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EL ABURRIMIENTO director’s cut

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Cuando era pequeño y me aburría -algo que sucedía bastante a menudo para una persona capaz de mirar un reloj hasta ver cómo se movía la aguja del minutero- acudía a mi padre, y éste por toda respuesta me decía: «una persona inteligente nunca se aburre».

Bien, a día de hoy, unos veinte años después, aún no he conseguido encontrar una forma más elegante de llamarme estúpido. 

Aunque la aparición del aburrimiento no esté datada, lo que no admite discusión es su importancia en los descubrimientos de la humanidad. Los griegos y romanos, por ejemplo, a los que se atribuye prácticamente todo lo inventado. Claro que antes que ellos estaban los fenicios y sumerios. Pero, ¿qué ha inventado esa gente? la escritura cuneiforme, bah…

Detengamonos un momento a pensar en por qué los primeros superaron a los segundos en cuanto a descubrimientos e invenciones. Muy fácil: los sumerios y fenicios no tenían esclavos.

Los romanos y griegos inventaron la política, el derecho, el Age Of Empires… Esas ideas no nacen trabajando. Eran gente ociosa, gente que no tenía nada mejor que hacer que imaginar y en definitiva, gente que se aburría como una mona.

Inciso: vaya por delante que no pretendo faltar al respeto cuestionando el sentido y cohesión de las frases hechas que nutren y enriquecen nuestro léxico, pero ya que estamos: ¿Alguien ha visto alguna vez a un mono aburrido? ¿Cómo puede aburrirse una especie que es capaz de masturbarse?

¡MAS-TUR-BAR-SE!

Recapacitemos, por el amor de Dios.

Ahora es el momento estelar en que tu cuñado, doctor en todología por la Universidad de su Cara Bonita, sentencia: «Los seres humanos, también pueden masturbarse y aún así se aburren»

A ver cuñao, no he terminado, bájate de la mesa y déjame matizar: los monos son capaces de masturbarse… en público.

Si nosotros pudiésemos emular esa costumbre, los teléfonos solo servirían para llamar y nadie conoceria el nombre de Steve Jobs. 

Posiblemente las esperas en la parada del bus no se harían tan largas.

«Este va muy lleno, me espero al siguiente. Este huele raro, me espero al siguiente. Este…»

Lamentablemente los protocolos de educación, moralidad e higiene actuales nos impiden taxativamente masturbarnos en la parada del bus, por lo que tenemos que echar manos de otros pasatiempos antes de llegar a casa y poder hacerlo.

Y es entonces, cuando hemos de buscar otra cosa que hacer,  cuando comienzan las maldades. Ser malo contra el aburrimiento es tan clásico que es casi un cliché. Sin ser demasiado díscolos, sanas acciones como llamar, insultar y colgar, escupir desde una ventana sin asomarse o descolgar el telefonillo y eructar a las personas que pasean por la calle son una de tantas estratagemas para alejar el hastío.

Tan antiguo como el propio aburrimiento es su lucha contra él.  No se sabe cuándo fue el primer momento en el que un hominido se aburrió. Pero queda patente que se aburrían, no hay más que ver las paredes de sus cuevas.

Con mayor o menor éxito, lalucha contra el aburrimiento es posiblemente las más antigua de la humanidad, y es que es muy fácil caer en las garras de este estado. Veamos unos pocos ejemplos en donde cualquiera puede caer en la monotonía y que atestiguan que nadie está exento de ella.

En casa: «Llevo quince minutos viendo a una mosca frotarse las patas. Es increíble con qué tonterías se entretienen las moscas.»

En el banco: el otro día, en una Caja de Canarias, estuve tanto tiempo esperando a que saliera mi número en la pantalla que cuando me atendieron ya era un Bankia.

En el transporte público: Cuando subo a un bus de distancia larga siempre juego a imaginarme los roles de la gente si fueramos los supervivientes de algo, como en la serie Perdidos, pero sin que en el guión hayan trabajado 300 guionistas distintos, cada uno con una idea distinta he incoherente, y luego se lo hubieran pasado al chico de los cafés para que lo revisase.

