muy serio para tomárselo a la ligera. inconscientemente, me pareció visionarla engordando la factura de su teléfono los sábados por la noche llamando de madrugada al adivino de la tele.

Como si del de un espíritu se tratase, su comentario pasó por completo inadvertido por el grupo. El Experto encendió unas velas chatas de IKEA, apagó  las luces, y apartó en semipenumbra los frutos secos de la mesa al tiempo que depositaba en el centro de esta el famoso tablero. Acto seguido, paseó la mirada entre todos mientras dijo con voz muy solemne “ahora es el momento de echarse atrás, luego no va a haber oportunidad de ello”.

Esto último era mentira, porque aunque la Histérica volvió a recalcar su disconformidad, sus palabras quedaron una vez más sin respuesta. El Experto colocó un vaso boca abajo en el centro del panel y todos pusimos un dedo en él. Entonces el Experto recitó. “Si hay alguien aquí, que se manifieste”.

El vaso no se movió.

“fuerzas de lo paranormal, si estais aquí, por favor, manifestaos”.

El vaso de chupitos quieto como los párpados de Espinete.

“Atención , espiritus”—estas últimas palabras exudaban algo de súplica— manifestaos.

Cero movimiento

—Igual no hay nadie—comentó el Hipster.
—O igual está comunicando—añadí yo al tiempo que miraba con ansia la bolsa de frutos secos que había quedado fuera de mi alcance.

Entonces ocurrió…

jjjjjjjjjjjjj

El vaso empezó a moverse lentamente bajo el peso de nuestros dedos, mientras todos alternabamos entre mirarlo y mirarnos entre nosotros preguntándonos quién se estaba cachondeando de los demás. Durante su viaje, lo único que se oía en la casa era el deslizamiento de cristal sobre madera. Al mismo tiempo, un olor nauseabundo inundó la estancia.

—jjjjjjjjjjjj H O L A
—¿Quién eres? —Preguntó el experto tapándose la nariz con la mano libre. —¿Eres Satán?

Aquella pregunta me descolocó un poco. Francamente, si el diablo existe, no creo que en sus obligaciones figure estar de guardia como una operadora esperando a que la gente contacte por Ouija. Que no digo yo que no pueda ser pero me imagino que debe de haber unos filtros para llegar hasta él, un conducto reglamentario, un par de empleados y un supervisor al menos…

jjjjjjjjjjjjj NO.

El olor de la estancia se tornó cada vez más nauseabundo.

—¿Cuál es tu nombre?
—jjjjjjjjjjjj W A L  T E R

Esto me dio a pensar que con todos los adelantos que hay hoy en día en tecnología me parece raro que todavía no haya una Ouija con texto predictivo, pero lo importante era que la noche no parecía ir a terminar nunca. 
Al principio, cuando iba por la L, yo ya sabía que iba a decir hola. ¿Cuánto iba a durar esto? ¿sería posible que fuera a hipotecarme la noche el espíritu de los c…? ¿Y encima con este pestazo?

Encima el espíritu se llamaba Walter….

—Dinos… Walter —continuó el Experto, tosiendo con motivo del ponzoñoso ambiente— ¿Qué quieres de nosotros?

¿Que qué quiere? ¿Lo llamas tú y le preguntas qué quiere? No es una buena manera de empezar una conversación. Además, llamándose Walter lo más seguro es que quiera que te pases a Vodafone o algo.

—jjjjjjjjjj E Z E Q U I E L

aquella última letra señalada me hizo olvidar toda idea de seguir con las bromas. ¿El espíritu me había nombrado? Todos me miraron con incrédula aprensión.

—¿Qué ocurre con Ezequiel, oh espíritu?— Indagó el Experto

—jjjjjjjjjjjj C U L P A B L E

Una vez más, con los ojos humedecidos por las lágrimas provocadas por el asfixiante ambiente, me miraron.

—jjjjjjjjjjjj I N T O L E R A N C I A
—¿intolerancia? «tose» ¿intolerancia a qué, oh espíritu?
—jjjjjjjjjjjj A L M E N D R A S
—¡¿Almendras?!
—jjjjjjjjjjjj E L E S Q U I E N S E H A T I R A D O E L P E D O

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EL LENGUAJE SOEZ

El autor de esta entrada se halla en el deber de advertir al lector que está a punto de toparse con ciertas palabras malsonantes con cierto potencial para herir su sensibilidad. Sobretodo si es usted un puto santurrón blandegue y casi con toda probabilidad homosexual.

Hay una especie de justicia poética en que la primera palabra que te viene al quedarte sin papel higiénico sea: “¡Mierda!”

Las palabrotas llevan con nosotros desde tiempos inmemoriales. Fuera cual fuese la primera palabra que se dijo en el mundo, no cabe la menor duda de que ese día tan especial no acabo sin que se dijera alguna palabrota.

Si nos detenemos a averiguar el de la primera palabra malsonante nos encontraremos con una empresa condenada al fracaso. Sin embargo no es tan difícil suponer que ha habido una serie de momentos que, por la frustración en ellos reinante, pudieron ser el origen de muchas expresiones de dudosa honra como las que nos atañen. Uno de estos momentos duró más de medio siglo:

LA LATA QUE PROVOVOCÓ QUE EL NIÑO JESÚS LLORASE

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Estamos en 1810. El gobierno francés lleva a cabo una campaña en busca del mejor método para la conservación de la comida en campaña (los camiones de tomates no valen). Entonces aparece un señor muy listo y muy práctico con un bote bajo el brazo. Así hace acto de presencia la famosa lata de conserva. Como diría Iker “pulseritas” Jiménez, hasta aquí todo normal.

