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SOBREVIVIENDO A UNA NOCHE DE TERROR

EL MIEDO

¿Por qué cuándo te vas a dormir la ropa que dejas en la silla adopta la forma de un psicópata que pretende  matarte?

Nunca lo sabremos, al igual que nunca sabremos a qué viene eso de matar porque si. Quiero decir: por ejemplo, La Matanza De Texas…

¿Pa qué?

Me refiero a qué cuerda vibra en el alma de una persona para que ésta piense un día “oye, ¿sabes lo que hace falta? Más asesinatos con destripamiento”. Como ese directivo que en una reunión de Antena3 dio un puñetazo sobre la mesa mientras decía “¡ya se lo que necesita la gente: Películas de mierda!”. Aunque bueno, al menos A3 pone películas. No recuerdo cuál fue la última película que he visto en Telecinco, sin contar Avatar, claro. Telecinco tiene una curiosa manía, y es que cada vez pone una película no para de poner trailers de 20 minutos hasta que te destripa todo su argumento.

Volviendo a lo de La Matanza de Texas, es que es muy fácil aplicar juicio a una persona solo por ir por ahí reventando gente en lugar de intentar comprenderlo. Nadie se para a pensar si ese señor tiene algún tipo de inquietud. ¿Y si es así porque son las dos de la mañana y lleva desde la una de la tarde con un cortado y donut? Es muy fácil juzgar. Debería daros vergüenza.

Ojocuidado (que es una expresión que me hace mucha gracia), que no se piense que yo comulgo con estos señores. A mí me dan tanto miedo como a vosotros. De hecho las películas de terror me dan pánico. Pero no porque tema que un asesino venga a matarme. Más bien temo que en la vida real haya algún tipo de enzima capaz de hacer que la gente se atonte de tal manera que el malo ya tiene el trabajo hecho. Porque por mucho que las veo no entiendo como sus protagonistas pueden ser tan subnormales.

Como siempre, uno no debe caer en el clásico error de criticar a los demás sin reconocer también sus limitaciones. Y es por eso que yo reconozco, como tantas otras veces, que no estoy para opositar para un premio novel. Como ya he comentado en otras ocasiones, cuando no hay luz en el pasillo lo cruzo corriendo y no me siento seguro hasta que me abro la cabeza contra la puerta de mi habitación. Ese es mi nivel.

Bien, una vez nos hemos sincera todos vamos con el tema que nos ocupa.

TUTORIAL PARA SOBREVIVIR A UNA NOCHE DE TERROR.

Con estas sencillas pautas llegarás a los créditos ileso.

El primer consejo debería ser quédate en casa y aléjate de las cabañas en el bosque, los cementerios, y las casas con sótano. Pero como de ser así no habría argumento para películas de terror, vamos a obviarlo

1- NO SEPARARSE: Lo peor, y al mismo tiempo lo más común en estas películas es la tendencia a separarse. Bien, nunca lo hagas. A menos que seas tú el que ha tenido la idea, en cuyo caso lo mejor para el grupo es separarse… todos juntos… de ti.

2- NO CERRAR EL COCHE CON LLAVE: si algo hay que tener claro en las películas es que tenemos que ser coherentes; no podemos dejar el coche en medio de Manhattan para investigar un crimen (después de haber encontrado aparcamiento en la misma puerta del sitio, por supuesto), y luego irnos a una cabaña en el bosque donde Cristo perdió una alpargata y cerrarlo con llave.

No es solo por coherencia que debemos evitar esta manía, si no por seguridad. Veamos un ejemplo.

Perseguida por el maníaco, la muchacha-objetivo, después de una desesperada carrera desde la casa hasta el coche (otra cosa que nunca entenderé, en la ciudad siempre encuentras sitio en la puerta, ¿pero en el campo dejas el utilitario a tomar por culo cierta distancia de la casa? Coherencia, señores, coherencia), la rubia en cuestión consigue llegar al vehículo, que está cerrado. Con un poco de suerte, tendrá a mano la llave, a no ser que esta esté en poder de su novio, el jugador de fútbol universitario. Cuyas extremidades están, a estas alturas de la película, repartidas equitativa y eficientemente por toda la finca. La persecución se convierte entonces en una cuenta atrás en la que el maníaco se acerca mientras la muchacha tiene que probar en todas, si es como yo, que en un llavero de 3 llaves suelo acertar al cuarto intento, el final de la película está servido.

3-NO CORRER POR EL CAMPO, Y MENOS DE NOCHE: Si algo nos han enseñado las rodillas peladas y el labio partido de la protagonista es que correr a oscuras por un terreno abrupto y mirando hacia atrás es una mala idea. Fijémonos en el maníaco. Él no corre, solo camina, y con cierta parsimonia además. Siempre alcanza a su víctima, y encima esta descansado cuando eso pasa.

5-COMPROBAR ASIENTO DE ATRAS: Incluso habiendo cerrado el coche, el malo siempre se las arregla para colarse en el asiento de atrás. Teniendo en cuenta el tamaño medio de un coche americano, podría tener hasta un puesto de carnicería sobre la alfombrilla, cuidado.

4-NO HACERSE EL HEROE. Es preferible huir para llorarla a ella que lo contrario.

5-NO TE FIES DE NADIE: casi siempre resulta que uno de tus queridos amigos tenía algo que ver con el asesino, quizás esté de su parte o quizás tenga la culpa de su aparición por desavenencias pasadas entre ellos dos. En cualquier caso, pega el culo a la pared y apuñala a cualquiera que desaparezca misteriosamente para reaparecer otra vez con cara de ¿Qué, qué pasa, por qué me miráis así?

5-REMATA AL MALO. O al menos llévate su arma. Puede parecer que esta norma puede entrar en conflicto con  la número 3. Nada más lejos de la realidad, apalear (si es con su propia arma, mejor) al malo que se ha caído porque alguien le ha dado una patada en la cantimplora o alguna caricia similar siempre es más sensato que seguir corriendo y darle al sujeto en cuestión la capacidad de recuperarse.