En clase: viajes a la papelera para afilar lápices que ya están más que afilados, «tengo que ir al servicio» cada veinte minutos, bostezar tantas veces que te acaba sabiendo la boca a cera, etc…

En la playa:

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En el trabajo:
«—¿Qué tal hoy en el trabajo?
—mira la batería del Iphone: 87% no te digo más…
—cariño, te están explotando»

De compras:
«—… siiiii cielo, me encanta ir de compras contigo, siiiii voy a por una talla más, nooo no te miento, esa falda no te hace gorda…  Oye, ¿tú crees que ese perchero aguantará mi peso y el de una soga?

En el médico: los egipcios inventaron la medicina. Y un médico muy bueno dijo «¿Y qué tal si les hacemos esperar?» y así nació la Seguridad Social.

Así pues, no caigamos nunca en la vanidad de pensar que somos demasiado inteligentes para aburrirnos. Pues nadie está exento de aburrirse. Y ello me alegra, teniendo en cuenta su inestimable aporte a la existencia de obras de arte como este Blog, donde en próximas entradas os hablaré de la humildad.

@cansinoroyal

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LOS COMPAÑEROS DE JUERGA

Nuestra vida puede entenderse como un continuo desfile de gente con la que tienes más o menos que ver y en la que depositas una pequeña parte de ese bien impagable que es tu atención.

Naturalmente, no todos merecen el mismo pedazo de la tarta. Habrá gente que resbale por la rápida rampa de tu indiferencia (feas) y habrá otra que destaque de alguna manera,  siendo merecedores de ocupar un lugar en tu memoria. Y esto nos lleva a este tema que nos ocupa.

Si has leído el título y piensas que vamos a hablar de tus incansables compañeros de eucaristía estas en lo cierto. Eres un máquina. ¡Ven pa’cá dos besos coño!

Por cierto ¿no os encantan los besos de las abuelas? A mi tampoco… Sobre todo cuando sin querer se dejan el selector de beso en modo rafagas

«muamuamuamuamuamuamuamuamuamua… «(por mejilla)

Mi abuela me encanta porque además lo firma con un comentario:

«… Muamuamuamuamuay coño que cosa más linda…»

Otra cosa que tiene mi abuela es la costumbre decirme que soy especial. Yo ya le he dicho que ya no tengo 13 años, que ya puede decirme que soy jilipollas que no pasa nada. Pero ella sigue.

En fin qué grande mi abuela. ¡Arriba todas las abuelas coño!  Bueno, como decíamos (a ver si dejáis de interrumpirme o no vamos a terminar nunca) vamos a hablar de nuestros entrañables compañeros de copas.

Es indiferente la edad que tengas,  no has salido lo suficiente si no has tenido la oportunidad de disfrutar de la inestimable compañía de al menos la mitad de las variantes de estos amiguetes.

Empecemos pues con nuestro bestiario de colegas de fiesta.

EL SIBARITA (pijus magnificus)

A este señor no le gusta nada: ni el sitio (un antro), ni la bebida (pis de gato), ni la música (sosa y antigua), ni seguramente vosotros (perdedores). Estos modernos que van de ídem, que se dejan barba y se echan novias con la sien rapada no tienen desperdicio para la gente que los ve desde fuera del comando. En fin, bofetón al estilo.

Como es un gran amigo,  no permitirá que haya secretos entre vosotros, por lo que no perderá oportunidad de recordar su opinión sobre todos estos aspectos de la noche y de otros más. Amén de añadir que deberíais haber ido a donde él (y sólo él) quería ir. Es una de esas personas que comen pan y eructan caviar  ruso que están muy por encima de la calidad de todo cuanto le rodea.

Las primeras noches empezareis a preguntaros por qué  sigue saliendo con vosotros teniendo tan negativa opinión de los sitios que frecuentas.  Después de un par de encantadoras veladas acabareis preguntándo quién coño sigue llamando al amargado éste.

Cómo la mayoría de los especímenes que componen esta relación, el sólo hecho de leer su nombre ya nos dará una pista importante para saber de quién hablamos. Me atrevería a decir que ya hay una columna de caras familiares bajando y subiendo en vuestra mente cual frutas de tragaperras y ubicando en esta categoría al amigo o amiga susceptibles de tal descripción.

