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MI BARRIO

De un tiempo a esta parte he pensado que quizás deberíais saber un poco más a cerca de mí. Al fin y al cabo, no estaría bien que os matara un desconocido. Y puesto que algún día cumpliré mi sueño de acabar con todo el mundo. Qué menos que dejar que sepáis algo del elemento de vuestra destrucción.

Vivo en un barrio lejano. Tan lejano que cada vez que vemos un taxi por el barrio nos invaden sentimientos encontrados, divididos entre la tristeza por el dinero que va a tener que gastar el pasajero y la sana y desinteresada alegría de saber que ese taxista puede irse a su casa por hoy, pues con semejante carrera ha cubierto con creces las ganancias del día.

Mi barrio es tan insignificante que a mi casa ya no llegan ni los Testigos de Jehová. Aunque puede que nuestra última conversación por telefonillo tenga algo que ver.

“—¿Si?

—¿Quiere conocer la palabra de Dios?

—Que se ponga él.

—…

Creo que los he descolocado“

En su defensa debo decir que no soy muy agradable al aparato. ¿Qué le voy a hacer? No me gusta que me molesten, por muy importante que sea el motivo.

«—Sí dígame?

—Houston we have a problem…

—¿Diga?¿Quién es?

—Houston, this is Apollo and…

—A ver, ¡¿Tú por quién preguntas!? No sereis de Jazztel, ¿no, cabrones?»

Mis vecinos no son mala gente. Pero al vivir tan lejos de la civilización se pierde esa «clase», ese saber estar… Vamos, que es imposible salir peinado a la calle sin que algún vecino te diga «¿a’ónde vas, Marqués?

Vivo en un segundo sin ascensor. Lo malo de vivir en un edificio sin ascensor es que se me hace difícil saber que tal es el tiempo que estamos teniendo. Y es que las charlas triviales de ascensor deberían ser el único contacto que tuviésemos con nuestros vecinos. Como si fueran la máxima ración diaria de cordialidad e interacción recomendada que relataba Edward Norton en El Club de la Lucha.

«—Disculpa vecino, en este ascensor huele fatal. ¿te has tirado un pedo?

—Has sido tú

—¿Yo? De eso nada

—¡¿Para qué preguntas pues?!»

Señores, reconozcámoslo. Tener vecinos esta muy sobrevalorado.

«No te acerques a él, es un ermitaño»

¿Qué podemos entender de esa frase? Bajo mi punto de vista hay dos opciones. La más típica, la que cualquiera en su sano juicio entendería:

No te acerques a él; al vivir sólo en el bosque, a penas tiene educación y puede resultar m desagradable o incluso peligroso.

Y la que mi experiencia con los vecinos me haría entender a mí:

No te acerques a él; al vivir lejos de ningún vecino esta muy poco acostumbrado a que vengan idiotas a molestarle y podría sufrir algún tipo de ataque o crisis nerviosa.

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La ley no escrita del Vecino’joputa (patente en trámite) es muy expeditiva, simple y fácil de entender:

No existe comunidad alguna en dónde no residan malos vecinos.

«—Torres más altas han caído.

—Se acabó, vecino. No vuelvo a jugar contigo al ajedrez en la azotea.

—Caballos más altos han c…

—¡QUE NO TIRES MÁS PIEZAS!»

Naturalmente, siempre hay gente que lo niega. Estos Ned Flanders del 2° B presumen de no tener un sólo mal vecino. Pues bien, amigo mío, si ese es tu caso me temo que te tengo malas noticias, TÚ eres el mal vecino. Lo que pasa es que el resto de la gente te tiene miedo, no quieren problemas contigo porque eres de esos que son capaces de despertar a su mascota sólo porque se aburren, y te prefieren feliz y tranquilo a enfadado y peligroso.