Los soldados francos verían, gracias a esta maravilla moderna, una sensible reducción en su índice de enfermedades derivadas de comer comida en mal estado y su dieta se volvería más agradable al paladar. Pero siempre hay un punto negativo en toda historia. Y es que el abrelatas no fue inventando hasta casi cincuenta años después.

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No hace falta ser muy perspicaz para imaginar la cantidad de improperios que nacieron por no tener abrelatas; santos y santos bajados del cielo sin contemplaciones ante la imposibilidad de los hambrientos guerreros de abrir el botecito de las narices. Una auténtica algarabía de palabras horribles como las de la elfa del Señor de los Anillos llamando a un río de caballos de agua.

Cierto es que el ser mal hablado no te abrirá muchas puertas en la vida, a no ser que digas “Abre, coño” (Bueno, igual esa frase tiene otras acepciones que no tienen cabida en un Blog culto e inocente como este). Pero no deberíamos condenar el uso de las palabras malsonantes solo por el mero hecho de serlo.

VULGARIDAD VERBAL COMO ALTERNATIVA AL PROZAC

No se trata tanto de un problema de educación como de una cuestión de necesidad. Aunque no está comprobado científicamente, un martillazo en el dedo duele menos con un “¡Joder! ” que con un “¡cáspita!”. Esto es tan verídico y efectivo como que el hombre espera y la mujer… hace esperar.

“—María. He conseguido mesa para aquel restaurante que te gustaba.
—¡Bien! Voy a vestirme.
—Es para dentro de 3 meses.
—¡¿Ya estamos con las prisas?!”

Señoras y señores del jurado, el desahogo que aportan las palabrotas no lo pueden aportar ni las drogas. Ocasiones como esa en la que te preparas la cena perdiéndote la película porque no llegan los anuncios, al final te sientas frente a la tele con tu cena… y cenas viendo los anuncios. No me digáis que el asunto no merece al menos un “¡me cago en…”.

También sirve para esa época de tu vida en la que te dan ganas de afilar el palo con el que tocas a la gente. Como cuando el guardia de seguridad de la oficina de empleo te dice en un arranque de originalidad “quieto parado”. Debería ser legal poder insultarle.

¿Qué otra cosa que no sea una palabrota puedes liberar a la atmósfera cuando trabajas con incompetentes (a parte de tí, quiero decir) que no pueden dejar pasar ni una sola ocasión para demostrar sus “virtudes”?

“—¡GRANAAAADAAAA!
—… Tierra soooñada por miiiii…
—¡Cuerpo a tierra, gilipollas!”

Cualquier ocasión es buena para bajar Santos del cielo. En casa, por ejemplo. ¿O acaso conocéis vosotros a algún vecino cuyo hijo sepa tocar bien la maldita flauta? Que no es que me caigan mal los vecinos. Yo no soy capaz de odiar a una persona durante más de diez minutos. Cambiando de tema: ¿sabíais que en diez minutos puedes matar a una persona y ocultarla?

Esta es solo una ínfima parte de las razones por las que no debemos criticar el lenguaje soez ni a la gente que lo emplea. Pues todos tenemos a una verdulero dentro. Solo necesitamos una fuente de inspiración que ayude a exteriorizar nuestros sentimientos.

“—¿Es cierto que usted se cagó, y cito, en los muertos pisoteados del demandante así como en la puta idea qué tuvo la zorra de su madre de concebirlo?
—No, Señoría. Lo que yo dije fue ‘Reinaldo, amigo y compañero del alma, creo oportuno indicarte que estas derramando el metal fundido sobre mi espalda y eso, en honor a la verdad, me escuece un pelín’ “.

Sin más me despido hasta otra entrada, amigos. No sin antes compartir con vosotros una duda que atenaza mi alma:

Si cuando al final de ese programa llamado El Jefe Infiltrado, los empleados entran a hablar con el jefe sin disfrazar, pero aún así no lo reconocen como su jefe… ¿para que lo disfrazan al principio?

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El HIPSTER ENCUBIERTO 2

Cuando la mayoría de la gente ve esas películas de espías y de agentes dobles que trabajan para ambas facciones enemigas entre sí, saturadas de glamour y peligro, suelen imaginarse a sí mismos en el papel del héroe. Sorteando peligros con elegancia y siendo admirados por el resto de los mortales.

Se preguntan cosas como qué hará ahora, a donde irá con la chica, etc. Yo solo me pregunto cosas como si los agentes dobles, al trabajar para ambos bandos, tienen dobles vacaciones.

“—¿Qué va a tomar, Señor Bond?
—Un Martini con Vodka. Mezclado, no agitado…
—Le aviso de que no hay nadie mirando, señor.
—Ah… Pues ponme un café con leche y dos magdalenas.
—Marchando
—Y ya que estás ahí acércame el Marca.”