SI TIENES QUE ELEGIR ENTRE DEJAR A ALGUIEN DETRÁS O DELANTE, OPTA POR LO PRIMERO: Quizás este consejo pueda sonar apolítico, por lo que es mejor resumirlo de la siguiente manera: las cebras no necesitan ser más rápidas que el león, solo tienen que ser más rápidas que las otras cebras.

7-PASADA LA PRIMERA PARTE DE LA PELICULA, NUNCA ES UNA BROMA: En toda película de terror que se precie, siempre hay un primer amago de susto que resulta ser uno de los amigos cachondos con ganas de reírse del personal. Lo malo es que te hace bajar la guardia, lo bueno es que el bromista siempre muere. Ocurrido el primer asesinato, si después de que tu amigo el gracioso se haya ido a hacer cualquier cosa, le pierdes de vista y no contesta a tus llamadas, lo mejor que puedes hacer es disparar a lo que aparezca. En el mejor de los casos habrás acabado con una amenaza, y en el peor habrás  librado a tu grupo de un imbécil peligroso.

ALÉJATE DEL ESCÉPTICO: Aunque no es el primero en morir, pues ha de morir una primera persona para darle la oportunidad de no creérselo, Este protohipste no tardará en descubrir que estaba equivocado, y por lo general de una forma bastante dolorosa.

Así pues, si sacamos el común denominador de todas las pautas no sale una sola lección muy clara: Espabila.

Espero que este pequeño tutorial os haya servido de algo. Si es así, amigos de Yutiuv ya Dejese laik, y suscríbanse pinches weones

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Las lluvias.

Para esta semana iba a subir una entrada diferente a esta. Pero he tenido la oportunidad de escribir esta en estos últimos días, ya que me he tomado unas minivacaciones para disfrutarlas con mi pareja y NO HA DEJADO DE LLOVER. Ha sido como si el dios escandinavo del trueno hubiese decidido veranear en Canarias y de paso mantenernos en casa.

“—Mi nombre es Thor, como el sonido del trueno.
—El mío es Luis, como el sonido que haces al quitarle el precinto al DVD”

La lluvia es un simposio de curiosidades que, cuando uno repara en ellas, encuentra apasionantes temas de disertación como una teoría que he elucubrando con relación a los Runners y el agua, se denomina Teoría de los Runners y el agua de Eze, en honor a su autor.

Un Runner no para nunca. Haga frío o calor. Un Runner no hiberna. Tampoco se toma vacaciones de su deporte en verano. Un Runner no para ante  nadie. Los hay que siguen corriendo ante semáforos en rojo. Sin embargo empieza a llover y el Runner se detiene. Todo el mundo empieza a correr, ¡y él se detiene! Algo malo debe de tener la lluvia para que un Runner se rinda ante ella.

No es que la lluvia no sea de mi agrado, pero es que no ha parado de llover en tres días. Y si ya la lluvia es un problema, la gente es mucho peor. O empiezan a exigir un carnet para la gente que lleva paraguas por la calle o me dejan a mí llevar armas de fuego.

¿Es que no se dan cuenta de que ese arma mortal es gigantesca y la acera muy pequeña? Encima yo no soy precisamente pequeño y aquí hay más de una que bien podría caminar por debajo de la cama, que le huele la cabeza a pies, vamos. Y es por eso que el citado artículo me queda a la altura de los ojos…

Se cruzan contigo esgrimiendo esa cosa y encima de que casi te dejan tuerto te miran por encima del hombro como si fueses un violador. Como si fueras por ahí con tu ojo como punta de lanza para importunar a las pobres asquerosas que intentan por todos los medios que no se les estofe el pelo.

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Porque esto es así: cuando llueve las mujeres piensan “esta lloviendo, se me va a estofar el pelo y estas bonitas sandalias romanas que he elegido inteligentemente para una mañana lluviosa de otoño se me van a estropear”; mientras que los hombres son más de “está lloviendo, así se me lava el coche”. Porque algunos somos muy nuestros. Como mi vecino: La primera vez que le vimos lavando su coche resultó que era una moto.

Los pedidos acumulándose en el Mcauto de Telde:

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REST IN PEACE LOS MEGAS DE LA FACTURA DE OCTUBRE.

En Gran Canaria hemos tenido una semana interesante con este tema ya que ha llovido más que en los últimos años, y como la isla no está preparada, nos encontramos con problemas como este.

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A este problema le sigue otro: la gente no para de enviarte videos y fotos de gente flotando. Resultado: los megas de la tarifa de octubre por el sumidero (nunca mejor dicho). Tengo videos y fotos de inundaciones y riadas en el móvil como para montar dos secuelas de Titanic.

Un minuto de silencio por todos los megas muertos en estos últimos días.
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⌚👀
Joder queda un huevo…
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En fin, que vuestro luto sea interno.

Cada vez que llueve tengo que aguantar a algún gallego diciendo “¡Eu! Que esto en Galicia… ni es lluvia ni es nada ¿eh?” es el mismo que una vez dijo “¡Eu! Voy a imitar a un canario: ‘Yayo Yayo Yayo…'”. Aunque a día de hoy sigo sin entender del todo su gutural forma de pedir atención, he de decir que tiene razón en lo referente a las lluvias.

Ha llovido mucho, si. Pero no tanto como suele llover en otras partes de España en donde a penas han ocurrido la mitad de percances que aquí. Conclusión: vamos a morir todos este invierno sin falta.

En fin. Puede que nos ahoguemos, que seamos ensartados por un paraguas, o que muramos electrocutados al intentar enchufar el cargador al móvil con tanta foto de agua dentro pero, pesimismos a parte, me encanta la lluvia. Estar en casa cuando llueve se me antoja una experiencia tan placentera como cuando acabas de aparcar y alguien te pregunta si vas a salir. Oh…

Pero…  ¿Por qué me gusta tanto estar en casa cundo diluvia? ¿Será por la relajación que solo puede provocar el ruido de la lluvia? ¿quizás por el regalo para la vista que representan gotas resbalando por el cristal de mi ventana? ¿o quizás, a riesgo de parecer mezquino, es por el regocijo que supone el saber que hay gente que se está mojando y yo no?

