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La vuelta al cole y la madre que lo parió 

Hola amigos. Os preguntaréis qué he estado haciendo hasta ahora. Por qué Supereze no ha sido capaz de dignarse a abrir la aplicación que le conecta con vosotros y hace vuestras  vidas  menos placenteras.
Pues he estado liado. Si, he estado estudiando muuuucho mucho mucho y al final he suspendiiiiido ido ido. Por cierto, ¿por qué cuando la gente aprueba dice “aprobé” pero cuando suspende dice “la culpa es del corrector ortográfico? En fin. Misterios.

Como decía, he estado un poco liado y aunque en breve volveré a estudiar (y espero que no a suspender), me gustaría seguir compartiendo algunas cosas con vosotros. Si es que aún me queréis. Y una de ellas es la razón por la que, aún habiendo terminado los exámenes en junio, vengo a subir una entrada ahora.

Dicha razón consiste en que he tenido un compromiso tan ineludible como complicado que ha requerido de todo mi esfuerzo y dedicación: forrar los libros de texto de mi ahijado.

Bien, permitidme que ahonde un poco en el asunto. Cuando el abajo firmante era pequeño (y gordo) los libros de texto sobrevivían unos cuantos años. Me explico: Tú pasabas de curso y el libro era el mismo que el del año pasado. Lo que te brindaba la posibilidad de heredar los libros de tu hermano mayor (no del repetidor, lógicamente, sino del que ahora trabaja en Alemania) y ahorrar a tus padres un dinero, además de otra discusión del tipo “te dije que era mejor tener un perro”. 

Ahora la tónica es bien distinta: los libros cambian cada año. En un alarde de sentido del humor, los mercados dicen que porque así la educación se mantendrá siempre actualizada. Normal, uno nunca sabe cuando 2+2 puede pasar a ser 5 y no 4.

En fin, quejas anticonsumistas a parte, la realidad es esta: Los  libros de texto durarán, no sólo en las manos de tus hijos, sino en las de cualquiera, un año como máximo. Salgan cuando salgan.

Bien. Dicho esto, yo me pregunto:

¿Qué coño le puede pasar a un libro de texto en un año que te obligue a tener que forrarlos? 

Humildemente os pido perdón por mi lenguaje pero esto se me antoja el colmo del gasto innecesario. O sea, no es suficiente con los 400 euros de media que vas a gastarte comprando todos los libros cada año que encima tienes que invertir en un plástico para protegerlos… de qué…

Porque antes tenía una razón de ser esta protección adicional. Aquello pasaba de mano en mano, de mochila en mochila, etc. durante varios años. A parte de la oxidación natural del papel al paso del tiempo,  claro. Aquellos libros tenían que durar.

Encima del gasto económico hemos de contemplar también el trabajo que implica forrar correctamente un libro: Evitar dobleces, burbujas (que acabábamos pinchando con el compás) y un largo etcétera para dejar protegido un libro para los años que tenía por delante.

Pero hoy…  un año…

Qué me perdonen los fabricantes del engorroso plastiquito. Pero veo una estupidez forrar un libro. Pues lo peor que puede pasarle está en la cabeza del cafre de tu hijo. Porque reconozcámoslo, se tarde lo que se tarde en plastificar esa fuente de conocimientos, a la semana va a tener un pollón como la manga de un abrigo dibujado en la contraportada. Y perdón por lo de contraportada. 

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