Hola, bienvenidos a un nuevo capítulo de mis hazañas adentrándome en territorio Hipster. No olvidéis leer antes la primera parte, que está un poco más abajo. Este relato parte de mis inquietudes respecto a esa nueva tribu urbana que son los Hipster. Me dispuse a desentrañar sus entresijos desde dentro. Y para ello me he formado como uno de ellos. Me he dejado crecer la barba y me he pasado a las gafas de pasta. Pero ni mi repeinado vello facial ni mis telescópicos anteojos me habían preparado para semejante aventura.

Cincuenta y siete minutos pasaban de las seis de la tarde cuando cerré el libro de Gabriel García Márquez. Llevaba más de veinte minutos ojeándolo y preguntándome cuánta gente habría usado este volumen en concreto para complementar la pantomima de quien quiere aparentar lo que no es.

Nosotros en 2015 nos creemos muy modernos con nuestro “postureo”, pero esta práctica es la primera del manual de los espías de toda la historia: fingir que uno es lo que no es.

Así pues, allí estaba yo. En un banco del parque frente a un Starbucks en el que había quedado por mediación de un amigo común, con la persona que me ayudaría a ingresar en la secta Hipster. Lo que aquel espantapájaros larguirucho que se acercaba hacia mi posición subido en un longboard y con expresión de eterno aburrimiento ignoraba, eran mis verdaderas intenciones: sacar de una vez a la luz los secretos de esta tribu urbana. ¿Por qué? Porque no tengo dinero para comprarme la Play 4 y en algo hay que entretenerse, ¿qué voy a hacer si no? ¿Estudiar?

La sílfide barbuda se sentó a mi lado. Cogió el café triple (El soborno convenido) como si del cáliz de la fuente de la eterna juventud se tratase y le dio un sorbo. Después de un sincero “aaahhhh”, el contacto miró el brebaje. “llevo sin probar un SB desde que perdí mi trabajo en Pull&bear” añadió. Acto seguido se puso en pie, y se llevó el café, no sin antes dejarme un papel doblado bajo mi libro.

En aquel papel había una dirección seguida de unas indicaciones, todo ello escrito a máquina.

Has de llegar a este sitio sin usar ningún tipo de transporte que funcione a motor, puedes usar mi Longboard. Una vez llegues dirígete al cronista y ejecuta la contraseña escrita al dorso de este papel”

Con la primera parte del plan (logística y caracterización) terminada con éxito, todo indicaba que el resto del mismo iba a obtener unos resultados razonablemente positivos. Consulté el móvil y comprobé que la dirección indicada no estaba a más de medio kilómetro. Así que me subí a aquel inmenso monopatín y me dirigí a mi destino esperando que no me viese ningún conocido y, de ser así, apartasen la vista rápidamente al ver a un maromo de treinta y dos primaveras subido a un longboard.

Intentando mantener el equilibrio, pues a mantener la dignidad ya había renunciado en el momento en que me calcé los mocasines sin calcetines, me dio por pensar en esos treintaañeros que van por ahí en monopatín. ¿Para qué llevais casco? El daño ya está hecho…

En fin, subido a la tabla surqué acera y asfalto pasando por semáforos y… Una cosa: ¿el que haya monigotes en los semáforos para los peatones y no los haya para los coches no es un poco tomar por tontos a los peatones? Bueno perdón, que me desvío.

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Llegué al lugar indicado y me hizo gracia comprobar que se trataba de otro Starbucks (por lo visto algunos son distintos de otros). Cuándo entré al establecimiento comprobé que habitaban en él una mayor cantidad de Hipsters de lo normal; debía de ser su sede local.

El que más me llamó la atención fue un barbudo escribiendo a máquina. Esperando que se tratase del Cronista, crucé toda la cafetería y recité la frase que me habían indicado.

“—La Fnac es mainstream…—dije.
—Pero la de antes era mejor.—espetó él sin desviar la vista de lo que estaba escribiendo.
—Como todo en la vida…—Me apresuré a contestar yo, cerrando con ello el santo y seña”

Debió de juzgar positivamente la conversación, porque retiró del rodillo de la máquina la página en la que escribía e introdujo una hoja en blanco. Acto seguido empezó a preguntarme nombre, dirección…

Apuntó todos los datos falsos que le dí sin mirar más arriba de mi barba. No podía permitir que esta gente supiese donde vivo. Corría el riesgo de que se presentasen en mi casa y sospechasen al comprobar que no tenía tocadiscos. Mis nervios iban aumentando conforme la conversación iba dirigiéndose a temas más escabrosos como grupos de música favoritos. Libros, directores de cine  asiáticos etc…

La cosa había empezado bien. Pero tanta pregunta estaba empezando a agotar mis ya de por sí austeros conocimientos sobre la cultura indie. Y el cronista se había dado cuenta. Lo noté porque su ensayada y perfeccionada expresión de aburrimiento perpetuo estaba demudando en una mueca de desaprobación.

Un detalle que no pasé por alto: Una faceta del postureo Hipster es fingir cierta cultura (aunque te esté sonando a chino lo que escuchas). Llegué a esta conclusión porque cuando el amigo dio las primeras muestras de sospecha yo ya llevaba inventados unos catorce nombres de artistas underground.

De repente el barbudo hizo bruscamente la máquina de escribir a un lado. Todo lo bruscamente que pudo hacerlo en aquella mini mesita de Starbucks sin tirar el aparato al suelo. Y mirándome con suspicacia, escupió:

—¿Quién te ha enseñado la contraseña?