Aunque todas son válidas. Ninguna de ellas se acerca tanto a la verdadera: ESTOY EN CASA Y MI NOVIA NO ME DA EL COÑAZO PARA SALIR. Ohhh seeeeeeeee… No hay ningún “vamos a dar una vuelta”, ningún “Hay que comprar esto o aquello” hasta el “baja la basura”  encuentra aquí su proroga. Así que aquí estamos mi novia y yo. Viendo caer la lluvia por la ventana mientras las planchas de uralita del vecino del bajo tocan su particular batucada.

Que bonito es compartir estos momentos con la persona que quieres… De verdad que a veces la miro y me dan ganas de poner el pause a la Play para darle un beso. En cuanto guarde la partida le digo que la quiero.

Sin más me despido entre chubascos, no sin antes daros un par de consejos: tened cuidado donde pisais, evitad coger el coche, y sobre todo…

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CORRER V: Alternativas al running

“El ser humano solo usa el 10%de su matrícula de gimnasio”  Albert Einstein.

¿Por qué dejar el Running? Pues porque estoy sufriendo bastante rechazo social. Ya estoy harto de que la gente se me acerque y me pregunte “¿De qué huyes? ¿Tu amigo va a hacer una mudanza?”

Vosotros reiros. Pero el running podría ser un problema. Cuando todos esos yonkies que corren para no pensar en la droga vuelvan a engancharse a ver quién los persigue cuando te roben el móvil para cambiarlo por un bolo.

Yo empecé en esto del running por casualidad. Eran esas corazonadas que me daban cuando veía gente correr en domingo y cosas así. Yo veía todos esos señores corriendo y pensaba: Al final va a haber que hacerse Runner. No sea que un día caiga un apocalipsis Zombie y todos corran más que uno.

BUSCANDO ALTERNATIVAS

Cuando una persona comete la inmoralidad de salir a correr porque sí. Tiene que tener por seguro que, a menos que tengas quince años, a la larga empezarás a notar el desgaste endémico de esta práctica. Yo no tardé demasiado en empezar a verme aquejado de serios dolores de rodilla. Tenía  que buscar una alternativa sana a eso de correr por ahí que me llenase tanto o más que el running.

No me hacen mucha gracia las máquinas de gimnasio, excepto una en la que metes un euro y te sale un Bollicao. Las pesas tampoco so lo mío. Total, que llevo dos meses apuntado a un gimnasio. Y lo único que he perdido son 90 euros. Puede que así, vestido, aún no se me note, pero esperad a que termine el verano y haya que ir a tomar café a un Starbucks…

“—Mi novia me ha dejado porque dice que estoy obsesionado con el gimnasio.
—Qué fuerte…
—Gracias. Toca, toca”

En estos enclaves para cultivar el cuerpo (los gimnasios, no los Starbucks) hay muchas actividades que hacer. Y una de ellas me interesó lo bastante como para apuntarme: el Bodycombat.

El Bodycombat es como el aerobic de toda la vida. Solo que pegando patadas al aire o a un extraño saco de boxeo que en lugar de pender suspendido de una cadena se alza desde el suelo hasta alcanzar la altura de una persona. Pues bien: durante la primera semana asistí a las lecciones que un simpático señor bajito (hasta el punto de que le olía la cabeza a pies) impartió lunes, miércoles y viernes. Todo muy bien, pues gracias a mi pasado Runner logré estar a la altura. Un poco de cuidado de no resbalar con los calcetines al ejecutar las patadas al saco y listo.

Mi frustración comenzó el primer día de la semana siguiente.

El sábado ya había ido al Gato largo (Thecatlong) a adquirir ciertos artículos como unas vendas elásticas para transformar mis puños en herramientas de muerte y destrucción y un calzado especial para deportes en parquet sospechosamente parecido a unas bailarinas. Y eso que a mí este tipo de indumentarias no me despierta mucha confianza. Las vendas para las manos, por ejemplo, tienen un cierre parecido al de un sujetador. Baste decir que hace años cogí un sujetador de mi hermana para practicar con el cierre.No pude abrirlo y me dio mucha vergüenza decir algo. A día de hoy todavía lo llevo puesto. Lo uso para colgar mi GoPro.

Así que allí estaba yo el lunes a las 18:30 horas (hora zulú) entrando al gym caracterizado como el guerrero ninja de la tonificación muscular. Cuál no sería mi sorpresa cuando al mirar el horario del tablón de anuncios me doy cuenta de que habían cambiado mi clase de bodycombat por otra llamada cardiocombat.

Ante aquella adversidad me dirigí a la fofisana de la recepción (porque los gimnasios de más de 39’99 al mes cuentan con recepción) a pedir una explicación ante tamaño desastre. La muchacha me aclaró que la clase era la misma. Pero que en ocasiones se le cambia el nombre a las clases porque los nuevos cánones deportivos apuntan a tal o cuál otro por motivos de atraer al público.

Por mi parte lo veo una estupidez, qué queréis que os diga. Es como si el domingo mi novia me manda a pastorear pelusas en vez de a barrer.

Resignado, me interné en el área de bodycombat cardiocombat y efectivamente, ahí estaba mi amigo el corpocorto. Presidiendo el calentamiento como si tal cosa. Como si no tuviera que ver con el inmenso sentimiento de vacío que atenazaba mi alma, el puto enano karateka.

Curiosamente, la clase fue exactamente igual que la semana pasada. Mismos movimientos, misma música. Solo cambió una cosa: los alumnos. No había ninguno de los que habían empezado conmigo. Lo cuál llenó mi mente de preguntas mientras aporreaba rítmicamente aquel saco.

¿Dónde estaban los antiguos alumnos?

¿Habrían mal interpretado el cambio de nombre como un cambio de horario y habían dejado de venir pensando que aquella clase había sido trasladada o, peor aún, anulada?