Por suerte, los malos vecinos son minoría. El resto somos muy nobles. Por ejemplo el que pone los apodos a todo el mundo en mi barrio se llama Jose Luis. Y nosotros ¿cómo le llamamos? Pues Jose Luis. Así de nobles somos. Somos tan nobles que cuando la policía hace una redada en el barrio y pone a todos los Latín Kings contra la pared, nosotros nos dedicamos a subirles los pantalones.

De todas maneras, a los que no son nobles se les ayuda a serlo. Yo, por ejemplo, si veo que un vecino no recoge las deposiciones de su perro, me apresto a sacar yo mismo una bolsita de plástico, y procedo a asfixiarle sin demora. ¿Qué le voy a hacer? Soy un buen ciudadano. Y eso que no siempre ha sido así. Pues he hecho daño a mucha gente y lo que peor me sabe de todo, es la coliflor.

Aunque buenas personas, algunos de mis vecinos son de lo más peculiares, como un vecino que trabaja en Microsoft. Ya va por el cuarto matrimonio. Las mujeres tienden a dejarle porque no desconecta de su a trabajo como programador de Windows.
«Cariño, espérame para comer que ya estoy llegando, me faltan 30 minutos… 2 horas… 30 segundos… 56 minutos… 2 dias, 25 minutos…  35…»

Aquí hay vecinos de todos los colores. Por ejemplo tengo uno calvo que todos usamos como punto de referencia (al lado del calvo, el que vive debajo del calvo…). También tengo otro que esta tan gordo que más que punto de referencia se ha convertido en punto cardinal.

Luego está, como no, el vecino que no para de pedir favores. Este señor va por la vida con la frase «el no ya lo tengo». Frase que acaba haciendo que no te coja el teléfono ni tu madre. Pero a él le va bien. Y le va bien porque tiene el increíble don de no caer en las indirectas hostiles que le lanzamos el resto de convecinos.

«—¿Me puede decir la contraseña del Wifi de su bar?

—Tómate un café por lo menos, cabrón.

—¿Todo junto o separado con guiones bajos?»

Así son mis vecinos y así es el sitio en donde vivo. Pero vamos, yo soy feliz con poco (tampoco he tenido la oportunidad de probar a serlo con mucho) y mientras cuente con un techo sobre mi cabeza, agua corriente, electricidad y 100 megas de Internet me apaño bastante bien.

En fin, No quisiera despedirme sin desearos  mucha suerte a todos los que estáis de exámenes. En especial a los que estáis leyendo esto en lugar de estudiar. Espero que no seáis de esos que no paran de subrayar el libro con su rotulador amarillo fosforescente y luego tienen que estudiar con gafas de sol.

Twitter=@cansinoroyal

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¿CÓMO SE APROVECHA UN DOMINGO?

Domingo por la tarde. Llevas toda la semana sin librar, echando más horas que un reloj en tu trabajo para llevar los garbanzos a tu casa y sin pisar ésta mas que para dormir. Y no hasta las tantas que digamos.

Pero todo eso da igual, porque ha llegado el día. El momento tan merecido y deseado por tu persona de disfrutar de ese embriagador derecho que es el de tocarte el níspero lo que queda  del mejor día de la semana…

…na mierda pa ti.

Que por lo visto tu pareja quiere salir dice. ¡En domingo! Que por lo visto es el único día que libras y no es plan de malgastarlo (¡¿malgastarlo?!) en casa viendo la tele en lugar de aprovechar el domingo.

¿Cómo se aprovecha un domingo?

Digo más: ¿Qué majadería es esa de que los domingos hay que aprovecharlos? ¿Soy el único que opina que aprovechar un domingo y disfrutarlo son dos conceptos del todo incompatibles?

Un domingo no se disfruta aprovechándolo, se disfruta observando cómo se escapa entre las agujas del reloj como la brisa del alba se escapa entre las hojas llevándose consigo el rocío de la noche mientras preside el nacimiento de un nuevo día. O sea touching your balls.