Me había calado. Y no sólo el, varios congéneres que hasta hace unos minutos estaban bebiendo café y parecían dedicarse a ignorar todo lo que les rodeaba levantaron la vista de sus libros de Tolstoy y me miraron fijamente.

Alerta

No sabía que hacer. No tenía ni idea de como responder ante aquella pregunta y empezaba a preguntarme si podría abandonar el recinto sin problemas. Así que resolví recurrir al plan B: seguir con el papel al tiempo buscaba la forma de esfumarse.

Amigos, me vais a permitir que comparta con vosotros una apreciación sobre los planes. Y es la dualidad que representan los llamados planes de emergencia: A la hora de elaborar un plan B debes asegurarte de que este esté, como mínimo, a altura del plan A. Sin embargo, tampoco es conveniente que el plan B haga parecer al A como la idea propia de un estúpido.

No se cuál de los dos era el más acertado. Pero mi plan B consistía en mirar mi reloj calculadora y decir que me iba porque tenía prisa. Para mi sorpresa, dos fornidos bigotudos se había levantado  simultáneamente y se dirigían hacia la puerta en pos de cortarme el paso. El cuál apreté para salir del recinto antes de que eso pasara. Y fue entonces cuando las cosas se pusieron feas de verdad.

Al pasar bajo el umbral de la puerta acristalada de Starbucks una algarabía de indies cabreados estalló dentro del local. Por las cristaleras los veía dirigirse a la puerta mientras me increpaban como una bandada de musulmanes al ver un tobillo femenino desnudo en una mezquita.

Raudo y veloz agarré el longboard y salí corriendo. No sin antes dar una patada a la  primera de las innumerables bicicletas antiguas aparcadas en batería, creando un efecto dominó que dio con ellas en el suelo.

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Lancé el gigantesco skate y salté sobre su lomo, alejándome apresuradamente calle abajo. Al mirar por encima de mi hombro pude ver a los Hipsters intentando sin éxito levantar las pesadas bicicletas de cuadro de acero para perseguirme. Algunos me seguían gritando insultos mientras comprobaban indignados los desperfectos en sus cestas de rejilla.

Sabía que los “Hs” eran gente muy leída. Y no tardarían mucho en tener la idea de levantar las bicicletas una por una entre varios e ir a por mí. Teniendo en cuenta que había elegido una ruta descendente para mi huida, la gravedad no tardaría en jugar a favor de sus pesadas monturas. Así que empecé a impulsar con más fuerza el longboard, que ya rodaba a una velocidad considerable.

Intentaba superarla como si sintiese algún poder dentro de mí que pudiese hacer que el artilugio fuera más deprisa que lo que la física (mi física) podía.

Es esta una curiosa faceta del ser humano: engañarnos a nosotros mismos pensando que tenemos mucho más potencial del que desarrollamos. No se sabe qué es lo que nos convence desde pequeños de que somos una especie de genios en potencia.

Con los años (menos mal) entramos en razón y nos damos cuenta de la realidad. Pero aún así insistimos entendiendo este descubrimiento personal como “darnos cuenta de que hemos perdido el tiempo y que podríamos habernos esforzado más” en lugar de llamarlo por su verdadero nombre: madurar y comprender de una vez nuestros límites.

Yo maduré, pero maduré como la fruta: me caí al suelo y empecé a rodar hasta que acabe en un gasolinera mientras el longboard continuaba su viaje calle abajo. En un arrebato de inteligencia me imaginé a los Hipsters siguiendo al longboard sin piloto. Pero no, para cuando recobré mi verticalidad varias bicicletas setenteras con altos manillares y grandes sillines aparecían calle arriba montadas por barbudos coléricos. Sus gafas de pasta empañadas por el sudor me habían detectado, y habían encaminado su carrera hacia la gasolinera.

Corrí a esconderme en el baño de la estación de servicio. Pero estaba cerrado. ¿Por qué cierran con llave los baños de las gasolineras? ¿Es que tienen miedo de que alguien los limpie?

Así que ahí estaba yo. Sin un escondite a la vista con dos docenas de indies peligrosos acercándose.

¿Quieres saber cómo salí de esta? Estate atento a su desenlace en una próxima entrada ¿no quieres saberlo? Pues en la 3 dan los Simpsons, y por el tono de amarillo de las pieles yo diría que es la séptima temporada

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LA ESTUPIDEZ HUMANA

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Me fascina el término “estupidez humana”. Como si hubiera otro tipo de estupidez. No digo que toda la humanidad sea estúpida. Pero lo que si estoy dispuesto a postular es que los extraterrestres deben de saber que somos una raza fácilmente conquistable si nos han visto dándole vueltas una y otra vez al movil intentando ver derecha una foto ladeada. Hay muchos ejemplos por los que no nos merecemos ser considerada vida inteligente. Sin embargo seguimos empeñados en el humanismo.

El humanismo. Esa estúpida tendencia que gente tan pagada de si misma como Luis Vives, uno de los mayores defensores de esta doctrina reivindicaba comop la creencia ciega en la posición del hombre en el centro del universo.

¡Pero si somos un fracaso en toda regla! ¿Cómo puede ser el centro del universo una raza capaz de gastar 400 euros en un smartwatch?