¿O quizás se trataba de algo mucho peor? Cabía la posibilidad de que el cambio de nombre de esta disciplina fuera algo periódico. Cabía la posibilidad de que se vieran obligados a hacerlo para evitar las sospechas suscitadas de que algo atroz estaba pasando en esas clases. Cabía la posibilidad de que los alumnos hubieran estado muriendo víctimas de la extenuación o alguna patada voladora errada. Cabía la posibilidad de que el cambio de nombre no fuese la única estratagema para ocultarlo, y que sus cadáveres hubieran pasado a rellenar aquellos sacos de boxeo. Cabía también la posibilidad de que la falta de oxígeno me estuviera afectando al cerebro.

Fuera como fuese, a la semana siguiente, cuando comprobé en el tablón que el cardiocombat había vuelto a mutar para renacer como dancecombat. Me di cuenta de que no estaba hecho para cambios tan frecuentes y tan poco motivados. Dejé  de ir a aquellas clases infernales y volví a running, pero running, running. No esa tontería de correr que hacen los pobres. No os dejéis engañar: hay una gran diferencia entre un corredor y un Runner (240 euros en equipación fosforito).

El hijo del viento, me llaman. Pues ya se sabe: cuando te muerde el gusanillo…

“—¡Me ha mordido un runner!
—¡Una ambulancia, rápido!
—Ya voy yo mismo corriendo
—¡Aguanta! ¿Cuál es tu grupo sanguineo?
—Supinador
—Lo perdimos”

He aprendido algo. Y es que si algo te va bien, mejor no dejarlo. Ya encontraré alguna manera de cultivar mis músculos. Por cierto, para marcar abdominales, ¿alguien sabe qué prefijo es?

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¡VACACIONES! YUJUUUU

Estoy bastante seguro de que el nivel de vuestro aprecio por mí ha bajado sustancialmente conforme visionabais ese “yuju”.  Apuesto a que, visto lo visto hasta ahora, esperáis que os detalle con saña unos planes vacacionales idílicos consistentes en una vida feliz y cara de una semana de duración.

Deberíais avergonzaros de pensar así de mí. ¿Cuándo os he fallado yo? A estas alturas no vale de nada intentar negar mis pretensiones de mataros a todos. Pero nunca he dicho que fuera a torturaros antes.

“¿Te vas de vacaciones? ¿Cuántos días te quedan hasta que empiecen? ¿A dónde vas? ¿durante cuánto tiempo?”

¿Alguien ha escuchado o planteado esta pregunta alguna vez en su vida (las madres no valen)? A que no… Pues entonces ¿Por qué la gente no para de dar ese tipo de datos en lugar de dar otros más interesantes como el pin de su tarjeta?

“—¿Qué tenemos?
—Varón, raza blanca. Pasó la mañana dando detalles sobre sus planes para sus vacaciones. Presenta claros signos de violencia extrema.
—Merecida
—Totalmente”

Yo he puesto en funcionamiento varias medidas para lidiar con el tema de los que se dedican a compartir sus planes vacacionales. Entre otras estratagemas he hecho circular por la oficina el rumor de que pertenezco a una banda de ladrones albano-kosovares. Así la gente se cuida muy mucho de hacerme saber que va a viajar.

Por cierto, pequeño apunte con relación a los que desgastan la frase “ambos inclusive”: siguen siendo cuatro días de mierda.

Yo, por mi parte, para decidir a dónde voy en verano lanzo un dardo a un mapamundi que tengo en la pared. Y allí paso todas las vacaciones, lanzando dardos a la pared. Porque como en casa no se está en ningún sitio. Y vosotros estáis tan de acuerdo con esto como con la política de cookies.

Permitid que me explique antes de que alguien me corte el cuello con un billete de Ryanair: ¿Cuántas veces habéis tenido un percance con alguien, sea amigo o conocido? Alguna de estas veces habréis usado cierta frase que, sin ser de mi invención, la he adoptado como mía por lo mucho que me ayuda a afrontar estos quebrantos con amigos, compañeros de trabajo, la policía etc… Dicha frase reza de la siguiente manera:

“con lo agusto que estoy en mi casa… “

Amigos y amigas, esa frase vale para todo tipo de discusión.

“¿Que no vuelva a llegar tarde? Venga hombre, con lo a gusto que estoy en mi casa.”

Pues si te ofende lo que digo me voy. Con lo a gusto que estoy en mi casa…”

“¿Aviso de desahucio? Si hombre, con lo a gusto que estoy en mi casa”

¡Y es verdad! Por muy bien que te lo montes en tus viajes de ocio, como en casa en ningún sitio. Lo que pasa es que haces lo imposible, ahorrando o hipotecando hasta al perro, para pagar cualquier cosa que te saque de tu vecindario porque sabes que lo peor no es no irte de vacaciones,  sino tener que regar las plantas, recoger el correo y cuidar de la mascota de los que sí se van.

Llamadme mal vecino si queréis. Pero yo nunca hago ese favor. Ya en su momento postulé sobre el hecho de que la conversación ascensoril sobre meteorología debía ser el único nexo de interacción vecinal. Argumentando con pruebas fehacientes que superar esa línea tan solo conllevaría la muerte contratiempos.

Digan lo que digan los pelos del culo abrigan en casa se está muy bien. Además siempre hay cerca algún vecino con piscina que poco a poco se va haciendo amigo mío (aunque él no lo sepa).

Y es que ¿a dónde vamos a ir? ¿A un hotel? Altamente (no) recomendado. El último hotel en el que estuve era un hotel tan cutre y triste, que en vez de recepcionista tenía decepcionista. Las cucarachas eran gigantes. Un día, una enorme se me acercó a la hamaca y con un extraño acento me dijo. “Vamos a hacer Aquagym. ¿Se apunta?”

Presa del pánico, salí despavorido llamando al personal del hotel en busca de ayuda, pero el de las hamacas me tranquilizó aclarándome que la cucaracha en cuestión era un animador senegalés muy simpático que llevaba en la nómina del hotel varios años.

El Todo Incluido es lo que tiene: empieza uno a tomar cerveza desde bien temprano y luego el alcohol le juega malas pasadas. Cuál no sería mi nivel del mismo en sangre que no me calmé hasta conseguir que el conserje  rociase al senegalés con insecticida, por si las moscas. Al ver al muchacho tosiendo en el suelo hecho un ovillo me quedé más tranquilo: A las cucarachas de verdad los insecticidas no les afectan.