Ya lo dice la biblia:

Quienes reproduzcan, plagien, o comuniquen públicamente la totalidad o parte de la película sin autorización expresa de su titular,  incurrirán en un delito tipificado en el artículo…

No espera así no era. ¿Cómo era? Ah, ya se.

Al séptimo día descansó.

Para una cosa interesante que dice la biblia y nos la pasamos por el arco del triunfo…

Pero tú eso no puedes decírselo a tu pareja. Que por lo visto está aburrida de la vida. No se qué les pasa a las parejas que enseguida se aburren de todo.

«-en serio nene,  siempre hacemos lo mismo. Contigo no hay manera de no caer en la rutina. No te veo ninguna iniciativa, no sugieres hacer cosas nuevas y todos los fines de semana hacemos lo mism…

-¡pero si estamos escalando la cara helada del Everest con dos sherpas como tu querías!

-¿ves? Ya me has arruinado la vuelta al mundo. ¿contento? Si es que ya sabía yo que… »

Me pregunto qué tiene de malo la rutina; qué problema puede haber con saber qué va a ser de ti mañana, pasado, o el próximo domingo.

Además. Un domingo no hay nada que debas hacer, ni un solo compromiso ineludible, que se encuentre más allá del umbral de tu puerta.  Las tiendas están cerradas, las carreteras están llenas de hijos de puta domingueros que a aparcar en un arcén, poner una mesa en la cuneta y sacar los Tupper de comida lo llaman ir al campo, «a la aventura», dicen.

La playa está tan llena que a no ser que tengas pensado echarte el coche al hombro cuando llegues al aparcamiento te esperan una media de 40 minutos de desesperación e impotencia. Y si con el coche hay poca suerte con la sombrilla habrá menos: podrás considerarte afortunado si no tienes que clavarla en el pecho de alguien para encontrarle un sitio.

En resumen, como en casa, en ningún sitio. Ese sofá de sky, esa alfombra barata, cosa normal, yo compro una alfombra de pelo original, hecha por la inestimable paciencia y maestría de unos monjes tibetanos que hacen los nudos con los pies a 3800 metros de altura y que vale un pastón para qué. ¿para que me la pises? Te reviento.

Tu casa debe ser tu castillo, tu remanso de paz, ese escondite al que los monstruos no pueden seguirte. Pero tu pareja no opina así. Eso es para el resto de los días de la semana. El domingo tu pareja ve la casa como una prisión en donde el día del señor coincide con el día en que a ella y (por lo visto) a ti, os dan el tercer grado y podéis escapar de sus fauces.

Lo mejor es que tu media naranja,  en lo mas profundo de su fuero interno es consciente de la incuestionable verdad que tú esgrimes contra sus estúpidos argumentos: ninguno de los dos tenéis ni pajolera idea de qué hacer. Mira el siguiente ejemplo y contesta con sinceridad si te ves o no identificad@ (me encantan las arrobas,  casi tanto como los bestiarios)

«-¡vamos a salir cari vamos a salir cari vamos a salir cari!

-vaaaale

-¡vístete cari vístete cari vístete cari!

-vooooy

-¡al coche cari al coche cari al coche cari!

-Vale, ya estamos en el coche. ¿A dónde vamos?

-…

-…

-¿A dónde te apetece ir cari?

-…

-¿cari?»

Pero tranquiiiiilos que no hay mal que cien años dure.

Independientemente de por dónde os llevéis arrastrando durante horas, el cerebro de tu pareja parece que pilla algo de WiFi y se baja la última actualización de sentido común. Es entonces cuando ella misma se percata de lo estupido y valadí de vuestras andanzas y decide volver a casa.

Así que aquí estamos. A las 10 y media de la noche de un domingo delante de la tele, recién duchaicos y escribiendo esta mierda mientras Iker Jiménez nos mira desde la tele con cara comprensiva mientras sus labios dicen sin hablar… «lo sé, y te comprendo».

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