“—¿Te has comprado el Apple Watch?
—¡Si, es una pasada! Mira, tiene medidor de pulso cardíaco, notificaciones directas de WhatsApp…
—¿Qué hora es?
—Si, claro. Debe de estar por aquí, a ver. No, a ver por aquí…  Bueno, casi mejor espera, que la miro en el móvil.”
—… ”

Cualquiera que lea esto puede pensar (y con razón) que soy de esas personas que piensan que la única inteligencia que vale es la mía (hipsters) y que pienso que el resto del mundo es estúpido. Bien, esa es una afirmación a medias acertada. Y en seguida sabréis que parte es falsa y cuál no.

Por todos es sabido que yo no soy ninguna lumbrera. Soy perfectamente capaz de encender la Batseñal para llamar a Batman y cuando llegue se me haya olvidado lo que iba que decirle.

“—Soy Batman, ¿que ocurre?
—Em…  Si… te cuento. Ya que vas a estar despierto a ver si puedes avisarme a las 7 que no me fio de la alarma de mi movil”

Porque si, soy imbécil. Y cada vez más orgulloso de ello. La última vez que me puse las gafas sin recordar que había olvidado que llevaba las lentillas puestas pensé que me había convertido en Spiderman. No salté por la ventana porque daban los Simpson y no me quería perder un capítulo que solo había visto diecisiete veces.

Lo dicho, me enorgullece mi cualidad. Teniendo en cuenta cómo les va a los imbéciles hoy en día, a mi juicio se ha convertido en algo de lo que presumir. Esta  iluminación a la que he llegado solito y sin GPS me lleva a lo siguiente.

CUANDO LA ESTUPIDEZ VENDE

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¿Recordáis a esas chonis de barrio que salían de cuando en cuando en la tele dándole patadas al diccionario? Esas niñas que iban pintadas a su juicio muy guapas y a juicio de otro preparadas para cortar cabelleras.

“—Ferretería, dígame.
—Si buenos días, quisiera una pintura para exteriores como la que lleva la chica de perfumería en la cara”

¿Nenas y no tan nenas que esgrimían el “haiga” como punta de lanza de la cultura poligonera. Que a su total y absoluta falta de educación social y cultural la llamaban “naturalidad”?

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Pues ahora resulta que esto vende. Porque se puede ser una poligonera, pero lo que sale últimamente por la tele no tiene cabida en ningún gráfico. El descaro con el que estas princesas propinan patadas voladoras al diccionario no es ni remotamente aceptable. Y eso que la Real Academia de la Lengua hace todo lo que puede por incluir sus guturales sonidos en nuestra lengua en aras de…

¿En aras de qué? No consigo imaginar en que manera puede ayudar el incluir esas aberraciones idiomaticas. Para mí que últimamente la RAE ha estado comprando costo al por mayor. Como ya hizo alguna vez antes (“tío, tío, ¡pon murciélago! Jajajajaja”).

Y es que después de la “cocreta” de la eterna madre coraje, los uppercuts al léxico se han convertido en requisito indispensable, parece, para los castings de los realities.

Reality Show: no hay una expresión mas engañosa en cuanto a lo que verdaderamente representa.

¿Cómo le digo yo ahora a mi hija que el ejemplo a seguir es el licenciado en ingeniería que nos atiende en el McDonald’s y no la choni barriobajera que se forra en Salvame después de haberse hecho una “manualidad” bajo el edredón a otro en Gran Hermano?

El problema es que esta “genialidad” es cada vez más difícil de encontrar. Al menos, la de pura cepa. Sea por lo que fuere, las chonis parecen estar en peligro de extinción. Conscientes de este horrible hecho, varias plataformas y superficies han empezado campañas para proteger a esta especie. El pull&bear ver por ejemplo.

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De repente, lo inculto y soez vende, y es el pasaje para salir del asiento de atrás del Seat León del Jonathan y saltar a la fama. Como quien estudia ingeniería para que lo cojan en la Fórmula 1, Hay que buscar esa capacidad chonil donde sea. Y es entonces cuando vemos aberraciones como las “estudiantes unicersitarias” (o eso dicen ellas) de gran hermano. En concreto me encanta una rubia que yo pensaba teñida, pero al escuchar su hazañas en un par de preguntas de cultura general, me lo estoy replanteando. No puedo asistir a estos eventos de la humanidad sin pensar: ¿es esto real? ¿Hay gente así o es un papel?

En fin, creo que se me está acabando el pase de pellote, así que mejor dejar de escribir ya. No sea que me vaya a quedar tonto con tanta tontería y me recluten para Mujeres y Hombres Y Viceversa. (me encanta este título, su desprecio por las comas)

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COSAS QUE DAN PARA UNA ENTRADA

Aunque pueda parecer tonto lo contrario, dadas las múltiples ocasiones en las que he tocado el tema de la creciente volatilidad de mi capacidad de atención, yo me fijo mucho en los detalles. Cuando uno pasea por la calle y comete la desfachatez de mirar hacia otro sitio que no sea a dónde pisa, puede ser testigo de la maravillosa diversidad de personas dignas de mención que pululan por las aceras.

En mi caso, los que hayáis leído otras veces esta sarta de tonterías que libero a la atmósfera, sabéis que soy una persona muy observadora, pues la finitud de la batería de mi móvil me obliga a veces a fijarme en todo para no aburrirme, incluida la gente que va por la calle.

Y es que para escribir este tipo de textos es imprescindible fijarte en los pormenores de la vida, esos detalles que tu cerebro obvia hasta el punto de parecer ignorarlos, pero sabe que están ahí. Tal y como hacen tus ojos con tu nariz o el resto de los cazafantasmas con el cazafantasmas negro.