EL SÍNDROME POSTVACACIONAL Y TÚ PUTA MADRE

“—¿Qué tal las vacaciones?
—Cortas.
—Jajajaja, qué original eres.
—Y tú qué gorda.”

A todos nos toca volver a la rutina, ya sea de un viaje a Tailandia o de lanzar dardos en la pared de nuestra habitación. Y la rutina trae este mal cada vez más reconocido entre los expertos.

Pocas cosas a parte de la paciencia son verdaderos paliativos de este problema. Pero curiosamente y por el contrario, hay muchos posibles agravantes. Como por ejemplo insistir en revelar, paso por paso, todos y cada uno de los detalles de tu viaje.

“—Muy buenas las 508 fotos de tu viaje. ¿No tienes más?”

Ante este tipo de personas tan elocuentes, recordad: No hay ningún contratiempo en la vida que no arreglen ocho puñaladas en el tórax.

El que suscribe desconoce totalmente la relación entre el síndrome citado y el Karma, pero sabed que la intensidad del mismo es directamente proporcional al coñazo que deis con vuestras hazañas estivales.

A modo de despedida, voy a irme. Y no porque yo quiera sino porque lo digo yo. ¡Feliz síndrome postvacacional a todos!

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UNA PRESENCIA EN MI HABITACIÓN

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Llegó el verano. Algo que habréis podido comprobar porque sales a la calle a fumar y el cigarro se te enciende sólo, y por las diecinueve veces que lo he anunciado en otras entradas. Soy plenamente consciente de que estoy un poco pesado con el asunto, pero es que esta época del año nos trae un amplio abanico de temas que abordar.

Y uno muy importante es aquel que glosa sobre esas nuevas amistades que aparecen con el calor. Y me refiero a algo más que surferos buenorros y chicas en bikini con las que ya estoy harto de tratar. En serio,  me agobian, todo el día detrás mía para que les unte aceite a esas partes del cuerpo a las que no se llegan y son tan delicadas. Todo el día “masajéame Eze, que nadie me masajea como tú”. Creen que van a convencerme con halagos. Estos surferos…

¿Ya habéis terminado de tocaros? ¿seguimos? Gracias. Como decía, hay ciertas amistades nocturnas con las que tenemos que lidiar. Reconozcámoslo: hay noches en las que, más que acostarte, te rindes. Y te da exactamente igual lo que te pase con tal de cerrar los ojos y soñar. Pero ahí es donde entran estas amistades.

Estoy hablando de los vampiros mosquitos, esas oscuras clavelinas que aprovechan el verano, cuando los pijamas hibernan, para ir de esquina en esquina atacando a diestro y siniestro (según en que lado de la cama duermas) nuestra nívea e indefensa dermis.

Quería hablaros de este tema porque me da la gana siento la necesidad de compartir con vosotros mi dolor, o más bien mi picor: Lo que me picó anoche podría rescatar perfectamente a Gandalf de cualquier torre. Por cierto, siempre me quedó ese resquemor con Gandalf…

“—¡Gandalf, vienen los orcos!  ¡Llama a las Águilas!
—Nah… Ya si eso las llamo más tarde, cuando haya muerto la mitad de la gente.”

No exagero al asegurar que el que suscribe se ha visto obligado a lidiar con bichos grandes, pero grandes grandes. Y no me refiero a cuando estás en la discoteca y las copas unidas al implacable avance del amanecer te obligan a bajar el listón de forma considerable.

“—Disculpe, ¿dónde está la salida de esta discoteca?
—Allí, la rubia de la minifalda.
—Me refiero a la de emergencia.
—Ah, no te había entendido. Esa gorda de gafas.”

Me refiero a esos pterodáctilos de desconocida procedencia que aparecen como por arte de magia en la habitación. En serio, para que una bestia de semejantes dimensiones haya entrado en mi casa debería aparecer con el marco de mi ventana colgando de su cuello. Sin embargo han allanado mi morada al amparo del sigilo.

No quisiera parecer exagerado, pero una vez maté uno tan grande que el SEPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) se presentó en mi casa para pedirme la licencia de caza mayor. Yo intenté salirme por la tangente alegando que tal cacería no había tenido lugar, pero mi novia, con tal de llevarme la contraria, les enseño una foto que me sacó mientras lidiaba con el problema:

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Aún aportando este documento gráfico, cabe la posibilidad, por escasa que sea, de que alguno de vosotros esté leyendo esto y piense “qué exagerado”. Quizás sea de esas personas a las que nuestros amigos voladores no pican. Todavía no se por qué ocurre este fenómeno. Por qué pican más a unas personas que a otras: mi novia se despierta como si nada y yo en cambio me despierto y los mosquitos me han dejado en la mesa de noche un zumo, un sándwich y una tarjeta de donante sellada.

Y es que al final los mosquitos no son tan mala gente. En mi habitación hay uno que me visita todas las noches. Tenemos tanta confianza que hasta nos hacemos selfies juntos y los colgamos en nuestras respectivas cuentas de Instagram. Pues sí, ¿qué pasa? ¿Qué no puedo tener un amigo imaginario al que acabe matando? Vosotros también lo haceis. Se llama Cristianismo.

A colación del tema de publicar fotos en el Instagram, si queréis ver dichas fotos debéis visitar el perfil del mosquito, pues yo he decidido convertir mi cuenta de Instagram en privada porque hay una gripe muy mala corriendo por ahí.

ESE DICHOSO ZUMBIDO

Este tema es posiblemente el que más me enerva de estas visitas inesperadas. Puede parecer un ruido involuntario como el que hace el motor de un coche o tus pasos al caminar. Pero yo no albergo la menor duda de que detrás de esa sonata insoportable hay mucha maldad, alevosía y orgullo.

Los susodichos son perfectamente capaces de picarte en la punta de la nariz. Y tú, aunque sepas que están por los alrededores, te percatarás del ataque cuando empiece el picor y no antes. Cuando el daño esté hecho y con un poco de suerte no nos haya pillado dormidos. Porque es entonces cuando nos rascamos sin cuartel y convertimos una picadura en una herida abierta y abrasiva.