EL CAZADOR (buscarrollus continuous)

Al Cazador no le importa la calidad del local, ni la del servicio,  ni la de la música. Este ballestero sólo tiene en mente el conseguir una presa para la noche. Disfrutar de sus conquistas y fardar sobre ellas es algo vital para él. Por ello se recomienda vivamente evitar depender de este señor para volver a casa.

Dentro del gremio de cazadores existe el siguiente subgrupo:

El que no liga (noventainuevis por cientus)

Poco hay que decir de nosotros estos individuos.  Los habrá que no les importe, los habrá que culpen a los demás de su falta de éxito con los más indiscutibles razonamientos como  «es que me las espantas»  pero todos casi sin excepción darán por concluida la partida de caza con un «son todas unas zorras».

El que liga y lo sabe (unicornius)

No se qué deciros de esta variante pues sólo la conozco de oídas y en las pelis, lo siento.

El que liga sin querer (Diamantis en Brutus)

Todos tenemos o hemos tenido a uno de estos fuera de serie.  Suelen ser chavales/as bien parecidos/as pero bastante manzanillos/as (zoquetes/as) en lo que respecta al tema. No se enteran de que alguien del sexo opuesto esta interesado en su persona ni aunque esté/a le pase su sexo opuesto por la cara. Dan ganas de arrancarles/as la cabeza/o.

Aquí concluye el subconjunto de cazadores. Sigamos.

EL DROGATA (bolicarius terrestris)

En todo grupo de fiesta ha de haber uno o más señores que huelen raro y que lleva capucha hasta en la playa. Es fácil de encontrar: 

Al empezar un botellón es el primero en sentarse y siempre parece estar ocupado haciendo algo; dentro de la disco o pub visita a menudo el baño. Y siempre,  consuma lo que consuma, parece estar disfrutando a parte de los demás. Algo así como en un plano distinto. Baila sólo,  y te saluda cada vez que te ve como si él hubiera venido con otra gente.

EL MENSAJICOS (hello! I’m using whatsapp!)

Una de las mayores incógnitas del ambiente lúdico y fiestero es qué le pasa a este personaje. Un individuo que no para de escribir con el móvil con ademán de disgusto desde que empieza la noche hasta que se acaba.

Huelga decir que está en medio de una discusión con alguien al otro lado de la línea y que no parece ir ganando. O eso o el Instagram le tarda mucho en cargar las fotos.

La capacidad de mantener conversaciones y/o reír gracias de los compañeros de fiesta de estos personajes suele ser directamente proporcional a su educación.  Aun así, sus esfuerzos por mantener un nivel de interacción dentro del grupo suelen ser bastante patentes, aunque también insuficientes y en ocasiones notablemente ridículos. Y todos sabemos lo mucho que molesta que no nos escuchen…

«-Pues así es, tal y como te lo digo. Super fuerte. ¿Tu qué opinas?

-se te ve un pezón…

-… ¿empiezo de nuevo?

-empieza de nuevo»

Por muchos esfuerzos que haga,  el pobre no pasará  de ser un pasmarote en medio de la pista que bien podría servir de perchero (siempre y cuando no se interrumpa su contacto visual con la pantalla).

Conforme vaya incrementándose el nivel de alcohol general alguno de vosotros hará la gracia de quitarle el móvil en medio de una frase para que se integre.

No lo hagais

Interrumpir la conexión neuronal con el terminal puede dar lugar a un abanico de posibilidades que, teniendo en cuenta la gran frustración reflejada en su rostro, no es descartable que entrañe serio peligro para el buen funcionamiento de la noche,  así como el de las vías respiratorias del valiente.

CASADO (calzonazus)

Se ruega la máxima paciencia y comprensión posibles para esta variante. Debido a ciertas razones (que suele cambiar por otras que no le dejen como lo que es), el casado suele salir una vez cada pontificio papal; lo que implica posiblemente que la última vez que dio rienda suelta a la noche los smartphones eran sólo phones.

La indumentaria que estos señores llevan a la guerra consta de zapatos de cuero negro comprados en Número 1, pantalones de pinza (una, dos o incluso tres) del 99 y camisa de botones con un solo bolsillo en el pecho (tabaquito’s bagget) adquirida en el legendario Galerías Preciados. Todo ello completado con el luminoso toque que sólo pueden aportar unos calcetines blancos (Jackson Style) que en ocasiones especiales se adornan con elegantes raquetas cruzadas.