Estos detalles son los que yo recopilo mientras me arrastro por mi penosa existencia para luego ir con el cuento a vosotros. Y uno de esos detalles propiamente dichos son los que veo caminando por la calle (caminando yo, no es que a los detalles les hayan salido patas). Arranquemos por ejemplo con la gente que topa con un conocido. A mí esos encuentros fortuitos con ciertos conocidos solo me sirven para recordarme que tengo que eliminarles del Facebook.

“—Hombre Eze, ¡cuánto tiempo!
—Y porque me has visto tu antes…
—¿Eh?
—¡Que cuánto tiempo!”

Pero parece que no es así para el resto de la gente. Después de una cordial conversación, se despiden prometiendo volver a verse, y que cuando lo hagan no sea por casualidad.

“Un día tenemos que quedar para tomar un café y mirar cada uno su movil”

Lo que me sirve como material para entradas es ver como esas personas se desean lo mejor, se encargan mutuamente saludos a amigos comunes y familiares, y se estrechan la mano efusivamente en una cálida despedida para proseguir cada uno su camino… en la misma dirección.

¿Qué le dices a una persona de la que te acabas de despedir pero que estas obligado a seguir viendo hasta que vuestras sendas os separen? En serio, no es una pregunta capciosa, quiero saberlo porque me ha pasado ya varias veces, y no porque me lo busque despidiéndome en medio de un puente.

Hasta que alguien pueda ayudarme con el dilema seguiré con mi estrategia de soltar un: “de perdidos al río” y cogerle de la mano. “Y es que todo pasa por algo, guapetón”.

No es solo mi inclinación pseudohomosexual la que me hace preferir a esta gente a su opuesto: Esos vecinos con los que vives puerta con puerta y que no saludan porque les han afectado los recortes en educación.

La calle no es el único sitio en donde uno encuentra cosas curiosas. Cualquier sitio público es un simposio de temas de los que hablar. El otro día estaba haciendo la compra en unos grandes almacenes cuando apareció un joven de unos treinta y dos años (porque tengas la edad que tengas, la definición de joven es tu edad; lo demás son viejos o niñatos). El pobre parecía notablemente afligido porque había perdido de vista a su hijo. Me detalló la ropa y la edad del vástago y yo respondí negativamente ante sus pesquisas.

Un par de pasillos más allá, me encontré con un minisujeto que concordada perfectamente con la descripción. Así que en un acto de altruismo me acerqué al niño y le susurré con ternura: “Tranquilo, yo llevo perdido aquí veintidós años, y nunca me ha faltado de nada. Tan solo tienes que buscarte un sitio alto para dormir donde no te alcance Johnny Depp; lo sueltan aquí por las noches”.

Ya se sabe. Johnny Depp puede ser muy peligroso, sobre todo si te interpones entre él y su padre Tim Burton.

“—Señor Burton, el señor Depp está en la puerta.
—Joder… ¿De qué va disfrazado ahora?
—De pene gigantesco
—Madre mía… Abre anda, ya se nos ocurrirá algo”

Caminando por la calle ves cosas extrañas. Algunas no lo parecen, pues entran dentro de la normalidad de cada día. Pero tu mente se encarga de darles esa chispa de misterio al hacer que te plantees ciertas dudas existenciales. A mi me pasa con esos policías que van en bicicleta.

Su presencia está cada vez más arraigada en nuestro día a día y, en honor a la verdad, me parece muy buena idea. Son efectivos que cumplen su trabajo ahorrándole al estado un dinero en combustible y contribuyen a dar un respiro a la capa de ozono. Pero (y aquí es donde mi mente empieza a oler a quemado) ¿cómo hacen para arrestar a la gente llevando bici? Debe de ser algo así como:

“Tú te lo has buscado, hijo. ¡A la cesta! Tiene derecho a permanecer en silencio, cualquier cosa que diga…”

Si hablamos de transeúntes, tarde o temprano acabaremos hablando de los que van por ahí usando su teléfono móvil. En algunos casos ya de por sí es un deporte. Como en el mío, pues me he comprado un Samsung Galaxy Note. Es un poco…  un poco grande ¿verdad?. De hecho he contratado a una cofradía entera para llevarlo por la calle.

Como decía, dentro de los phonejockeys hay categorías para elegir. Y de ellas la que más me gusta es ese que va por ahí hablando por el movil con el altavoz del manos libres activado. Que vosotros direis: “iría con las manos ocupadas…” No, no. Ambas manos libres. ¡Ambas! Una agarrando el aparato y otra en el bolsillo, presumiblemente aferrándose al poco atisbo de dignidad que les ha dejado semejante práctica. Así que ahí van, hablando como si llevarán un walkie talkie, como si se hubieran escapado de un programa del Discovery Channel.

Y ya puestos a hablar de gastar dinero en estupideces, hablemos de los artistas callejeros. El otro día pasé por delante de un mimo que simulaba subir por una cuerda. Me gustó mucho, de modo que simulé dejarle una moneda. Pero no son estos los únicos que te piden dinero por la calle. Hay otra gente que… ¿Cómo explicarlo? Digamos que es un hecho que las drogas no son la respuesta, a menos que la pregunta sea: “¿Por qué no tienes dientes y estas haciendo como que trabajas de aparcacoches?