Así son ellos. Auténticos ninjas alados. Pero no, antes de picarte se dan una ruta turística consistente en dar una vuelta o mil al rededor de tus oídos. Resultado: te pasas la noche escuchando más zumbidos que en una conversación de Messenger entre dos quinceañeros. Lo que me lleva a:

ARMAS CAZAVAMPIROS

Es esto último que postulo lo que me lleva a añadir que, posiblemente, esos aparatos eléctricos que emiten un zumbido que ahuyenta a los subversivos no los ahuyentan per sé. Sino que su zumbido se ve eclipsado por el del invento. Cosa que daña su amor propio sobremanera, siendo entonces obligados por su honor y su orguyo a irse con la música a otra parte, en busca de oídos más agradecidos.

La de inventos que han salido para librarnos de los mosquitos. Yo cuando estoy en la terraza por las noches, asistiendo a la matanza de bichos en mi lámpara con rejilla eléctrificada habilitada a tal efecto, me imagino a los pobres insectos acercándose a su final dicendo “conmigo será distinta, a mi me quiere”.

Otra cosa que nunca entenderé es lo inteligentes que son: están toda la noche zumbandote en la oreja y picándote. Entonces vas tú y das la luz (como si pensaras en serio que los vas a ver) y ¿Qué hacen ellos? Se están quietos como un Runner cuando empieza a llover. Curiosamente, al quedarse quietos, son imposibles de ver. Uno empieza a dar vueltas por la habitación mirando al techo y sintiéndose como un maldito T Rex.

La batida arroja resultado negativo. Pero ya estas despierto, así que toca the next level, el arma secreta, el def con 4:

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Cuando optamos por esta medida extrema tenemos que tener presente que hemos de dormir en la misma habitación que estamos fumigando y, más importante todavía, que hemos de despertar a la mañana siguiente. El efecto nocivo de abusar de los químicos es conocido por todos:

“-Jack, narcóticos. ¿Qué tenemos?

-Los traficantes han escapado y no sabemos qué ha sido de la droga, señor dragón.”

Yo por mi parte soy muy parco en el uso de estos aerosoles. Creo que es mucho más efectivo usarlo con mesura, y una vez alcanzado el objetivo, abrir la ventana y dejarlo libre gritando:

¡Y cuéntale a los demás como las gastamos aquí!

Así pues, si esta noche oís un zumbido, experimentais picores. Podría deberse que no os habéis duchado nuestros amigos de la nocturnidad y alevosía han honrado nuestra casa con su presencia.

Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero o entras o sales, que se escapa el gato hostia”

Sin más me despido de vosotros amigos y amigas. Y, como dicen los mosquitos: “Ya sabéis niños, ninguna sístole sin su diástole. ¡No vayamos a tener un disgusto!”

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PSICOLOGIA PAREJIL

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¿Nunca os ha pasado que estáis en la cama y os despertais desorientados sin saber por qué lado está la pared? Pues escribo esto desde el suelo.

Está bien, está bien. No se ha tratado de una falta de orientación por mi parte. La razón por la que me han echado de la cama y he tenido que instalarme en el sofá es que hablar con mi pareja es como las piedras flotantes de Humor Amarillo: das un paso en falso y acabas hasta el cuello. Pero es que mi pareja es muy complicada…

“—Te lo tomas todo al pie de la letra.
—¡Las letras no tienen pies!”

La vida es un continuo cambio. El día a día es vertiginoso, oscilante, hoy estás aquí y mañana no sabes. La tecnología avanza de forma exponencial,  cada vez más rápido. El tiempo meteorológico parece haberse vuelto loco. Ya hace tiempo que el frío tenía que haberse retirado y por contra, este verano será al menos un grado y medio más caluroso de lo habitual. Todo cambia, amigos.

Pero  hay algo que no cambia. Algo de lo que podemos estar seguros al cien por cien, un madero al que sujetarnos en esta marejada de permutaciones, y ese algo es el hecho inmutable y eterno de que nunca entenderás a tu pareja.

Y eso que la cosa empezó bien: chico conoce a chica, chica lo manda a paseo al principio… y eso que en mi caso yo le entré de una manera caballerosa y cordial. Destacando su belleza y regalándole un hermoso cumplido.

“—Me encanta el piercing que tienes en el labio. Me recuerdas aún mero que pesqué una vez.
—Ya. Qué gracioso… ¿A qué te dedicas?
—Soy músico, como puedes ver. ¿Y tú?
—Modelo.
—Pues no eres muy guapa.
—Y eso es un puto ukelele.
—Touchez.”

Pero mis alabanzas no alcanzaron el objetivo perseguido. Mi diosa no cayó rendida a mis pies; estaba claro que era una mujer moderna,  muy por encima de las anticuadas costumbres del cortejo que integraban la estructura de mi plan de ataque. Probé entonces con algo más radical. Ya que no podía conquistarla por medio de lisonjas, pensé que quizás le gustaría que fuera más directo.

“—Tú y yo juntos, una chimenea, una alfombra y una botella de vino. ¿Qué te parece?

—poco vino”

Sin embargo eso no hizo más que generar aún más ganas de conquistarla. Porque los hombres somos así. Cuanto menos nos quieren, más queremos. Y cuanto más atención nos prestan, menos nos interesamos. Así somos los hombres.
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Sólo los hombres.
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¿verdad?

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Ah, el amor. Qué sería de las compañías telefónicas sin aquellas eternas e interminables despedidas de los enamorados adolescentes. Yo también las tuve:

“—Cuelga tú.
—No, cuel… (tono)“

Y es que los enamorados son como los borrachos; sólo te caen bien cuando estás como ellos. En fin, el caso es que mi noviazgo fue un idilio digno de la más empalagosa de las películas amorosas, solo hacía falta que uno de los dos fuera un vampiro cabezón para que Hollywood nos hubiera comprado los derechos.

“EDWARD: Percibo los pensamientos de la gente

BELLA: No me extraña con esa pedazo cabeza…

EDWARD:¿Qué?