Los calcetines blancos tienen cierto poder de atracción y sugestionan al observador induciendole extraños pensamientos en lengua irreconocible tales como «eneayuoki, eneayuoki, eneayuoki ene… «.

Pues eso: paciencia.

Como casi todos los bestiarios, éste dista mucho de abarcar toda la fauna ludicofiestera. Son muchos los que se me quedan en el tintero pero no pasa nada.  Más adelante haré una continuación,  que ya se hace tarde. He quedado con mis coleguis para ir a la discoteque a escuchar música dabuti y tomar unos cubalibres y estos pantalones de pinzas no se van a planchar solos.

¡Efectivy Wonder a todos!

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ROMERIAS

Se acabó el verano.  Y con él se va la panza de burro (que no estaría mal que aunque sea por un año se cogiera las vacaciones a la vez que yo), se acabaron los calores, los apartamentos, y si, las romerías.

Así somos nosotros.  España: posiblemente el único país en donde si un día de fiesta cae un sábado,  nos tomamos el siguiente lunes de puente.  Spain is a shit different.

Antiguamente, allá por los 90, las romerías consistían básicamente en la celebración  del cumpleaños  de la virgen de turno, la que hacía que los vecinos del pueblo se lanzaran a la calle vestidos con trajes típicos, tocaran instrumentos típicos.  Y bebieran como si no hubiese mañana (típico).

Tales costumbres (las de las romerías) adquirieron tal popularidad que había gente de otros pueblos que se desplazaban al enclave anteriormente mencionado para rendir culto a la deidad, y de paso a chupar  un poco de típico.

Grandes y pequeños cantaban y reían al son de guitarras, timples, rascaderas, y demás  instrumentos que ellos mismos tenían a bien sacar a la calle y compartir esas canciones con las que crecieron. Si con eso no fuera suficiente, se presentaba la oportunidad de observar la infinidad de convinaciones de vestimenta histórica con la que los participantes tenían a bien teñir de alegres colores la velada.

El problema ocurrió cuando cierto chaval con el pelo de punta, futuro dudoso y subido en sus Búfalo, mientras se abrochaba  los últimos botones laterales de las perneras de su chandal REFLEX Adidas frente a la estantería de la sección de bebidas alcohólicas del supermercado, se dirigió a un clon suyo que andaba por allí:

«-Sevensuí, ¿cuanto vale la botella de Cartadioro?

-ocho euros y pico

-¿y un traje típico?

-yo que seeee… ¿cuarenta?

-¡chacho! Eso sooooon… (54 segundos de silencio después) …cinco botellas no? »

Ese pensamiento fatídico dió al traste con la indumentaria típica de estas celebraciones.  Atrás quedaron los pantalones de tergal, los fajines encarnaos, los chalecos de oveja, el famoso sombrero o cachorro, y por supuesto los zapatos de cuero negro.

Las fiestas de antaño en la que conocidos y por conocer disfrutaban de un ambiente tranquilo y agradable en el que rememoraban costumbres y celebraban  encuentros  con música en las calles se convirtieron en excusa para beber en dichas vías, donde jóvenes perfectamente caracterizados con indumentaria típica como unas Reebok,  un chaleco y un pantalón vaquero («O Bermudas ya veremos comostaer día ‘ite?«) se pasean por el pueblo bebiendo y buscando con quien meterse.  Eso sí,  siempre en honor a la virgen de lo que sea. Ya en Cuarto Milenio se discutió el impactante caso de uno de estos especímenes que fue SOLO a una verbena. Increíble.

Y es que las fiestas de pueblo ya no están hechas para disfrutar sino para sobrevivir. Yo por si acaso me he comprado un cachorro con gafas de visión nocturna, un chaleco ovejero con funda de pistola, un fajín de Kevlar y un timple con mira telescópica. 

A ver si a así puedo beber a gusto mientras  los demás comparten toda esa mierda anteriormente mencionada. Y de paso evito que el Yerober,  el Jeremai o el Kevin de turno me ataque por la espalda porque la longitud de mis patillas le ha ofendido sobremanera (típico)

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