Se que hay gente que ya sea por miedo o por caridad, no es capaz de negarles una moneda. Pero luego se sienten mal por haberlo hecho sabiendo para qué lo van a utilizar. Para esa gente tengo un ligero comentario que tal vez sea de ayuda:

-Aparcar con “aparcacoches”=1€
-Utilizar transporte público=1.30

De nada.

¿Qué me decís de las gitanas? Esas simpáticas vendedoras que parece que pasan hambre, pero no hay ninguna flaca. Que quieren venderte un trozo de hierva a modo de talismán. Pero no de la que se fuma, si no de la que se echa al cocido.

“—Ay payo guapo, toma esta ramita de romero, te dará suerte.
—¡Gracias!
—¿Me das algo pa pasá el día guapo?
—Ten, toma esta ramita de romero, te dará suerte.”

Así que ya sabéis, amigos/as/is no perdáis la fe en la humanidad. Y si lo hacéis, preguntad a vuestra madre que seguro que la ha guardado ella.

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LA TOLERANCIA

“—¿112 emergencias?
—Tengo una bomba ¿Qúe hago?
—Ok. ¿De qué color son los cables?
—Uno azul cobalto claro y el otro rojo carmesí.
—Vas a morir, maricón.”

La tolerancia no es algo que se tenga o no se tenga. La tolerancia es algo que se adquiere (o no) a medida que nuestra personalidad va madurando (o no). Ciertas vivencias son esenciales en la gestión de nuestro nivel de tolerancia en todos los campos que hemos de abarcar.

A lo largo de la historia, la humanidad ha tenido picos altos y bajos respecto a su nivel de tolerancia. No hace falta ser historiador para saber de que momentos de auge de intolerancia estamos hablando, por lo que los vamos a obviar, para simplemente dedicarnos a la tolerancia en la actualidad.

Curiosamente, Hoy en día los niveles de tolerancia están más altos que nunca. Ser tolerante se considera ser moderno y por ende no serlo se considera estar anticuado, ser retrógrado, corto de miras, del PP, etc. Aquí es donde conviene hacer un alto y reflexionar sobre las implicaciones de etiquetar de antiguos los modelos de pensamiento como el del tema que nos ocupa.

Si ser intolerante está anticuado ¿Qué pasará cuando los Hipsters se aburran de las máquinas de escribir y los tocadiscos y expandan sus miras a la caza de algo antiguo que esgrimir en su lucha por…  por lo que sea que pretendan estos señores?

¿Qué pasará cuando aquellos pensamientos retrógrados que llenaron a la humanidad de vergüenza renazcan en forma de tendencia?

image

¿Deberíamos entonces acabar con los Hipsters para evitar un nuevo alzamiento de la intolerancia? ¿No me vuelve a mi intolerante pensar en esta medida? ¿Se me está yendo la pelota con el tema? La respuesta a casi todo, o al menos a lo último, es si. Así que mejor sigamos.

Los hay que toleran hasta las picaduras de insectos con altivez y paciencia y los hay a los que les gustaría un libre albedrío un poco más controlado. Sea como fuere, todos se declaran tolerantes. Y se atribuyen el mérito de serlo más que el otro.

“—Soy muy tolerante
—¡Yo más!
—¡Yo mucho más!
—¡Tu no tienes ni puta idea de tolerancia hijoputa!
—¡Tu madre, cabrón, te mato!“

… y así.

Eso sí, por muy abiertos de miras que nos consideremos, todos tenemos un límite. Como por ejemplo el de la homosexualidad. Y que conste que lo digo para que conste: yo no soy homófobo, de hecho tengo amigos que son presentadores de Telecinco. Pero hay gente que se muestra un tanto incómoda con el tema.

Por un lado, esta gente no puede evitar sentir cierto mal estar causado por su rechazo hacia la homosexualidad. Pero por otro, su afán por querer disimular su reprobación le lleva inexorablemente a la sobrecomoensación, y esta a su vez a la tangente por antonomasia: los amigos gays.

Preguntarle a una persona su postura a cerca de la homosexualidad es como darle un paquete de Donetes; le salen amigos gays por todas partes.

Pensándolo bien, la homosexualidad es antinatural, como demuestra el hecho de que no hay ningún animal homosexual. Lo que si que hacen mucho los animales es ir a misa… ¿no?

Aunque este tema daría para una conferencia, ya no es tan interesante. Y es que ser homófobo ya no se lleva; no es tendencia. Hay otras posturas intolerantes más acordes con los tiempos que corren. Más mainstream. Como,  por ejemplo, ser antidieta. Si, es exactamente lo que parece.

Yo me declaro orgulloso militante del movimiento antidieta. Claro que no es la dieta en sí misma lo que me produce rechazo. Sino la gente que la sigue. Tener un allegado que afirma estar a régimen es como tener uno que dice que ha dejado de fumar, cuando en realidad solo ha dejado de comprar tabaco.

“—¿Tienes un cigarro?
—Si. Gracias por preocuparte.”

En este caso tenemos a un señor que se ha propuesto pasar más hambre que el primero que descubrió que los caracoles se podían comer por diversas razones. Interactuar con estos individuos puede llegar a ser incluso peligroso. Se empieza por “oye, ¿vas a comerte esa mancha de ketchup de tu camisa?” y se acaba con:

“Día 4 de la dieta:
Mis congéneres empiezan a encajar en categorias como «alimento» y «presa»

Así que ya sabeis, no os riais del amigo gordito porque que pide una Coca-Cola Light cuando vayais a comer por ahi; podríais ser su postre.