BELLA: Emm… que quiero ser vampiresa.”

Como decía, todo era amor y cariño. Lo pasábamos tan bien juntos que no lo vimos llegar, y llegó…

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Llegó el día de la boda. Y con ella los problemas. Admito que yo tuve cierta parte de culpa en que la ceremonia no fuese lo bastante maravillosa. No quería conformarme con el tópico de que el día de la boda es en realidad “el día de la novia” y por ello puse todo de mi parte en la organización, la decoración, y el guión.

“—*PERO NADIE PUEDE CON EL PORTADOR DEL ANILLO…*

—En serio, Eze. Que hagas que tu sobrino de cinco años lleve los anillos lo aguanto, pero que hayas hecho al cura decir esa frase poniendo la voz grave mientras nos acercamos al altar no te lo perdono. *¡NO TE LO PERDONO!*

Pensándolo bien, en vista de cómo fue la ceremonia (y mi vida) a partir de ahí, podía haber elegido otro momento para hacerme el gracioso. ¿Recordáis aquella frase de “que hable ahora o calle para siempre”? Pues mi mujer la entendió al revés. No ha parado de cascar desde que le puse el anillo, y no precisamente cosas bonitas. Y eso que es una frase que no da lugar a malentendidos…

“—Quien tenga algo que decir que hable ahora o calle para siempre.

—Eso ya lo he dicho yo, usted diga «sí, quiero».

—Ah. Perdón.

—…

—¡Decid algo, cabrones!”

Para no aburriros con mi boda, baste con decir que fue memorable. En cualquier caso, tuviera el desenlace que tuviera, no es más que una noche en una vida de sufrimiento pareja. ¿Quién podría estar enfadado con su cónyuge después de tanto tiempo?

Errar es humano, echarlo en cara diecisiete veces al día durante siete meses es humana.

Porque las mujeres no se equivocan. Mi mujer por ejemplo es capaz de distinguir si una chica lleva extensiones en el pelo a 200 metros de distancia, pero los stops y los ceda el paso se le siguen atragantando.

Cuidado, a ver si no se va a entender esto como yo quiero. Mi pareja no es ningún ogro, es una magnífica persona y yo,  a día de hoy, no se qué  hazaña habré hecho en esta vida o en la otra para que me haya elegido.

Porque amigos, no nos confundamos. Las mujeres son las que nos eligen. Y eligen con confianza y seguridad. No como cuando eligen qué ropa ponerse.

“—Cariño, ¿juego con un 4-4-2 o un 4-3-3 con el Madrid en el FIFA?
—Yo de eso no entiendo, Eze.
—Ni yo de qué falda combina con esa blusa, pero bien que me lo preguntas.”
—Vaya humos tienes hoy… ¿Has visto mis hormonas para lo del embarazo? Estaban junto a tus vitaminas para el running.
— Tú sabrás
— ¿Qué te pasa?
— ¡Nada!
— Eze… ¿Te has tomado mis pastillas?
— Preguntale a tu amiguita
—¡Eze!
—¿Me quieres?”

La verdad es que, rompiendo una lanza a favor de mi novia (yo rompo lanzas a su favor, ella me las parte en la cabeza) nosotros los hombres somos complicados. Bueno, no somos complicados, a decir verdad somos bastante simples. Nosotros no os entendemos a vosotras, y ello frustra a ambos. Vosotras, igual que sabéis perfectamente si la noche para la que os preparaid acabará en sexo o no antes de salir por la puerta, a nosotros nos entendéis perfectamente desde el principio, el problema es que no os gusta lo que entendéis.

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EL RECURRIDO Y GASTADO “QUÉ”.

Cuando un hombre, en medio de una conversación importante con su pareja, pregunta en un momento dado “¿Qué?” a vosotras os puede parecer que lo dice porque no ha entendido lo último que le habéis dicho. Cuando en realidad os ha entendido perfectamente. Sólo pretende disponer de un pequeño lapso de tiempo para pensar una excusa mientras estáis repitiendo la pregunta.

La mujer también usa mucho este recurso. Pero su finalidad es bien distinta: cuando dice “¿Qué?” también ha entendido a la primera, pero esta dando, en su infinita magnanimidad, otra oportunidad a su pareja para que recomponga la frase y pueda salir del remolino de lava al que se dirige si sigue por ese camino.

“—Eze… No hay nada en la tele esta noche, ¿te parece que…  juguemos un poquito? Jijiji
—Claro nena…  Jijiji
*Beep*
—¿Acabas de encender la Playstation?
—… ¿Qué?”

Chicas, somos simples. Si os preguntamos si os pasa algo y nos decís que no. ¡Eso es exactamente lo que vamos a entender! No damos para más.

Y a vosotros, chicos: las flores mueren en dos días, los chocolates engordan y los peluches son aburridos. No seáis idiotas, regalad zapatos.

No es seguro, pero es posible que así os libreis del temido tenemos que hablar. Esa temible frase a la altura del ven aquí a ver qué hiciste aquí de tu madre es la última frase que querrías escuchar de tu pareja.

Curiosamente suele ser la penúltima que escuchas.

“—Tenemos que hablar.
—¿Y eso?
—Bueno, en realidad tú no hace falta que hables”

Así que ya sabéis amigos y amigas. Mantener una pareja es de ardua tarea de colaboración (ellos) comprensión (ellas)  y negociación (nadie). No quisiera despedirme sin dejar claro que mi amada pareja no es mala, yo soy el malo, un gandul, un egoísta y un desordenado. Y ella en cambio es muy buena conmigo y me comprende a pesar de todas las trastadas que hago. No la merezco pero ella es tan buena que algún día me cambiará y me hará ser todo un caballero, sensible a sus necesidades y anhelos. Porque todos los hombres somos unos cerdos.

Firmado:
Cristina

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MI BARRIO

De un tiempo a esta parte he pensado que quizás deberíais saber un poco más a cerca de mí. Al fin y al cabo, no estaría bien que os matara un desconocido. Y puesto que algún día cumpliré mi sueño de acabar con todo el mundo. Qué menos que dejar que sepáis algo del elemento de vuestra destrucción.

Vivo en un barrio lejano. Tan lejano que cada vez que vemos un taxi por el barrio nos invaden sentimientos encontrados, divididos entre la tristeza por el dinero que va a tener que gastar el pasajero y la sana y desinteresada alegría de saber que ese taxista puede irse a su casa por hoy, pues con semejante carrera ha cubierto con creces las ganancias del día.

Mi barrio es tan insignificante que a mi casa ya no llegan ni los Testigos de Jehová. Aunque puede que nuestra última conversación por telefonillo tenga algo que ver.

“—¿Si?

—¿Quiere conocer la palabra de Dios?

—Que se ponga él.

—…

Creo que los he descolocado“

En su defensa debo decir que no soy muy agradable al aparato. ¿Qué le voy a hacer? No me gusta que me molesten, por muy importante que sea el motivo.

“—Sí dígame?

—Houston we have a problem…

—¿Diga?¿Quién es?

—Houston, this is Apollo and…

—A ver, ¡¿Tú por quién preguntas!? No sereis de Jazztel, ¿no, cabrones?”

Mis vecinos no son mala gente. Pero al vivir tan lejos de la civilización se pierde esa “clase”, ese saber estar… Vamos, que es imposible salir peinado a la calle sin que algún vecino te diga “¿a’ónde vas, Marqués?

Vivo en un segundo sin ascensor. Lo malo de vivir en un edificio sin ascensor es que se me hace difícil saber que tal es el tiempo que estamos teniendo. Y es que las charlas triviales de ascensor deberían ser el único contacto que tuviésemos con nuestros vecinos. Como si fueran la máxima ración diaria de cordialidad e interacción recomendada que relataba Edward Norton en El Club de la Lucha.

“—Disculpa vecino, en este ascensor huele fatal. ¿te has tirado un pedo?

—Has sido tú

—¿Yo? De eso nada

—¡¿Para qué preguntas pues?!”

Señores, reconozcámoslo. Tener vecinos esta muy sobrevalorado.

“No te acerques a él, es un ermitaño”

¿Qué podemos entender de esa frase? Bajo mi punto de vista hay dos opciones. La más típica, la que cualquiera en su sano juicio entendería:

No te acerques a él; al vivir sólo en el bosque, a penas tiene educación y puede resultar m desagradable o incluso peligroso.

Y la que mi experiencia con los vecinos me haría entender a mí:

No te acerques a él; al vivir lejos de ningún vecino esta muy poco acostumbrado a que vengan idiotas a molestarle y podría sufrir algún tipo de ataque o crisis nerviosa.

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La ley no escrita del Vecino’joputa (patente en trámite) es muy expeditiva, simple y fácil de entender:

No existe comunidad alguna en dónde no residan malos vecinos.

“—Torres más altas han caído.

—Se acabó, vecino. No vuelvo a jugar contigo al ajedrez en la azotea.

—Caballos más altos han c…

—¡QUE NO TIRES MÁS PIEZAS!”

Naturalmente, siempre hay gente que lo niega. Estos Ned Flanders del 2° B presumen de no tener un sólo mal vecino. Pues bien, amigo mío, si ese es tu caso me temo que te tengo malas noticias, TÚ eres el mal vecino. Lo que pasa es que el resto de la gente te tiene miedo, no quieren problemas contigo porque eres de esos que son capaces de despertar a su mascota sólo porque se aburren, y te prefieren feliz y tranquilo a enfadado y peligroso.

Por suerte, los malos vecinos son minoría. El resto somos muy nobles. Por ejemplo el que pone los apodos a todo el mundo en mi barrio se llama Jose Luis. Y nosotros ¿cómo le llamamos? Pues Jose Luis. Así de nobles somos. Somos tan nobles que cuando la policía hace una redada en el barrio y pone a todos los Latín Kings contra la pared, nosotros nos dedicamos a subirles los pantalones.

De todas maneras, a los que no son nobles se les ayuda a serlo. Yo, por ejemplo, si veo que un vecino no recoge las deposiciones de su perro, me apresto a sacar yo mismo una bolsita de plástico, y procedo a asfixiarle sin demora. ¿Qué le voy a hacer? Soy un buen ciudadano. Y eso que no siempre ha sido así. Pues he hecho daño a mucha gente y lo que peor me sabe de todo, es la coliflor.

Aunque buenas personas, algunos de mis vecinos son de lo más peculiares, como un vecino que trabaja en Microsoft. Ya va por el cuarto matrimonio. Las mujeres tienden a dejarle porque no desconecta de su a trabajo como programador de Windows.
“Cariño, espérame para comer que ya estoy llegando, me faltan 30 minutos… 2 horas… 30 segundos… 56 minutos… 2 dias, 25 minutos…  35…”

Aquí hay vecinos de todos los colores. Por ejemplo tengo uno calvo que todos usamos como punto de referencia (al lado del calvo, el que vive debajo del calvo…). También tengo otro que esta tan gordo que más que punto de referencia se ha convertido en punto cardinal.

Luego está, como no, el vecino que no para de pedir favores. Este señor va por la vida con la frase “el no ya lo tengo”. Frase que acaba haciendo que no te coja el teléfono ni tu madre. Pero a él le va bien. Y le va bien porque tiene el increíble don de no caer en las indirectas hostiles que le lanzamos el resto de convecinos.

“—¿Me puede decir la contraseña del Wifi de su bar?

—Tómate un café por lo menos, cabrón.

—¿Todo junto o separado con guiones bajos?”

Así son mis vecinos y así es el sitio en donde vivo. Pero vamos, yo soy feliz con poco (tampoco he tenido la oportunidad de probar a serlo con mucho) y mientras cuente con un techo sobre mi cabeza, agua corriente, electricidad y 100 megas de Internet me apaño bastante bien.

En fin, No quisiera despedirme sin desearos  mucha suerte a todos los que estáis de exámenes. En especial a los que estáis leyendo esto en lugar de estudiar. Espero que no seáis de esos que no paran de subrayar el libro con su rotulador amarillo fosforescente y luego tienen que estudiar con gafas de sol.

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