Ya que estamos en un restaurante, otra cosa que me produce intolerancia es la lactosa esta moda de pelar las gambas con cuchillo y tenedor. La última vez que lo intenté se la comió el de la mesa de al lado.

Tampoco tolero a la gente que se despierta de mal humor. Esa gente que pueden ser pedazos de pan durante el día. Pero sus despertares son… complicados.

“—Toda la noche conduciendo sin dormir, ha merecido la pena por ver esa carita.
—¿Traes churros?
—Eh… no. Es que…
—Ve a por churros.”

Hay que entenderles, pues ellos no tienen la culpa de ser como son. Por eso yo, en mi infinita tolerancia, intento no hacer mucho ruido por las mañanas mientras dejo caer la mesita de noche sobre su cara (buscando clavar esquina). Por cierto, y a colación de esto último. Tampoco tolero la violencia.

“¿Ya estas otra vez jugando al Call of Duty? Desde luego, así estáis de asalvajados todo el día viendo violencia y muerte y… ¡Anda, son las cinco! Quita la consola niño que empiezan los toros.”

Ah… Los toros. Todavía me sigo riendo cada vez que alguien dice “si no existiera el toreo, los toros se extinguirían”. Ya sabéis, esa gente que se expresa de una forma tan locuaz que su lógica no admite recurso alguno.

Habla más alto, que todavía no tienes razón.

Cuando oigo a esta panda gente, no puedo evitar imaginarme a Dios dirigiéndose a los dinosaurios.

pequeños animales…

(porque Dios tendría la voz así como profunda)

hermosos y majestuosos como os he creado, vuestro tiempo en la tierra ha expirado. De modo que despedíos de la vida, porque voy a dejar de torearos”

Tampoco soporto a la gente que hace preguntas tontas.

“EN LA OFICINA DE TURISMO:
—Hola, ¿Me da un mapa?
—¿De aquí?
—No, de Narnia. Con los armarios indicados por favor.”

(Tampoco tolero a la gente que responde irónicamente)

La verdad es que, releído este texto y a pocos minutos de publicarlo, me doy cuenta de que no soy tan tolerante como creía. Claro que en este mundo nadie lo es.

Pedir tolerancia es pedir demasiado en un mundo en donde ponemos sabores de todo tipo a lubricantes y preservativos mientras que las galletas integrales siguen sabiendo a corcho.

Cualquiera puede pensar que mi problema es que no tengo muchas ocasiones de usar este tipo de productos eroticos y por eso no soy capaz de entenderlo. ¿Y a vosotros que os importa mi vida sexual? ¿Qué os importa que cada vez que compro preservativos el farmacéutico me advierta de que caducan en cinco años? Mira que os dejo de tolerar ¿eh?

Me declaro también intolerante a los niños malcriados. Cuando veo a un niño tirado en el suelo de unos grandes almacenes en medio de una rabieta que se asemeja más a una posesión demoníaca, porque su madre no le ha comprado lo que quería,  me invade una gran sensación de desconcierto que solo se me pasa cuando palpo el preservativo de mi cartera.

Pero si hay algo que me cause aún más reprobación que el niño en cuestión es la sorprendente habilidad que tienen sus padres para ignorar su perreta completamente. Yo cuando veo este alarde de auto control me gusta transmitirles mi admiración en el mismo tono que ellos usan.

“¡Oh! Señora mía ¡Vaya pulmones tiene su hijo! Y usted, ¡Qué gran educadora debe de ser al no permitir que su retoño haga mella alguna en su carácter con semejante comportamiento! No obstante, y todo ello en virtud de la ciencia, ¿me permite comprobar cuántos raquetazos de canto soporta la cabeza de su querubín?”

En fin… Vaya cafre estoy hecho. Empiezo una entrada alabando las virtudes de la tolerancia y aprovecho para dar rienda suelta a mis miserias. Os pido perdón. Pero ya que estoy, tampoco soporto a la gente que lee mis entradas y no lee también los increibles comentarios que me dejan los lectores. De verdad que sois los mejores. Un saludo.

OFF TOPIC

Hoy, según la app de WordPress, ya hace un año desde que alguien me convenció para empezar con esto de los blogs. Sinceramente, nunca pensé llevar miles de visitas en menos de un año ni muchísimo menos. Máxime cuando sólo llevaba unos meses y no pasaba de 5 o 6 personas de mi cercanía que “se pasaban a ratos” a leer mi sarta de tonterías.

Tampoco esperaba conocer a las maravillosas personas que he encontrado aquí, ya sea por medio de los comentarios o a raíz de la misma app, que posibilita el seguir y que me sigan otros blogueros (si alguien conoce alguna forma de que te sigan no-blogers le agradecería que me la dijera, pues muchos amigos intentan seguirme o suscribirse pero la pag no les da esa opción).

No es que sea muy dado a celebraciones de este tipo porque tampoco tienen gran importancia. Pero desde aquí daros las gracias como he hecho en otras ocasiones por la atención, el cariño y sobre todo por los comentarios que me habéis regalado desinteresadamente y que con tanta ilusión leo. Confío en seguir con esto mientras siga recibiendo vuestros ánimos. Un abrazo.

Eze

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